MÉXICO – Hace cuarenta años, un cantautor con su guitarra al hombro plasmó la soledad urbana, el desencanto de los jóvenes que llegaban a la ciudad y la opresión sistémica de la gigantesca metrópolis mexicana. Rodrigo González, mejor conocido como Rockdrigo, perdió la vida sepultado por el terremoto de 1985, pero su voz quedó impregnada en el concreto. Su obra, considerada la base del llamado rock rupestre, dio voz a una juventud marginada y sin horizonte, iniciando una tradición contracultural que hoy sigue reinventándose en los márgenes de la Ciudad de México.
Hoy, en 2025, la música ha evolucionado, pero la marginación continúa. Lo que antes era una guitarra acústica con letras contestatarias, ahora es un beat digital, freestyle callejero o trap con estética de barrio. La esencia sigue siendo la misma: jóvenes conscientes de su exclusión del sistema que buscan formas simbólicas de resistirlo.
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De la ciudad-monstruo a la ciudad-algoritmo
La Ciudad de México, antes conocida como Distrito Federal y ahora una metrópoli dominada por algoritmos, con más cámaras que árboles, ha cambiado sin transformar su raíz excluyente. La pobreza ya no solo se despliega horizontalmente, sino también hacia arriba: en vecindades saturadas, conjuntos habitacionales periféricos sin conectividad, o departamentos de interés social plagados de aplicaciones que prometen movilidad pero que en realidad refuerzan el confinamiento.
Según la sociología urbana, la marginación estructural se ha vuelto más compleja: ya no solo excluye mediante la carencia económica, sino también a través de la desconexión digital, una educación precaria y la falta de participación política. Así se configura una juventud sin expectativas de movilidad social, atrapada en un presente constante donde el sobrevivir reemplaza al soñar con el futuro.
En este contexto, la juventud, entendida más como una construcción social que una etapa de edad, redefine su identidad en conflicto con las metas del éxito neoliberal: obtener un título universitario, tener un auto, emprender con éxito. Ante estos modelos inalcanzables, surge una forma de ser resistente: la del joven que se autodenomina “fracasado” con orgullo, que se expresa con una estética y lenguaje propios en los márgenes del sistema.
Trap, grafiti, skate y periferia: las nuevas trincheras
En los años ochenta, Rockdrigo, pionero del rock rupestre, retrataba al joven provinciano perdido en la gran ciudad; hoy, las historias son colectivas, digitales y audiovisuales. Artistas como Santa Fe Klan, Gera MX, Lng/SHT renuevan esa tradición con letras que mezclan crítica social, vivencias marginales y sonidos contemporáneos. Gracias a las redes, pueden difundir una contracultura digital que nace en los barrios pero se expande por todo el mundo.
Estas manifestaciones son lo que la antropología cultural llama subculturas de resistencia: formas simbólicas con las que los jóvenes redefinen su identidad y pertenencia en contextos adversos. No es solo música: también es grafiti como mapa urbano de denuncia, skate como forma de apropiación de espacios invisibles (como plazas vigiladas), y una estética que mezcla lo vintage y lo pobre para desafiar los ideales aspiracionales.
En zonas como Iztapalapa, Ecatepec, Nezahualcóyotl y Tláhuac, tradicionalmente estigmatizadas, surgen colectivos culturales que organizan talleres autogestivos, batallas de rap, ferias de arte popular y cineclubes ambulantes. Ante la falta de instituciones y políticas públicas efectivas, estos espacios se convierten en refugios, trincheras y comunidades.
Juventudes híbridas: entre la rabia y la esperanza
La antropología actual rechaza la idea de una “juventud” homogénea. En realidad, convivimos con muchas juventudes distintas: la que estudia y trabaja; la que se va a Estados Unidos por TikTok; la que cocina para su comunidad; la que ve en la violencia su única vía de escape. Sin embargo, todas comparten interrogantes similares: ¿quién soy?, ¿a quién le intereso?, ¿cómo salgo adelante?
Pierre Bourdieu, sociólogo francés, hablaba del “capital simbólico”* como una forma de reconocimiento social. En los márgenes urbanos, ese prestigio no se obtiene en la universidad, sino en la calle: con habilidades para rimar en una batalla, para pintar un muro en wildstyle, o para lograr miles de vistas en un video hecho con un celular. Es una forma de recuperar simbólicamente un poder que el sistema les niega en otros ámbitos.
Del rock rupestre al algoritmo de la rabia
En este nuevo entorno cultural, Rockdrigo sigue siendo una figura clave. Fundador del rock rupestre, su herencia no vive solo en la memoria, sino también en su capacidad para expresar con sencillez que el dolor urbano también es música. Su espíritu hoy se percibe en versos de rap que denuncian ejecuciones ilegales, canciones que cuentan desalojos, o videos virales donde se ironiza sobre la pobreza sin perder la dignidad.
En esta era de gentrificación cultural, donde las élites adoptan estéticas populares sin entender su trasfondo, las nuevas juventudes luchan por preservar el origen de su arte. Pintan con orgullo su barrio, narran su vida con honestidad, y se reapropian de su historia.
Como decía Rockdrigo en su canción No tengo tiempo: “La máquina me ha vuelto una sombra borrosa”. Esa máquina —la del sistema, la invisibilidad, la precariedad disfrazada de avance— sigue funcionando. En 2025, se mueve con más algoritmos que empatía, triturando identidades, silenciando voces, moldeando sueños. Pero los jóvenes de los márgenes ya no se dejan aplastar tan fácilmente. Escriben, riman, pintan, gritan. Hackean el lenguaje. Reconquistan la ciudad con beats, colores y rabia.
Saben que no pueden cambiar su realidad si aceptan las reglas impuestas. Por eso las rompen, las reescriben y las mezclan con ritmo de barrio y fuego estético. La Ciudad de México sigue siendo una ciudad que devora, sí, pero ahora hay jóvenes que le pasan factura.
* En la teoría de Bourdieu, el capital simbólico es el respeto o prestigio que alguien recibe cuando los demás lo ven como una persona importante. No se trata de dinero ni de conocimientos, sino de reputación. A veces, tener dinero o estudios hace que la gente crea que alguien merece respeto, y esa creencia le da poder.
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