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Tumbas de gobernantes mexicas podrían ubicarse en 2016

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Los continuos trabajos de excavación frente a las ruinas del Templo Mayor en la Ciudad de México han puesto a los arqueólogos en el umbral de lo que pudieran ser las tumbas de los tlatoanis mexicas. Foto: Eduardo Barraza | Barriozona Magazine © 2015
Los continuos trabajos de excavación frente a las ruinas del Templo Mayor en la Ciudad de México han puesto a los arqueólogos en el umbral de lo que pudieran ser las tumbas de los tlatoanis mexicas. Foto: Eduardo Barraza | Barriozona Magazine © 2015

(Ciudad de México) – Arqueólogos mexicanos pudieran estar en el umbral de descubrir las tumbas de algunos de los tlatoanis mexicas que gobernaron en la antigua Tenochtitlan –hoy Ciudad de México.

Un reciente anuncio del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) revela el descubrimiento de un estrecho pasillo que conduce al centro de una plataforma circular.

El pasillo termina con dos cámaras laterales dentro de las cuales los arqueólogos suponen podrían estar los restos de algunos gobernantes mexicas.

La plataforma circular, conocida como Cuauhxicalco, el pasillo y las cámaras son parte del Recinto Sagrado de lo que fue la capital del imperio mexica. Las ruinas están contiguas a las del Templo Mayor.

Recientes hallazgos como este son resultado de casi cuatro décadas de trabajo arqueológico desde el descubrimiento de la piedra Coyolxauhqui en 1978, el cual dio paso a la excavación de las ruinas del Templo Mayor.

Cuauhxicalco fue descubierta en 2013 y durante las exploraciones en el lado norte de la estructura, miembros del Proyecto del Templo Mayor encontraron —como parte del piso de la plaza— una lápida de piedra andesita de tres toneladas.

Al remover la lápida se encontró una gran caja de ofrenda, rellenada con los sillares de un muro desmantelado.

El muro sur ocultaba tras de sí el pasillo que conduce a las cámaras que se cree son funerarias. Al fondo del pasillo se hallaron dos tapias de mampostería que parecen sellar dos viejos accesos.

Fuentes usadas por los arqueólogos indican que Cuauhxicalco era un edificio de carácter funerario. Los investigadores dicen que existe la posibilidad que tras esas tapias estén dos pequeños cuartos en lo que estén los restos incinerados de algunos gobernantes de Tenochtitlan.

Los arqueólogos piensan que quizás se trate de las tumbas de Moctezuma I y sus sucesores, Axáyacatl y Tízoc. La conjetura se basa en las etapas constructivas reflejadas en dicha estructura.

Los trabajos de exploración en el sitio arqueológico se retomarán en 2016, y los mismos pudieran, además de ubicar las tumbas de los gobernantes mexicas, seguramente darán lugar a otra ola de importantes hallazgos y a la recuperación de nuevas piezas del mosaico histórico de la gran Tenochtitlan.

Pancho Villa y su falsa muerte en 1916

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La noticia de la supuesta muerte de Francisco Villa se ublicó en la primera plana de un diario de Estados Unidos en 1916.
La noticia de la supuesta muerte de Francisco Villa se ublicó en la primera plana de un diario de Estados Unidos en 1916.

El general revolucionario Francisco “Pancho” Villa habría muerto a días de que una expedición punitiva lanzada por el ejército de Estados Unidos comenzara en territorio mexicano, en 1916.

“VILLA ESTÁ MUERTO ES EL INFORME”. Así leía el titular en la primera plana del periódico estadounidense “The Democratic Banner” en su edición del 18 de abril de ese año.

La noticia, fechada un día antes en El Paso, Texas, no sólo daba cuenta de la muerte del hombre más buscado por Estados Unidos en esos días, sino de la presunta exhumación e identificación de su cadáver.

El “Centauro del Norte”, buscado por tropas estadounidenses al mando del General John J. Pershing, había muerto tras una supuesta herida de bala en su rodilla izquierda. El deceso del buscado revolucionario se había debido, según el reporte del diario, a una gangrena.

El periódico se basaba en un informe sobre el hallazgo de los restos de Villa desenterrados en un rancho de Chihuahua, que provenía de allegados a Venustiano Carranza —entonces Jefe del Ejército Constitucionalista mexicano— y otras fuentes aparentemente fidedignas.

Estados Unidos tras la pista de Villa
El gobierno de Estados Unidos había autorizado, tres días antes de la noticia de la supuesta muerte de Pancho Villa, una expedición militar con el propósito de capturarlo. La orden se había emitido el 14 de marzo de 1916, tras el ataque de Villa y sus soldados contra un destacamento estadounidense, perpetrado cinco días antes —el 9 de marzo— en el poblado de Columbus, Nuevo México.

El general Pershing (centro) fue asignado a una expedición dificil: encontrar al scurridizo Francisco Villa para castigarlo por el mortal ataque en Columbus, Nuevo México.
¿DÓNDE ESTÁ VILLA? El general Pershing (centro) fue asignado a una expedición dificil: encontrar al escurridizo Francisco Villa para castigarlo por el mortal ataque en Columbus, Nuevo México.

Tras el anuncio de la presunta muerte de Villa, en Washington, D.C., funcionarios del gobierno de EE.UU. afirmaron que las tropas estadounidenses se retirarían de México inmediatamente si se demostraba que Francisco Villa en realidad está muerto.

No es preciso si lo que no resultó ser más que un rumor haya sido de alguna manera propagado por quienes apoyaban a Villa con el fin de ayudarlo a eludir al ejército de EE.UU., o simplemente una confusión dentro de la paranoia estadounidense por localizar al jefe revolucionario. Es muy probable que la historia de un cadáver exhumado haya sido verdadera, y que en el contexto de la búsqueda por Villa se haya llegado a creer que los restos pertenecían en verdad a los del atacante de Columbus.

De haberse enterado sobre la noticia de su propia “muerte”, es posible que Villa habría esperado que el regimiento de Pershing que lo buscaba en tierras mexicanas creyera el informe y se retirara. Sin embargo, la expedición que buscaba “castigar” a Villa se prolongó hasta el año siguiente, concluyendo —sin encontrarlo— el 7 de febrero de 1917, 10 meses después de haber iniciado.

