La transición entre Teotihuacan y los toltecas resurge tras el hallazgo de entierros prehispánicos en Tula, Hidalgo.
PUNTOS CLAVE
• INAH descubrió tumbas y restos humanos de hace unos 1,500 años.
• Los entierros muestran fuertes vínculos rituales con la cultura teotihuacana.
• El hallazgo sugiere continuidad cultural antes del surgimiento tolteca.
MÉXICO – La tierra de Tula vuelve a hablar. Y cuando lo hace, no entrega respuestas sencillas: ofrece fragmentos de un mundo enterrado durante siglos bajo capas de cal, piedra y silencio.
El reciente descubrimiento de una serie de enterramientos de época teotihuacana en Hidalgo, anunciado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), no constituye únicamente otro hallazgo arqueológico derivado de obras de infraestructura. En realidad, se trata de una ventana excepcional hacia la transición entre Teotihuacan y los toltecas, uno de los procesos históricos más complejos y menos comprendidos del México prehispánico.
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Los muertos de Tula emergen bajo las obras modernas
Los entierros fueron localizados durante labores de salvamento arqueológico asociadas al Tren de Pasajeros México-Querétaro, una circunstancia que vuelve a confirmar una paradoja recurrente en México: las grandes obras contemporáneas suelen remover también las capas más profundas de la memoria prehispánica.
Bajo el suelo de Tula emergieron tumbas de tiro, cámaras funerarias y restos humanos asociados con un complejo ceremonial que, según los primeros análisis, estuvo vinculado con comunidades bajo influencia teotihuacana hace aproximadamente mil 500 años.
Lo verdaderamente revelador no es solo la presencia de los entierros, sino la sofisticación ritual que sugieren. Una de las tumbas contenía restos óseos de al menos ocho individuos acompañados por decenas de vasijas miniatura, un detalle que remite inmediatamente a prácticas funerarias donde el simbolismo del tránsito al inframundo ocupaba un lugar central.
El ritual funerario como espejo de una civilización
En Mesoamérica, la muerte rara vez era entendida como un final definitivo. Para culturas como Teotihuacan, el entierro era parte de una compleja geografía sagrada donde el cuerpo regresaba al vientre de la tierra mientras el espíritu emprendía un recorrido cósmico.
Las cámaras funerarias halladas en Tula parecen responder precisamente a esa lógica ritual: espacios cerrados, profundos y cuidadosamente acondicionados para albergar no solo cadáveres, sino narrativas religiosas completas.
El hallazgo ofrece nuevas pistas sobre la transición entre Teotihuacan y los toltecas, una etapa marcada por migraciones, transformaciones políticas y reconfiguraciones culturales que todavía generan debate entre arqueólogos e historiadores.
Tula antes de los atlantes
Durante décadas, la arqueología mexicana consideró a Tula principalmente como el gran emblema tolteca del Posclásico Temprano. Sin embargo, descubrimientos recientes han comenzado a demostrar que el valle hidalguense poseía una ocupación mucho más antigua y compleja de lo que se pensaba.
Ya en años anteriores se habían identificado unidades habitacionales y contextos funerarios relacionados con grupos teotihuacanos en la región. El nuevo hallazgo fortalece una hipótesis cada vez más sólida entre especialistas: Tula no surgió de manera abrupta tras la caída de Teotihuacan, sino que heredó parte de sus estructuras políticas, religiosas y comerciales.
Más que una ruptura total entre ambas civilizaciones, pudo existir una larga continuidad cultural. Precisamente allí radica la relevancia histórica de la transición entre Teotihuacan y los toltecas, porque podría redefinir la manera en que entendemos el surgimiento de una de las culturas más influyentes del México antiguo.
Una ciudad industrial y ceremonial hace mil 500 años
La arquitectura funeraria descubierta también resulta significativa. Las tumbas de tiro no son comunes en todos los contextos mesoamericanos y su presencia en Hidalgo abre nuevas preguntas sobre intercambios culturales y movilidad de grupos humanos en el Altiplano central.
Los entierros fueron encontrados junto a materiales cerámicos, objetos de obsidiana y evidencias de actividades relacionadas con la producción de cal, un elemento esencial para los recubrimientos arquitectónicos de las grandes urbes prehispánicas.
Es decir: los muertos aparecieron en un paisaje profundamente industrializado para su época.
Ese detalle transforma la lectura del sitio. No se trataba únicamente de un espacio ceremonial aislado, sino posiblemente de una comunidad integrada a redes económicas vinculadas con Teotihuacan, la enorme metrópoli que durante siglos dominó buena parte de Mesoamérica.
El pasado enterrado bajo el México contemporáneo
La arqueología mexicana vive actualmente una etapa singular. Las obras ferroviarias, carreteras y proyectos urbanos han multiplicado los salvamentos arqueológicos, produciendo una avalancha de información inédita. Pero también han colocado a los investigadores frente a una carrera contra el tiempo: documentar, interpretar y preservar vestigios que permanecieron ocultos durante siglos antes de que las máquinas modernas alteren definitivamente el paisaje.
En Tula, los entierros recién descubiertos recuerdan algo fundamental: las antiguas ciudades mesoamericanas no desaparecieron realmente. Permanecen debajo de pueblos, carreteras, parcelas agrícolas y zonas industriales, esperando ser reveladas por accidente o necesidad.
Cada osamenta recuperada, cada vasija miniatura y cada muro sepultado obligan a replantear la historia oficial del centro de México. Porque bajo la imagen monumental de los atlantes toltecas todavía sobreviven rastros más antiguos, más profundos y quizá más decisivos para entender la verdadera transición entre Teotihuacan y los toltecas.
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