Las proezas cotidianas perduran cuando las palabras reconocen su valor.
Puntos clave
• Un cuento de Jorge Luis Borges reivindica narrar las proezas.
• Enseñar, construir y cuidar también constituyen proezas.
• Narrar el esfuerzo cotidiano reconoce su valor.
PHOENIX – En una obra, el albañil coloca el último ladrillo de un muro y desciende del andamio. En un salón de clases, una maestra logra que un niño lea por primera vez una oración completa después de semanas de intentarlo. En una casa, cuando todavía no ha amanecido, una madre prepara el desayuno, organiza mochilas, dispone la ropa y deja encaminado un día que difícilmente funcionaría sin ella. Ninguno de esos actos será inscrito en mármol. Es probable que tampoco se mencione en los periódicos. Sin embargo, esas tres labores cotidianas, construir, enseñar y cuidar, sostienen una parte esencial del mundo.
El escritor argentino Jorge Luis Borges encontró una expresión luminosa para hablar de esa distancia entre lo realizado y lo recordado: “Las proezas más claras pierden su lustre si no se las amoneda en palabras”.
La sugerente frase aparece en “El espejo y la máscara”, uno de los relatos de El libro de arena, colección publicada en 1975. Para entonces, Borges era ya una figura fundamental de la literatura en español: poeta, cuentista, ensayista y antiguo director de la Biblioteca Nacional de Argentina. Su obra había convertido los laberintos, los espejos, los libros infinitos, la memoria, el tiempo y la identidad en instrumentos para interrogar la realidad.
El libro de arena pertenece a la etapa tardía de su producción. Reúne trece relatos en los que Borges regresa a muchas de sus obsesiones: el doble, la eternidad, los objetos imposibles, la búsqueda de una palabra absoluta y los límites entre el conocimiento y el misterio. El volumen toma su nombre del último cuento, protagonizado por un libro monstruoso e infinito cuyas páginas parecen no tener principio ni fin. Fue publicado originalmente en Buenos Aires por Emecé y contiene, entre otros textos, “El otro”, “Ulrica”, “El Congreso”, “Undr” y “El espejo y la máscara”.
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Las proezas cotidianas y su moneda
En “El espejo y la máscara”, un rey victorioso encarga al poeta Ollan la composición de un canto que preserve su triunfo. El relato parte de la batalla de Clontarf, ocurrida en Irlanda en el año 1014, pero pronto deja atrás la historia militar para internarse en un territorio propiamente borgeano: el poder de la poesía, el afán por alcanzar la belleza perfecta y el peligro de llegar a expresar lo inexpresable.
El rey comprende algo que también conocieron los antiguos soberanos, los cronistas y los pueblos que transmitían su historia de generación en generación: una hazaña puede ocurrir una sola vez, pero solo al ser narrada puede seguir ocurriendo en la memoria.
Borges no dice simplemente que las proezas deben describirse. Dice que deben ser amonedadas.
Amonedar es convertir un metal en moneda. Antes de recibir una forma, un sello y un valor reconocible, el metal existe, pesa y posee una materia propia, pero todavía no circula como dinero. Del mismo modo, una acción humana puede ser real, generosa o extraordinaria y, sin embargo, permanecer fuera de la memoria colectiva mientras nadie encuentre las palabras capaces de darle forma.
La palabra sería entonces el cuño. La narración, el golpe que imprime un rostro sobre el metal. La memoria, el territorio por donde comienza a circular.
Una proeza amonedada puede pasar de mano en mano, de una generación a otra. Puede cruzar una frontera, entrar en una escuela, ser repetida alrededor de una mesa o quedar consignada en un libro. Ya no pertenece exclusivamente a quien la realizó. Se convierte en patrimonio de quienes la escuchan.
Las hazañas que no llevan armadura
La palabra proeza suele evocar batallas, expediciones, descubrimientos o gestos heroicos ejecutados ante una multitud. Pero la mayoría de las acciones que mantienen en pie a una sociedad suceden sin trompetas y sin testigos.
La labor de una maestra puede consistir en enseñar a leer, pero también en detectar el miedo detrás del silencio de un alumno. Quizá nadie recuerde las horas que dedicó a preparar una clase, corregir trabajos o buscar una manera distinta de explicar una fracción. Los resultados aparecerán años después, cuando aquel estudiante pueda comprender un contrato, escribir una carta, defender una idea o enseñar a otro.