Villa, desde luego, no había muerto. Su muerte llegaría de una forma más violenta el 20 de julio de 1923, más de siete años después de la noticia de su otra “muerte”.

"Ya estoy cansado de esto". El ‘Tío Sam’ salta a través de la valla de la frontera con México para perseguir a Pancho Villa. Cartón político por Clifford K. Berryman (1916). Archivo Nacional de EE.UU. Colección Berryman
“Ya estoy cansado de esto”. El ‘Tío Sam’ salta a través de la valla de la frontera con México para perseguir a Pancho Villa. Cartón político por Clifford K. Berryman (1916). Archivo Nacional de EE.UU. Colección Berryman

Video – El Metro de la Ciudad de México

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(Ciudad de México) — Algunos datos breves sobre el Sistema de Transporte Colectivo, Metro, de la Ciudad de México, una de las ciudades más pobladas de todo el mundo. Producido por Eduardo Barraza – Barriozona Magazine © 2015

Ruinas de gran Tzompantli de Tenochitlan resurge en Ciudad de México

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El hallazgo de los cráneos confirma las crónicas de conquistadores y frailes españoles acerca del gran Tzompantli de los mexicas. Los cráneos podrían ser de enemigos de los mexicas que eran capturados. Foto: INAH-CONACULTA
El hallazgo de los cráneos confirma las crónicas de conquistadores y frailes españoles acerca del gran Tzompantli de los mexicas. Los cráneos podrían ser de enemigos de los mexicas que eran capturados. Foto: INAH-CONACULTA

(México) — Ruinas de la antigua capital Mexica de Tenochtitlan en el corazón de la Ciudad de México enterradas durante siglos, siguen apareciendo mediante el continuo trabajo arqueológico en esa ciudad.

Los arqueólogos mexicanos siguen así añadiendo piezas al inmenso rompecabezas de la cultura mexica. Hace unos días, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) dio a conocer el más reciente descubrimiento localizado a dos metros de profundidad en la calle de Guatemala, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

El hallazgo consiste en una plataforma rectangular con una longitud estimada en más de 34 metros, según información divulgada por el INAH. El núcleo de dicha plataforma se compone de un elemento circular elaborado de cráneos humanos. Especialistas del INAH identificaron las ruinas mexicas como el gran Tzompantli de México-Tenochitlan.

Según los expertos, la formación de cráneos está unida con una argamasa de cal, arena y gravilla de tezontle. “Es un muro de tezontle con un recubrimiento de estuco y piso de lajas, orientado de norte a sur, que presentaba asociados mandíbulas y fragmentos de cráneos dispersos sobre la plataforma”, indicó Raúl Barrera, director del Programa de Arqueología Urbana. Barrera detalló que unos 35 cráneos humanos forman un elemento circular.

Debido a las características y materiales asociados que presenta el impresionante hallazgo, el Tzompantli corresponde a la sexta etapa constructiva del Templo Mayor (1486-1502).

La mayoría de los cráneos —algunos con orificios en los parietales pero otros sin esta característica— corresponden a hombres adultos jóvenes, pero también hay algunos de mujeres y de niños. Los arqueólogos creen que debe haber otras decenas de cráneos asociados al sitio. Se cree que muchos de estos cráneos fueron removidos y alterados durante la Conquista, cuando se produjo la destrucción de la ciudad de Tenochtitlan y del Recinto Sagrado.

Asimismo, se encontró una ofrenda asociada a la última etapa constructiva, compuesta por fragmentos de dos o tres piezas de travertino blanco, que fueron matadas de manera ritual. Además de otra ofrenda alterada en época colonial, conformada por 21 cascabeles de cobre y cuentas de piedra verde.

El hallazgo es consistente con las crónicas de Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo y Bernardino de Sahagún, entre otros. El descubrimiento establece la ubicación precisa del Templo de Ehécatl, el Juego de Pelota y en particular del Tzompantli, citado en fuentes históricas.

Eduardo Matos Moctezuma, investigador emérito del INAH, indicó que fray Bernardino de Sahagún había mencionado la existencia de varios tzompantlis y dos juegos de pelota, y la asociación de estos elementos.

“Por su ubicación, creemos que se trata del Huey Tzompantli, es decir, el Tzompantli mayor de Tenochtitlan” dijo Matos Moctezuma. “Esta estructura tenía un simbolismo específico y muchos de estos cráneos podrían ser de enemigos de los mexicas que eran capturados, sacrificados y decapitados, como una advertencia de su poderío”.

El importante hallazgo arqueológico corroboraría así lo señalado en los códices, como el de Diego Durán, que indicaba la existencia de tzompantlis a los que se describía como basamentos bajos, alargados, en cuya parte superior había postes de madera con los cráneos insertados.

The Blue House of Frida Kahlo

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The Frida Kahlo Museum, also known as the Blue House for the structure's cobalt-blue walls, is a historic house museum and art museum dedicated to the life and work of Mexican artist Frida Kahlo. Photo: Eduardo Barraza | Barriozona Magazine © 2015
The Frida Kahlo Museum, also known as the Blue House for the structure's cobalt-blue walls, is a historic house museum and art museum dedicated to the life and work of Mexican artist Frida Kahlo. Photo: Eduardo Barraza | Barriozona Magazine © 2015

In the patio of a big house in the Town of Coyoacan, in the south side of Mexico City, where many years ago the Mexican painter Frida Kahlo would walk with her peculiar and long dresses, a lively concert of natural sounds —melodic bird calls, the waterfall of a fountain, the strumming of a guitar— blend into one single harmony, creating a soft and tranquil atmosphere. The exuberant vegetation of the garden impresses with its varied range, alternating with the vibrant paint colors of walls, floors, and other surfaces. Colors all alive, evoking the brilliance and intensity of those captured by Frida on the canvases, where she leaped from the privacy of her daily pain to the worldwide immortality of her art. The Blue House —as the house is called— is a century-old cultural magnet of charming, artistic, and morbid appeal that draws people from all over the world to its famous location. There Frida was born and died; Frida the artist was inspired and painted; Frida the legend unfolded.

