La opinión pública nunca había tenido tantas voces. La pregunta es si todavía puede hablar como una sola.
Puntos clave
• La voz colectiva cambió.
• Las redes la fragmentaron.
• La IA empieza a moldearla.
PHOENIX — Hubo un tiempo en que la expresión latina vox populi (la voz del pueblo) parecía describir una realidad relativamente sencilla. La opinión pública se entendía como el sentir predominante de una sociedad sobre los asuntos que afectaban su vida colectiva. No era perfecta, pero era reconocible. Se construía lentamente en conversaciones familiares, cafés, universidades, periódicos, iglesias, sindicatos y plazas públicas.
Hoy esa definición comienza a resultar insuficiente.
Nunca antes la humanidad había tenido tantas oportunidades para expresar una opinión. Al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil identificar qué piensa realmente una sociedad.
Paradójicamente, cuanto más hablan las personas, más difícil resulta escuchar una voz colectiva.
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De la plaza pública al algoritmo
Durante siglos, la opinión pública fue un fenómeno de escasez.
Pocos podían publicar. Pocos podían llegar a miles de personas. Los periódicos, la radio y la televisión actuaban como grandes intermediarios entre los acontecimientos y la ciudadanía. Eso otorgaba enorme influencia al periodismo, pero también concentraba el poder de decidir qué temas merecían convertirse en conversación nacional.
Internet alteró por completo ese equilibrio.
Las redes sociales transformaron a millones de ciudadanos en productores permanentes de contenido. Por primera vez, cualquier persona con un teléfono inteligente pudo difundir ideas, cuestionar gobiernos, organizar movimientos sociales o influir en debates públicos sin pasar por los medios tradicionales.
La opinión pública dejó de parecer una gran conversación para convertirse en millones de conversaciones simultáneas.

¿Existe todavía una sola opinión pública?
Quizá la pregunta ya no sea qué piensa la sociedad. Tal vez deberíamos preguntarnos qué sociedad.
Los algoritmos personalizan la información que recibe cada usuario. Dos personas pueden vivir en la misma ciudad, utilizar la misma red social y terminar habitando universos informativos completamente distintos. Cada uno ve noticias diferentes, opiniones diferentes y, con frecuencia, versiones distintas de la realidad.
Desde la sociología y la ciencia política, esto plantea un desafío profundo. Si cada comunidad digital construye sus propios consensos, ¿sigue existiendo una opinión pública nacional o únicamente una suma de comunidades que rara vez dialogan entre sí?
La vieja vox populi parece haberse fragmentado en miles de millones de voces individuales.
Cuando la inteligencia artificial entra en la conversación
Ahora aparece un actor completamente nuevo.
Durante siglos fueron los seres humanos quienes construyeron la opinión pública. Después llegaron los algoritmos, capaces de decidir qué contenidos tendrían mayor visibilidad. Hoy la inteligencia artificial comienza a participar de una manera todavía más profunda: ya no sólo selecciona información, sino que también puede producir textos, imágenes, videos e incluso argumentos persuasivos.
Eso cambia la naturaleza misma del debate público.
Si una parte creciente de las ideas que circulan en internet es generada o asistida por inteligencia artificial, la opinión pública deja de ser únicamente el resultado de conversaciones humanas. Comienza a ser también el producto de sistemas capaces de influir en lo que vemos, leemos y compartimos.
La pregunta ya no es solamente quién tiene razón. También importa quién escribió el argumento.
El periodismo frente a una nueva realidad
Pocas profesiones han sentido este cambio con tanta intensidad como el periodismo.
Durante buena parte del siglo XX, los medios informativos ayudaban a establecer la agenda pública. Hoy comparten ese espacio con influencers, creadores de contenido, podcasters, plataformas digitales y millones de usuarios que publican información en tiempo real.
Eso no significa que el periodismo haya perdido su razón de existir. Al contrario. En un entorno saturado de información, verificar hechos, contextualizar acontecimientos y distinguir evidencia de opinión se convierte en una función todavía más necesaria. La credibilidad, más que la velocidad, puede convertirse en el principal valor del periodismo del siglo XXI.
Una nueva definición de opinión pública
Quizá ha llegado el momento de redefinir el concepto.
La opinión pública ya no puede entenderse únicamente como el consenso de una sociedad.
Podría definirse como la suma dinámica de millones de conversaciones que compiten constantemente por atención, legitimidad e influencia en un ecosistema digital donde participan ciudadanos, medios, algoritmos e inteligencia artificial.
No es una voz única. Es un coro inmenso donde algunas voces amplifican a otras, algunas desaparecen y otras ni siquiera pertenecen a seres humanos.
Entonces… ¿importa todavía la opinión pública?
Sí. Pero ya no por las mismas razones.
La opinión pública continúa influyendo en elecciones, movimientos sociales, políticas públicas, decisiones empresariales y transformaciones culturales. Lo que ha cambiado es la forma en que se construye.
Ya no nace exclusivamente en la plaza pública. Circula por servidores, plataformas y sistemas de recomendación invisibles. Tal vez la gran pregunta del siglo XXI no sea si la opinión pública sigue existiendo. La verdadera pregunta es otra.
Si cada persona recibe una realidad distinta y parte de esa realidad comienza a ser escrita por inteligencia artificial, ¿seguirá siendo verdaderamente pública la opinión pública?
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