La maestra no presenciará necesariamente todos esos frutos. Su proeza habrá entrado en circulación sin llevar su nombre.
Algo semejante ocurre con el trabajador de la construcción. Una ciudad recuerda al arquitecto de un edificio y, en ocasiones, a la empresa que lo financió. Rara vez recuerda a quienes vertieron el concreto bajo el sol, instalaron las tuberías, levantaron los muros o caminaron sobre vigas a decenas de metros del suelo. Sin embargo, cada familia que habita una vivienda, cada paciente atendido en un hospital y cada niño que entra en una escuela depende de la precisión de unas manos que probablemente permanecerán anónimas.
La obra terminada es una moneda que circula. La usan miles de personas, aunque la efigie del trabajador haya sido borrada de su superficie.
Y está la labor de una madre, hecha de actos tan cotidianos que la costumbre corre el riesgo de volverlos invisibles. Alimentar, vestir, animar, administrar un presupuesto insuficiente, transmitir un idioma o costumbre, velar durante una enfermedad y enseñar a un hijo a reconocer el bien no siempre son considerados acontecimientos. Por lo general, carecen de una fecha precisa y de un instante ceremonial. No obstante, pueden determinar el curso completo de una vida.
El problema de las proezas cotidianas no es que sean pequeñas. Es que ocurren demasiado cerca de nosotros.
La palabra también paga una deuda
Amonedar una proeza en palabras no significa exagerarla ni convertir a toda persona en estatua. Tampoco consiste en fabricar una leyenda que sustituya los hechos. Una moneda falsa también puede recibir un sello y circular durante algún tiempo.
La responsabilidad del narrador, sea escritor, periodista, historiador o miembro de una familia, consiste en encontrar palabras fieles al peso de lo ocurrido. Si engrandece artificialmente una acción, la falsifica. Si la reduce, la devalúa. Si la ignora, permite que su valor quede fuera de circulación.
Contar bien es una forma de justicia.
El periodismo participa de esa tarea cuando rescata del anonimato el trabajo que sostiene la vida de una comunidad. Una fotografía, una entrevista o una crónica pueden impedir que una persona sea reducida a una cifra. También la conversación familiar cumple esa función cuando los abuelos cuentan quién construyó la casa, quién mantuvo unida a la familia durante una crisis o quién cruzó una frontera para que otros pudieran estudiar.
Cada relato deposita una moneda en la memoria colectiva.
Pero toda moneda se desgasta. Las palabras repetidas mecánicamente pierden relieve; las historias que se simplifican demasiado terminan convertidas en consignas. Por eso, cada generación debe volver a contar lo que ha heredado, no para alterarlo arbitrariamente, sino para devolverle el contorno que el tiempo ha borrado.
Lo que las palabras salvan: las proezas cotidianas frente al olvido
La frase de Jorge Luis Borges, “Las proezas más claras pierden su lustre si no se las amoneda en palabras”, encierra una paradoja. Una proeza no necesita ser contada para haber sucedido: el edificio permanece, el alumno aprendió, el hijo fue cuidado. Sin embargo, cuando esa acción no encuentra palabras, pierde la posibilidad de ser reconocida y perdurar en la memoria colectiva. Sobrevive en sus efectos, pero se desvanece como experiencia humana reconocible.
“Amonedar en palabras” es rescatar del silencio no solo las grandes victorias, sino también los esfuerzos que sostienen a una sociedad y que rara vez reciben reconocimiento. Es dar rostro al trabajo, nombre al sacrificio y duración a lo que parecía destinado a desaparecer.
Quizá la verdadera proeza del lenguaje sea esa: tomar un acto fugaz, acuñarlo con palabras y entregarlo al tiempo para que continúe circulando.
Al final de la jornada, una maestra cierra el salón, un trabajador guarda sus herramientas y una madre apaga la última luz de la casa. Parece no haber ocurrido nada extraordinario.
Hasta que alguien lo cuenta.
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Nota: Jorge Luis Borges (1899–1986) fue un escritor argentino, poeta y ensayista, figura fundamental de la literatura universal del siglo XX.
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