The Blue House is the —almost mythical— place where the clock of Frida’s life began and where it also stopped. Today it signifies not only the dwelling where the artist lived her brief, painful and tempestuous life, but also a sanctuary in which art flows from nature itself, as well as from the pictorial expression —in many ways alive— of the woman who dwelt in it. The character, the artist, the human being that Frida was, captured in such a way a unique artistic sentiment that, though not easy to explain and articulate, unleashed an interest which in turn founded the culture and mystique of its fascination. A seduction that attracts thousands of people today from diverse parts of the world to this house.

Whether it be in the tall walls painted in an iridescent blue that impregnates the vision with boldness, whether through the double French doors from where Frida’s eyes entered the garden, or by the nooks where her memories appear and hide, visitors possessed by a, sometimes obsessive Fridamania, try to find existential drafts that would paint for them a Frida —half reality, half fantasy—to conceive her, to know her, to understand her, and to appreciate her. With their sight, visitors comb the vestiges of the artist’s privacy: there are her paintings, her personal diary, her typical dresses, objects that give testimony of her talent, and others that give away her prolonged suffering. Both her artistic creation and pain —Frida creator of art, Frida prostrated to pain— express silently and discreetly the plastic dimension of a woman in the same way that emanates her affliction. Easels, paintbrushes, and artworks struggle and collide against the plaster-cast corset, the wheelchair, the prosthesis of her leg.

Step by step, thousands of people go round the old Blue House and its big garden, that unlike the lifeless volcanic stone of the dwelling’s structure, it incessantly renews with new flowers and rookie birds. The voice of children visitors rejuvenate the old structure and replace with their contemporary echoes the lost resonance of the voices that in the past inhabited this house. The stone of the house quiets, the water of the fountain laughs; the ancient pre-Columbian idol contemplates with indifference, the new flower emerges with satisfaction; the bars of the balconies lock in, and the greenness of the plants liberate. On the whole, all and every one of the elements of the Blue House encloses —in a circumference of attraction and awe— the revealed truth of an artist that died to become immortalized. Her life, just like the volcanic stone of this big house, does not become renewed; her art, on the other hand, recreates and grows, like the trees of her garden. The Blue House is not magic; it is art. Frida is not a ghost, she is an artistic reality.

Watched over with annoying distrust, Frida’s belongings —and those of her husband, the muralist Diego Rivera— allow visitors to glance at the sometimes euphoric, sometimes unfortunate, world of a woman to whom the accidental conditions of her life and the subsequent physical pain, lighted up a creative flame that stirred up the fire of art. Wounded in her overwhelmed body, she intensified the paintbrush to yell out her affliction to the world from the privacy of a house that today is exposed to the entire world. Frida’s intimate pain, reflected in her incomparable artworks, yelled out from her bedroom, jumped out from the balcony of her window, came out of the Blue House, flung into the streets, dared to travel across cities, to cross oceans, and to conquer countries. Pain prostrated her; she prostrated pain with her art.

Through the big, tall and green front door where they came in, visitors leave the Blue House of Frida Kahlo. On the sidewalk made of old paving stone, the same intense blue color that welcomed them bids them farewell. In another time, Frida herself would walk through this same big tall door, and on this same street. However, today Frida’s art enters through more spacious doors, travels across wide streets, and lodges in more luxurious and great galleries, far away from her native Coyoacan. In this metaphoric sense, Frida walks again and on paths she never dreamed of. This, her great success, is no accident. Invulnerable and by the hand of her art, Frida amazes the world, triumphs compellingly, and she does it without any pain.

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Coyolxauhqui, la diosa de la luna

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El monolito de Coyolxauqui, como se ehxibe en el Museo del Templo Mayor. Foto: Eduardo Barraza | Barriozona Magazine  © 2006
El monolito de Coyolxauqui, como se ehxibe en el Museo del Templo Mayor. Foto: Eduardo Barraza | Barriozona Magazine  © 2006

La aparición del monolito de la diosa mexica de la luna en 1978, fue el preámbulo para la excavación masiva de las ruinas del Templo Mayor.

El de la piedra Coyolxauhqui fue en sí mismo un hallazgo arqueológico sorprendente que causó sensación a finales de la década de los años 70s. No obstante, su descubrimiento fue más allá de ser un simple encuentro con otro objeto del pasado al que los mexicanos estaban más o menos habituados, más recientemente en los años en que se llevó a cabo la construcción del tren subterráneo conocido como Metro.

La gran piedra de la diosa lunar del panteón mexica llegó así a convertirse en el parteaguas de la arqueología urbana en la Ciudad de México, y significó la apertura del camino para el reencuentro final —después de siglos— con la estructura religiosa más importante y de mayores dimensiones arquitectónicas del mundo de la gran Tenochtitlán.

Así, el monolito descorrió el velo para el advenimiento de uno de los más grandes trabajos arqueológicos urbanos, el Proyecto del Templo Mayor. En palabras del destacado arqueólogo mexicano Eduardo Matos Moctezuma, se tuvo la “oportunidad casi única, de romper la gruesa capa de concreto que cubre la ciudad, y asomarnos a la ventana del tiempo a través de la arqueología, para recuperar el tiempo ya ido…”

Los mexicanos de las últimas tres décadas han vivido, gracias a la excavación de las ruinas del Templo Mayor, una época privilegiada al poder rescatar algunas piezas de un gran rompecabezas cultural que ha reafirmado su rica identidad histórica.

Los constantes descubrimientos, como el del monolito Tlaltecuhtli en Octubre de 2006 o la reciente aparición de una plataforma circular en las inmediaciones del Templo Mayor en octubre de 2011 —hallazgos producto de los continuos trabajos del Programa de Arqueología Urbana— son sólo muestras de la revolución arqueológica propiciada por el encuentro del monolito Coyolxauhqui hace más de 30 años.

En ese contexto de obras continuas de excavación en lo que fuera el centro ceremonial de los aztecas, el futuro cercano augura no solamente más hallazgos sorprendentes, sino una idea más avanzada y precisa de lo que fue parte de la gran Tenochtitlán.

¿Qué es la Coyolxauhqui?
En la forma más simple de explicarlo, Coyolxauhqui representaba a la luna, esto es, al satélite natural de la tierra. Su origen parte de un ritual que requiere más estudio y un buen entendimiento del simbolismo mexica, así como de otras deidades.

