Las ideas de Alexis de Tocqueville ayudan a entender la opinión pública en la era del algoritmo.
Puntos clave
• Tocqueville ayuda a entender la democracia digital.
• Los algoritmos influyen en la opinión pública.
• Ninguna tecnología reemplaza al ciudadano.
PHOENIX — En 1831, el joven aristócrata francés Alexis de Tocqueville viajó a Estados Unidos con el propósito oficial de estudiar su sistema penitenciario. El resultado fue mucho más ambicioso: La democracia en América, una de las obras fundamentales para comprender el funcionamiento de las sociedades democráticas. Casi dos siglos después, si emprendiera ese mismo viaje, probablemente visitaría congresos, tribunales y ayuntamientos, pero también dedicaría tiempo a observar TikTok, Facebook, X, YouTube y otras plataformas digitales. No porque allí se concentre el poder político, sino porque buena parte de la conversación pública transcurre hoy en espacios organizados por algoritmos.
Alexis de Tocqueville comprendió que una democracia no depende únicamente de sus leyes o de sus elecciones. También necesita una esfera pública donde los ciudadanos intercambien ideas, confronten opiniones y construyan consensos. En el siglo XIX, ese espacio estaba formado por periódicos, asociaciones civiles, iglesias, reuniones comunitarias y conversaciones cotidianas. En el siglo XXI, gran parte de esa actividad ocurre en plataformas digitales que determinan, mediante complejos sistemas de recomendación, qué información llega primero a millones de personas.
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La mayoría también persuade
Uno de los conceptos más conocidos de Tocqueville es la “tiranía de la mayoría”, una expresión que con frecuencia se interpreta como una crítica al voto mayoritario. En realidad, su preocupación era más profunda. Observó que, en una democracia, la presión de la opinión dominante podía desalentar el pensamiento independiente incluso sin recurrir a la censura o a la fuerza del Estado. El poder de la mayoría también podía ejercerse mediante la conformidad social.
Ese fenómeno adquiere una nueva dimensión en la era digital. Las tendencias virales, los temas del momento y las publicaciones con millones de interacciones transmiten la impresión de representar el consenso colectivo, aunque muchas veces reflejen únicamente aquello que los algoritmos han impulsado con mayor intensidad. La presión para sumarse a una conversación, repetir determinadas narrativas o evitar posiciones impopulares encuentra hoy nuevas formas de manifestarse.
No significa que las redes sociales hayan creado la presión de la mayoría. Lo que han hecho es acelerar su velocidad, ampliar su alcance y multiplicar su visibilidad.
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Cuando un algoritmo organiza la conversación
Conviene evitar un error frecuente: afirmar que los algoritmos deciden lo que pensamos. La realidad es más compleja. Los algoritmos no producen automáticamente nuestras opiniones, pero sí participan en algo igualmente importante: organizan nuestra atención.
Cada día, millones de usuarios reciben noticias, videos y comentarios seleccionados mediante sistemas automatizados que priorizan ciertos contenidos sobre otros. Esa selección influye en los temas que dominan la conversación pública, en los asuntos que parecen urgentes y en las voces que adquieren mayor visibilidad. La inteligencia artificial ha llevado este proceso a un nivel de personalización sin precedentes, adaptando los contenidos a los intereses y hábitos de cada usuario.
Tocqueville no pudo imaginar esta tecnología, pero sí comprendió que la calidad de una democracia depende, en buena medida, de los mecanismos mediante los cuales circulan las ideas. Su reflexión sigue siendo pertinente porque dirige la atención hacia una pregunta fundamental: ¿quién influye hoy en la formación de la opinión pública?
La democracia necesita ciudadanos
Otro aspecto central de La democracia en América es el papel que Alexis de Tocqueville atribuyó a las asociaciones civiles, la prensa libre y la participación ciudadana. Consideraba que esos espacios fortalecían la democracia porque enseñaban a los individuos a colaborar, debatir y asumir responsabilidades compartidas. Una sociedad democrática, sostenía, no puede depender únicamente de las instituciones; necesita ciudadanos activos.
Las plataformas digitales han ampliado extraordinariamente las posibilidades de participar en la conversación pública. Nunca había sido tan sencillo publicar una opinión, organizar una causa social o acceder a información de cualquier parte del mundo. Sin embargo, esa facilidad también plantea un desafío: la rapidez con la que circulan los contenidos no siempre favorece la reflexión ni el diálogo informado. La abundancia de información no garantiza, por sí sola, una ciudadanía mejor preparada.
La conversación sigue siendo humana
La inteligencia artificial ya puede resumir discursos, traducir documentos, recomendar contenidos e incluso responder preguntas sobre asuntos políticos. Todo indica que esas capacidades seguirán creciendo durante los próximos años. Sin embargo, ninguna tecnología puede reemplazar aquello que Tocqueville consideraba indispensable para la vida democrática: ciudadanos capaces de escuchar, deliberar y formar su propio juicio.
Los algoritmos podrán decidir qué aparece primero en una pantalla, pero no pueden asumir la responsabilidad cívica de analizar argumentos, cuestionar prejuicios o participar de buena fe en el debate público. La democracia nunca ha dependido únicamente de cómo circula la información, sino de cómo una sociedad aprende a discutirla. Esa es, quizá, la lección más vigente que Alexis de Tocqueville todavía tiene para ofrecer en la era del algoritmo.
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