Al observar la naturaleza y los astros celestes, los mexicas percibían al sol (representado por Huitzilopochtli, dios de la guerra) como a un dios que les proporcionaba la luz. Al llegar la noche, percibían a la luna como una “diosa” antagónica que en sus diferentes fases: luna nueva, cuarto creciente, luna llena, y cuarto menguante, se “partía”, “descuartizaba”, o “desmembraba” a causa de la luz solar.

De esta manera, el sol (Huitzilopochtli) descuartizaba como “castigo” a la luna (Coyolxauhqui) por tratar de “matar” a la tierra (representada por Coatlicue, madre de los dioses y de la tierra). En la noche como es natural, el sol desaparecía del firmamento de los aztecas, retirando sus dones vitales, y por ende, intentando “matar” a la tierra, a la que los mexicas veían como “madre” de la que salían al nacer y volvían al morir. Por ser todos astros celestes, los mexicas “emparentaron” a Huitzilopochtli y Coyolxauhqui como hermanos entre sí, y ambos como hijos de Coatlicue.

Nosotros sabemos que los aspectos cambiantes de la luna correspondían a los ciclos del movimiento de traslación de la misma, y los del mismo planeta tierra, así como su relación de posición con el sol.

Coyolxauhqui, diosa lunar mexica
Infografía de Coyolxauhqui. INAH

Los mexicas deificaron o le dieron carácter divino a los elementos de la naturaleza porque reconocían el beneficio que estos representaban para su bienestar. Temían y trataban de complacer a elementos como la lluvia y la luz solar, pues estaban ciertos que estos producían el desarrollo y el crecimiento de las plantas, por ejemplo. Los antiguos mexicas no tenían el conocimiento ahora disponible acerca de los efectos que produce el sol en ciertos organismos vivos por medio de la fotosíntesis, pero veían esos efectos, y de ahí la veneración a Tláloc y Huitzilopochtli, entro otros.

Coyolxauhqui, así, está esencialmente ligada a la mitología mexica o azteca. Su nombre significa “cara pintada con cascabeles” y representa a la diosa mexica lunar.

Mitológicamente, Coyolxauhqui es hija de Coatlicue. La representación hecha por los mexicas en sus esculturas es la de una mujer descuartizada o desmembrada. Su hermano Huitzilopochtli es a quien se responsabiliza de su desmembramiento en base a un elaborado mito.

Características del monolito de Coyolxauhqui
Diámetro: Entre 3.04 y 3.25 metros (9.98 y 10.67 pies)
Espesor: 30 centímetros (11.8 pulgadas)
Peso: 8 toneladas (16 mil libras)
Forma y material: El monolito es una masa semicircular hecha con roca volcánica clasificada como andesita de lamprobolita de color rosa claro.

Hallazgo
El monolito de Coyolxauhqui fue encontrado en la madrugada del 21 de febrero de 1978 por Mario Alberto Espejel Pérez, empleado de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro, mientras él y otros trabajadores cavaban una zanja en la esquina de las calles de Guatemala y Argentina, en el Centro Histórico la Ciudad de México, a un lado del Zócalo. La revista National Geographic en su edición en inglés de diciembre de 1980, cita a Espejel Pérez de la siguiente manera: “Mi pala pegó en algo duro, una piedra. Limpié algo de tierra con mi guante —así— y vi que la piedra era rojiza y que estaba labrada en relieve. Le hablé a mi compañero Jorge, y quitamos más tierra. No sabíamos lo que habíamos encontrado, pero lo reportamos a nuestro jefe de grupo y los ingenieros… Cuando se estaba construyendo el Metro, los periódicos hablaban de muchos descubrimientos del tiempo de los aztecas. Y claro, en la escuela, mis maestros hallaban mucho de esas cosas”.


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Porfirio Díaz, ¿qué clase de persona era?

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Porfirio Díaz era un hombre que gustaba del retrato, sobre aquel que proyectara una personalidad imponente y autoritaria. Ilustración: Barriozona Magazine © 2015
Porfirio Díaz era un hombre que gustaba del retrato, sobre aquel que proyectara una personalidad imponente y autoritaria. Ilustración: Barriozona Magazine © 2015

Carlo de Fornaro destacó como caricaturista en los medios impresos de Chicago y Nueva York, Estados Unidos. Ciudadano británico de origen ítalo-suizo, de Fornaro es el casi olvidado autor del libro México, tal cual es, publicado en 1909 con el título original en inglés de Díaz, czar of México. Ese mismo año se se publicaría La sucesión presidencial de Francisco I. Madero. El libro de de Fornaro fue objeto de censura y persecución por el régimen porfirista debido a la magistral denigración que su autor esgrime para desmitificar al exaltado presidente mexicano, ya en el ocaso de su forzada y prolongada dictadura.

El también escritor llegó a México en 1906, en donde permaneció dos años, co-fundando “El Diario” en donde estuvo a cargo de la sección “El Diario Ilustrado”. A su regreso a EE.UU., de Fornaro es demandado por difamación a raíz de su obra en contra de Díaz, por parte del periodista Rafael Reyes Spíndola -hombre al servicio del gobierno de Díaz- por lo cual de Fornaro es sentenciado a un año de prisión, hecho que es condenado como un atentado a la libertad de expresión.

Tanto la prensa oficial mexicana como la norteamericana servían los intereses de la dictadura debido a las muchas concesiones otorgadas. A continuación se presenta un capítulo del libro original (1909) titulado “¿Qué clase de persona es Porfirio Díaz?”, tomado de los archivos públicos de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

Caricatura por Carlo de Fornaro en la que se muestran las dos caras de Porfirio Díaz, una para el mexicano y otra para el extranjero.
Caricatura por Carlo de Fornaro en la que se muestran las dos caras de Porfirio Díaz, una para el mexicano y otra para el extranjero.

La admiración oficial y el servilismo, la adulación y algunas veces el elogio bien intencionado, y, sobre todo, la ignorancia extranjera han contribuido a la formación de una asombrosa leyenda, a la creación de un mito sorprendente alrededor de este individuo, hasta el punto de que aparezca como iconoclasta todo aquel que intente hacer un análisis concienzudo de semejante personalidad.

Le han puesto la etiqueta de el más grande de los estadistas modernos; más eminente que Bismark; superior desde el punto de vista militar a Alejandro, César y Bonaparte; más trascendental que Washington y que Lincoln; más puro en su patriotismo que Mazzini ó Garibaldi; diplomático más sutil que León XIII ó que Talleyrand; tan divino como Cristo, Buddha y Sri Krishna, y se le ha llamado lo más grande que existe entre el Amazonas y los Andes (sic).

En 1899 dos periodistas latinoamericanos tuvieron una discusión sobre qué despertaría más intensamente la atención pública, si la noticia de un gran descubrimiento científico, ó un elogio de algún gran hombre. Para hacer la prueba, uno de ellos publicó la nueva de un maravilloso descubrimiento relativo al cultivo de la caña de azúcar, y el otro publicó una entrevista con Tolstoi, haciendo el panegírico de Porfirio Díaz. Ambas fueron ficciones cortadas de la misma pieza de paño. La primera pasó inadvertida, pero la segunda fue reproducida por todos los periódicos del país y fue citada en una obra sobre la vida de Porfirio Díaz como poderoso argumento para su continuación en el poder.

Otra de las caricaturas de Fornaro en la que presenta al dictador mexicano como "el verdugo de la libertad mexicana".
Otra de las caricaturas de Fornaro en la que presenta al dictador mexicano como “el verdugo de la libertad mexicana”.

Para un hombre honrado, todas estas adulaciones promiscuas, mentidas y groseras son nauseabundas; para un hombre humorístico son idiotas; para una persona inteligente sólo prueban la pequeñez del calibre mental de Porfirio Díaz y de sus sicofantes [impostores].

Porfirio Díaz por fuera
Físicamente, este hombre providencial ha sido dotado por la naturaleza con una perfección casi sobrehumana, y ha cultivado ese don con una actividad laboriosa y persistente. Hasta la edad de 37 años peleó casi sin tregua, convirtiendo en acero sus músculos, fortaleciendo su constitución por medio de un método de vida vigoroso, sobrio y casto. Sus progenitores indios le dieron la pulpa, sus progenitores españoles la capacidad cerebral.

De mediana estatura, parece alto gracias a la excelente proporción de sus miembros. Los pies y las manos son grandes; su gesticulación es mesurada y calmosa. La frente es baja, oblicua é inintelectual; los ojos como cuentas, penetrantes, algunas veces bondadosos y festivos, siempre observadores y suspicaces. La nariz deformada por ser las ventanillas demasiado dilatadas en forma de arco, como las amplias de un caballo que resopla después de la carrera. La barba ancha, con poderosas mandíbulas macizas y articuladas como un molino de tortillas; las orejas grandes, afeadas por los largos lóbulos, característica de hombres y de razas destinados a la longevidad. El pelo y el bigote blancos; el cutis claro, salpicado de rojas manchas hécticas.

Esta caricatura ilustra la muerte de aquel mexicano que se opusiera de alguna manera la régimen del presidente Díaz.
Esta caricatura ilustra la muerte de aquel mexicano que se opusiera de alguna manera la régimen del presidente Díaz.

Compárese esta descripción con cualquiera de sus retratos de cuando tenía 37 años, ó de menos edad aún, y se verá que la transformación ha sido maravillosa, casi increíble. Las fotografías ó daguerrotipos de esos tiempos lo presentan como un tipo común, brutal, casi criminal. Los mechones hirsutos [ásperos] de cabellos negros, el ralo y caído bigote y la más rala perilla, y la piel morena lo hacían aparecer como una mezcla del “pelado” endomingado y del lacayo japonés. Merced al restregamiento, al estropajo, a los baños de regadera, al jabón y a la alimentación propia de la gente, se ha transformado de un grasiento condottiere* en un completo Czar blanco, algo así como el producto del cruzamiento de un Bismark de frente estrecha y de un Crispí azteca. [*Los condottieres eran los capitanes de tropas mercenarias al servicio de las ciudades-estado italianas].

Tenía un propósito de los más amplios y sacrificó todo a su avasalladora ambición, y, semejante a un nuevo Saturno, devoraba a los hijos de sus deseos tan pronto como nacían. Su salud, su energía, todo su tiempo fueron consagrados a ese único propósito. Cuanto para los demás hombres son atractivos, distracciones y divertimiento, fue hecho a un lado si no encajaba en el plan que se había trazado de antemano. Jugar, fumar, beber, las mujeres, el teatro, las bellas artes, los deportes, la lectura, fueron desechados para reconcentrar todas sus energías en el gran juego de la política y de su ambición personal, en el que con frecuencia la brillantez no resulta, mientras que la aplicación constante y la actitud alerta conducen al buen éxito.

México bajo Porfirio Díaz: “Madre de extranjeros y madrastra de los mexicanos”

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Díaz unió política e interés, invistiendo concesiones, monopolios y posiciones de prestigio. Cada beneficiario de este sistema vino a ser un ardiente partidario de la paz y, por tanto, de la permanencia de Díaz en el poder. Ilustración: Barriozona Magazine © 2016
Díaz unió política e interés, invistiendo concesiones, monopolios y posiciones de prestigio. Cada beneficiario de este sistema vino a ser un ardiente partidario de la paz y, por tanto, de la permanencia de Díaz en el poder. Ilustración: Barriozona Magazine © 2016

Del texto de Stanley R. Ross (traducido y adaptado por Eduardo Barraza)

Cuarta y última parte

La paz, oportunidad y prosperidad traída por el régimen de Porfirio Díaz estaba reservada para los pocos escogidos. Los intereses políticos, sociales y económicos de la mayoría de los mexicanos fueron contemplados con humillante desdén, cuando estos eran considerados del todo. No solamente fue suprimida toda actividad política, sino que Díaz falló en tomar ventaja de su largo mandato para preparar al pueblo para una participación democrática en su gobierno. El pueblo de México sufrió por la falta de igualdad en la administración de justicia. La justicia, así como la seguridad y la oportunidad, eran privilegio de unos cuantos. El estado de la educación pública era vergonzoso. Escuelas fueron construidas, pero la cantidad era inadecuada y su distribución desigual. Fuera de la capital y las ciudades claves en provincia, las escuelas eran prácticamente inexistentes. En 1895, el 86 por ciento de la población no sabía leer ni escribir, y al término del régimen de Díaz (1911), cuatro de cada cinco personas todavía eran analfabetas. Las condiciones de salud eran desalentadoras por igual. Había una alta incidencia de enterities (inflamación intestinal), pulmonía, malaria y enfermedades venéreas.

La carga más pesada de la época de Díaz fue impuesta al nivel local y rural, involucrando a la abrumadora mayoría de la gente. Ahí, el precio del sistema fue el más alto, creando condiciones las cuales eran seguras de causar problemas. El despotismo generalizado de las autoridades locales (el caciquismo) ya ha sido apuntado anteriormente en la primera parte de este ensayo. El cacique local fue convertido en el instrumento del gobierno central, un tirano local sin iniciativa y sin apoyo local. El cacique vino a ser el enemigo de su propia gente y su propia área. El área rural permaneció aislada, geográficamente y culturalmente, de la vida nacional. Las grandes ciudades mejoraron mientras que las zonas rurales sufrieron por la falta de instalaciones de transportación y comunicación, y los pueblos pequeños y aldeas estaban abandonados. Lo peor de todo fue que la política agraria del gobierno de Díaz dio marcha atrás a los esfuerzos del movimiento de Reforma a mediados del siglo XIX, hechos para destruir el modelo feudal de la tenencia de la tierra, con serias consecuencias para el equilibrio socioeconómico de la sociedad.

Partiendo de una teoría que era una mezcla del liberalismo que enfatizaba la modernización e industrialización, y de un marca característica del dogma Spenceriano* que proclamaba la supervivencia del más apto, los arquitectos ideológicos del periodo de Díaz manifestaron desdén por las masas indígenas y proyectaron la colonización mediante la migración. La comuna de la aldea debía ser destruida y los indios reducidos a un elemento de la población y reemplazados por un elemento inmigrante más deseable. Las políticas dirigidas a estos fines facilitaron la victoria de la hacienda y generalizaron una forma de agrarismo feudal por todo el país.

En el nombre de la paz y el progreso, quejas justas fueron ignoradas, y la cruel supresión, dispersión y el peonaje les esperaba a aquellos indios que protestaran o resistieran. El elemento básico en la población mexicana era para ser explotado y posiblemente eliminado en el nombre de la meta exaltada, esto es, el progreso material.

El ataque extensivo a las comunidades indígenas alteró el equilibrio de la sociedad nativa y, en consecuencia, disminuyó el bienestar de los habitantes. El destino principal que les aguardaba a la mayoría fue un estatus de peonaje en las grandes fincas. Para 1910, más del 90 por ciento de las aldeas en la zona más densamente poblada del país —la meseta central— habían perdido las tierras. Mediante la absorción de tierras de las aldeas y una tremenda concesión del dominio público, el sistema de haciendas fue confirmado y extendido. La grande finca reposó sobre el fundamento de la deuda del peonaje, agravada por los lamentables bajos salarios (12 a 18 centavos diarios), usualmente pagados en forma de trueque o pago de especie, vales o crédito, y mediante la operación abusiva de la tienda de raya (tienda en la plantación). Mientras algunas de las nuevas plantaciones de extracción mostraron un grado de áspera eficiencia, las tierras de hacienda no fueron completamente o efectivamente empleadas. La fertilidad declinó, la especulación aumentó, y los precios de las tierras subieron bajo este feudalismo moderno.

Aunque el número de terratenientes individuales aumentó casi al triple entre 1854 y 1910, el porcentaje de la propiedad de la tierra era muy pequeño. El hacendando, favorecido por el gobierno y evitando y transfiriendo la carga de impuestos, disfrutaba de una marcada ventaja sobre los pequeños terratenientes. Probablemente, no más del tres por ciento de la población rural era dueña de alguna tierra al final del mandato de Díaz. La hacienda, controlando cerca de la mitad de la tierra y la población rural, e incluyendo más de cuatro quintas partes de las comunidades rurales, dominaba políticamente, económicamente y socialmente la vida rural de una nación predominantemente rural. El hecho de que había 834 hacendados y tal vez unos 9 millones de campesinos sin tierra viviendo en peonaje miserable hace comprensible la aseveración de González Roa de que la revolución fue sobre todo agraria. A las condiciones opresoras se les añadía la humillación de que mucha de la tierra había pasado a manos extranjeras.

El capitalismo extranjero fue superpuesto sobre esta base agraria feudal. La forzada y acelerada industrialización acentuó el patrón colonial de la economía mexicana, ya que el énfasis estaba sobre las industrias de extracción, especialmente la minería. Los extranjeros construyeron los ferrocarriles bajo condiciones liberales, ignorando las necesidades económicas básicas del país, y favoreciendo el intercambio externo sobre el doméstico. El gobierno, dando marcha atrás a los patrones legales de los tiempos coloniales, dio a las concesionarias un incuestionable título a los depósitos naturales del subsuelo. Díaz se jactó regularmente de los nuevos títulos concedidos a propiedades mineras, porque para él eso era el progreso. México recibió solamente largas horas y bajos salarios por sus hijos. Ganancias insignificantes retornaban al gobierno. Los extranjeros fueron succionando hacia afuera la riqueza, y, en el proceso, los recursos de la nación perdieron su nacionalidad. Los extranjeros no estaban solamente explotando a México económicamente, sino disfrutando una influencia muy desproporcionada a su número dentro de la población. La consideración a su favor en los juzgados estaba asegurada. Hubo pruebas diarias de la acusación de que México, bajo Díaz, había venido a ser “la madre de extranjeros y la madrastra de los mexicanos”.

El aspecto más trágico del progreso material y la prosperidad de la era Porfiriana fue el hecho de que el grueso del pueblo no participaba. Al contrario, el avance industrial fue hecho posible por la construcción de barreras arancelarias las cuales aumentaron los precios para el consumidor mexicano. El ineficiente hacendado fue protegido de la competencia externa por aranceles a los comestibles — en un tiempo en que los alimentos ¡tenían que ser importados! Los precios de los alimentos en México, en contraste con los del resto del mundo, aumentaron durante este periodo. Mientras que los salarios industriales avanzaron un poco, los salarios en dólares de los trabajadores rurales permanecieron aproximadamente los mismos. El decline de los salarios reales inevitablemente significó un estándar de vida en declive.

Francisco I. Madero, sensitivo y altruista, se perturbó por el espectáculo de su país presentado bajo “La Paz de Porfirio”. Un devoto de la democracia, Madero llegó a estar convencido de que la prolongada dictadura era la explicación para la ignominia en que estaba sumida su nación.

*El filósofo y biólogo británico Herbert Spencer acuñó la frase “supervivencia del más apto” en su tratado Principios de biología (1864), después de haber leído El origen de las especies de Charles Darwin.



Porfirio Díaz: Dictadura de paz forzada

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Los elementos que habían sido las fuentes de problemas o los objetos de contención antes de que Díaz ascendiera al poder, habían sido transformados en soportes para el régimen y en contribuidores a la paz de la nación— los caciques, el ejército, los grupos liberal y conservador, y la Iglesia.
Los elementos que habían sido las fuentes de problemas o los objetos de contención antes de que Díaz ascendiera al poder, habían sido transformados en soportes para el régimen y en contribuidores a la paz de la nación— los caciques, el ejército, los grupos liberal y conservador, y la Iglesia.

Del texto de Stanley R. Ross (traducido y adaptado por Eduardo Barraza)

Tercera de cuatro partes

Los conflictos de la historia de México algunas veces surgieron por razones otras que la simple ambición y avidez por el botín del puesto gubernamental. Cuando las ideas fueron el trasfondo del conflicto, dos grandes grupos políticos con ideales divergentes pueden ser diferenciados. Un grupo, el conservador, lamentó las consecuencias de la independencia de México y anheló un regreso a los patrones institucionales de la época colonial asociados con la estabilidad y la prosperidad. El segundo grupo, o el liberal, deseó tomar el garrote contra las instituciones coloniales —la iglesia, el estado, y el ejército— las cuales habían mayormente sobrevivido la desaparición del control español. El primero soñaba con una monarquía centralizada; el segundo con una república federalizada. México, antes de 1876, fue su campo de batalla. La paz entre ambos parecía inconcebible. No obstante, el gran acuerdo mutuo del régimen de Díaz le ganó el apoyo de ambos grupos contendientes. Los conservadores se inclinaron a Díaz porque él ofreció paz y estabilidad y la perpetuación de las instituciones coloniales restantes. Los liberales sucumbieron a los beneficios asegurados del recién iniciado capitalismo —progreso y la versión de liberalismo del siglo decimonoveno. Este arreglo ofreció nada para la masa del pueblo, pero ellos habían jugado una pequeña parte en las políticas y las luchas de la historia de México, y ningún cambio mayor fue anticipado.

La Iglesia Católica contribuyó con otra piedra para los cimientos del imponente edificio de estabilidad nacional que construyó Díaz. Aunque el dictador había seguido la bandera liberal, él adoptó una política de conciliación hacia la Iglesia. Algunos escritores atribuyen el desarrollo de esta política a la influencia de su profundamente religiosa segunda esposa, pero eso fue principalmente un asunto de política. La legislación anti-Iglesia del periodo de la Reforma permaneció como parte de la ley del país, pero en la práctica no se hacía cumplir. Había una cordialidad perceptible entre funcionarios del gobierno y dignatarios de la Iglesia. Con buena razón el Padre Cuevas, escribiendo del periodo de 1875 a 1896, asintió que “esos diecinueve años casi sin la pérdida de un solo día, con lenta pero segura actividad, fueron ciertamente años de reconstrucción”. Quizás fue inevitable que este avivamiento de la Iglesia debía de ir acompañado por avances en el poder económico de la Iglesia. Durante el periodo de Díaz la iglesia logró recobrar algo de su riqueza, influencia y prestigio. Aunque existe alguna evidencia después del comienzo del siglo de que la Iglesia estaba llegando a estar descontenta en su relación con el gobierno, para bien o para mal ésta se había asociado y comprometido con el sistema de Díaz.

Los mismos elementos que habían sido las fuentes de problemas o los objetos de contención antes de que Díaz ascendiera al poder, habían sido transformados en soportes para el régimen y en contribuidores a la paz de la nación— los caciques, el ejército, los grupos liberal y conservador, y la Iglesia. A estos elementos de apoyo hay que agregar a los capitalistas, principalmente extranjeros, quienes, impulsados y generosamente asistidos, se desarrollaron como una oligarquía mercantil y financiera comprometida a la continuidad de la dictadura como la mejor garantía de su posición de privilegio, riqueza y poder. La oportunidad también atrajo a los intelectuales. La burocracia fue expandida 90 por ciento bajo la administración de Díaz, absorbiendo a muchas personas educadas. Otros, especialmente abogados, encontraron empleo con concesionarios extranjeros. Las escuelas, excepto las instituciones eclesiásticas, fueron sustentadas por el gobierno y sujetas a su control. El gobierno subsidió extensamente a la prensa la cual sirvió para defender su política, condenar a sus enemigos, y aumentar el coro de alabanzas para el dictador. Los periódicos de oposición fueron sujetos a una persecución sistemática. Difícilmente hubo un intelectual de aquella generación que no estuvo ligado al régimen. Por tanto, es de entenderse por qué la Revolución Mexicana sufrió de una deficiencia de preparación intelectual y de portavoces.

El precio pagado por el pueblo mexicano por los logros del sistema porfirista fue muy alto y constituye una seria acusación contra el régimen. La oposición fue suprimida sin piedad. Detrás de los muros de la Cárcel de Belén en la capital y la prisión militar de San Juan de Ulúa, el dictador se esforzó en quebrantar el espíritu de quienes se atrevieron a oponerse a él. Para los casos más obstinados estaba el penal de Quintana Roo, el territorio más mortal en la nación. No todos los opositores del régimen vivieron para experimentar los confines de las prisiones. Muchas personas fueron víctimas de la ley fuga. Las ejecuciones sumarias fueron llevadas a cabo, con la lacónica nota, “Muerto mientras trataba de escaparse”, y servía como una explicación aceptable.

Reclutamiento forzado al ejercito, migraciones forzadas, y trabajo forzado fueron métodos adicionales de persuasión y pacificación. Cuando las tropas fueron necesitadas, cada estado tenía que proveer un contingente. El reclutamiento a las armas, la leva, no era universal o por grupo, sino por designación administrativa. Los funcionarios locales ejercían la leva como un instrumento de persecución y venganza. Los Indios Yaqui de Sonora fueron transportados a punta de pistola desde sus casas a trabajar como mano de obra forzada en los plantíos del henequén de Yucatán y en los campos de tabaco en el Valle Nacional de Oaxaca como castigo y en nombre de la pacificación. México tenía paz, pero el precio incluía la tiranía y la supresión.



La dictadura de Porfirio Díaz: Política de “pan o palo”

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Porfirio Díaz unió política e interés, invistiendo concesiones, monopolios y posiciones de prestigio. Cada beneficiario de este sistema vino a ser un ardiente partidario de la paz y, por tanto, de la permanencia de Díaz en el poder. Ilustración: Barriozona Magazine
Porfirio Díaz unió política e interés, invistiendo concesiones, monopolios y posiciones de prestigio. Cada beneficiario de este sistema vino a ser un ardiente partidario de la paz y, por tanto, de la permanencia de Díaz en el poder. Ilustración: Barriozona Magazine

Del texto de Stanley R. Ross (traducido y adaptado por Eduardo Barraza)

Segunda de cuatro partes

Unas cuantas voces fueron vehementemente y apasionadamente críticas de Porfirio Díaz. El Dr. Luís Lara y Pardo resumió la política de Díaz como una de “exterminación, degradación y prostitución”. Otro escritor etiquetó al régimen como “autocracia despótica”. En 1910, el mismo año de la celebración de la independencia mexicana, John Kenneth Turner llamó a México “bárbaro”. No obstante, la mayoría de los extranjeros estaban impresionados por la fachada de paz y progreso material que oscurecía los medios por los cuales ésta era creada y sustentada, y el precio que tenía que pagarse por ella. Pero las técnicas políticas usadas por Díaz para obtener y preservar la paz y para continuar su régimen en poder son básicas para un entendimiento del periodo de su gobierno, así como para tal entendimiento de las consideraciones políticas las cuales tiñeron en gran manera la oposición iniciada hacia el cierre de ese periodo.

Porfirio Díaz recibió, en 1876, una nación de gente harta de anarquía, guerra civil y miseria. Los mexicanos estaban ansiosos de estabilidad y paz. El régimen de Díaz probablemente emanó, al menos inicialmente, de la voluntad popular. La mayoría de las subsecuentes reelecciones del presidente descansaron hasta cierto punto en la tolerancia y la apatía del pueblo mexicano, pero la duración del gobierno de Díaz implicaría que la confianza y la apatía por sí solas no son suficientes como una explicación. El gobierno del General Díaz, aunque regular en apariencia, era por función y naturaleza estrictamente personal.

Díaz abolió la Constitución de 1857, no de palabra ni por escrito, sino en hecho. Una república federativa, la división de poderes entre las ramas del gobierno, y la democracia se encontraban entre las ficciones sustentadas. Las elecciones eran un mero ritual. En la práctica, toda autoridad vino a ser investida en el gobierno central, principalmente en la rama ejecutiva y específicamente en el presidente. La reelección de este funcionario vino a ser un mero trámite. Del presidente hacia abajo, la maquinaria electiva, legislativa, y judicial fue suplantada mediante procedimientos administrativos. El gobierno personal como un método político fue sustituido por partidos y principios políticos. Las relaciones políticas fueron construidas sobre las bases de la amistad y la fiabilidad. El gabinete, el Congreso y los gobernadores estaban sujetos al dictador mediante lazos de amistad e interés. Una relación similar existió entre los jefes políticos y los gobernadores y entre los presidentes municipales y los jefes políticos. La completa maquinaria de gobierno local, provincial y nacional vino a ser dependiente de la voluntad de un hombre.

Los lazos de amistad fueron cimentados con el cemento del interés propio. Díaz unió política e interés, invistiendo concesiones, monopolios y posiciones de prestigio. Cada beneficiario de este sistema vino a ser un ardiente partidario de la paz y, por tanto, de la permanencia de Díaz en el poder. Una política establecida del dictador fue la de dividir y conquistar, jugar a individuo contra individuo, grupo contra grupo. De esta manera, Díaz evitó el desarrollo de una concentración de fuerza la cual hubiera podido desafiar su posición. Asimismo, las personas involucradas tendían a fortalecer a Díaz para poder obstruir a sus opositores, y la nación prefirió la retención de Díaz a tener alternativas desagradables e inclinadas a la disensión. Los rivales ambiciosos que se atrevieron abiertamente a oponerse a Díaz recibieron el tratamiento de “pan o palo”. La opción era aceptar recompensas materiales, usualmente con la pérdida de influencia política, o ser eliminado.

La influencia presidencial se extendió a las legislaturas estatales y más allá a las unidades de gobierno local. Los jefes políticos, subordinados al presidente o a sus gobernadores,
absorbieron la autoridad de los gobiernos municipales. Díaz logró la paz en México generalmente consiguiéndola localmente en una nación esencialmente parroquial. Caciques locales y bandidos estaban enlazados al gobierno central al dárseles posiciones oficiales, las cuales los convirtieron en instrumentos del gobierno. La alternativa era la liquidación. El ejemplo superlativo de la conversión de bandido en policía fue la creación de los rurales, el conocido destacamento montado de la policía rural. La opresión legalmente autorizada suplantó al bandidaje irregular. México llegó a ser seguro para la gente apropiada. Al crecer el gobierno central en fuerza y prestigio, un mayor control pudo ser ejercitado sobre los tiranos menores que habían contribuido la obtención de su posición.

El personal militar irresponsable y ambicioso había sido uno de los mayores elementos de la turbulencia en la vida política mexicana. El dictador extrajo los colmillos de los militaristas al neutralizar su influencia y otorgándoles un interés personal dentro de su régimen. Los generales se convirtieron en hombres acaudalados apoyando a un gobierno generoso con concesiones económicas y subsidios a la tierra, o un gobierno dispuesto a tolerar el exceso de cuentas costosas por un comandante mientras le vendía provisiones a los Indios contra quienes él hacía campaña. Los comandantes que eran sospechosos de encendida ambición o aquellos que tenían la audacia de retar a Díaz fueron tratados severamente.


 

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