MÉXICO – El hallazgo y estudio de tres nuevos depósitos rituales en el Templo Mayor de Tenochtitlan confirman que, hacia mediados del siglo XV, durante el gobierno de Motecuhzoma Ilhuicamina, se realizó una ceremonia de consagración de dimensiones extraordinarias, centrada en un conjunto de ofrendas que hoy redefine la comprensión del ritual mexica.
De acuerdo con el Proyecto Templo Mayor (PTM), las ofrendas 186, 187 y 189, excavadas y analizadas recientemente, comparten temporalidad, disposición y contenido con las ofrendas 18, 19 y 97, descubiertas entre finales de la década de 1970 y 1991. La convergencia de datos arqueológicos permite sostener que las seis fueron colocadas en un mismo evento ritual durante la etapa constructiva IVa del Templo Mayor, fechada entre 1440 y 1469, periodo de gobierno del huei tlatoani Motecuhzoma Ilhuicamina.
Relacionado → Ofrenda de la época de Moctezuma Ilhuicamina resurge en ruinas del Templo Mayor en Ciudad de México
Cerrar el círculo
El director del PTM, Leonardo López Luján, señaló que por primera vez los arqueólogos han podido “cerrar un círculo” en torno a la gran pirámide mexica: tres depósitos ya eran conocidos en los flancos oeste y norte; los tres restantes se localizaron en el este y sur, completando un patrón simétrico en la plataforma que rodeaba el basamento.
La etapa IVa posee una particularidad arquitectónica crucial: es la única de las siete fases constructivas del Templo Mayor en la que se conservó casi intacta la plataforma perimetral, decorada con cabezas de serpiente y grandes braseros en cada lado. Esa plataforma, según la interpretación clásica de Eduardo Matos Moctezuma, no era un elemento ornamental, sino el nivel terrestre donde se concentraba la acción ritual y bajo cuyo piso se depositaba el mayor número de ofrendas.
En Vida y muerte en el Templo Mayor (1998), Matos Moctezuma explica que la plataforma simbolizaba el plano horizontal del cosmos, el ámbito donde el ser humano ofrendaba a los dioses y donde convergían los distintos niveles cósmicos. El templo, afirma, representaba el “centro fundamental”, el punto de cruce entre cielo, tierra e inframundo. La disposición de las ofrendas bajo ese nivel refuerza la lectura de un programa ritual cuidadosamente planificado, no de actos aislados.

Botín de guerra y legitimación política
De acuerdo con información del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), el elemento más llamativo de esta ofrenda múltiple es la presencia total de 83 figurillas antropomorfas de estilo Mezcala, talladas en piedra verde. Solo en las ofrendas 186, 187 y 189 se localizaron 43 esculturas (15, 15 y 13, respectivamente).
El INAH precisa que estas piezas pudieron haber sido traídas como botín de guerra desde señoríos de la actual región norte de Guerrero, sometidos por Motecuhzoma Ilhuicamina entre 1447 y 1450. La concentración de figurillas Mezcala en este momento específico, y su ausencia antes o después en tal abundancia, sugiere una acción política deliberada: consagrar en el corazón sagrado de Tenochtitlan los símbolos materiales de la expansión territorial.
En términos históricos, Motecuhzoma Ilhuicamina (gobernó de 1440 a 1469) fue el primer tlatoani mexica en proyectar de manera sistemática el poder de la Triple Alianza más allá de la Cuenca de México. La ofrenda, entonces, puede leerse como una declaración ritual de hegemonía: lo conquistado no solo se integra al imperio, sino al orden cósmico que el Templo Mayor encarna.
Las figurillas, además, fueron “resignificadas” por los mexicas. Conservan restos de pigmentos rojo y blanco y presentan añadidos iconográficos –anteojeras y dientes–, asociados a Tláloc. Este proceso de intervención confirma que no se trató de simples objetos exóticos acumulados, sino de reliquias incorporadas a la liturgia estatal.

Logística y poder material
El carácter “colosal” de la ceremonia no es una metáfora retórica. Los especialistas del PTM señalan que solo el traslado y colocación de los tepetlacalli –cofres de piedra de aproximadamente 50 centímetros de ancho y alto–, implicó mover esculturas de entre 600 y 1,000 kilogramos mediante cuerdas, palancas y rodillos de madera. A ello se suma el depósito de miles de objetos asociados.
Entre los materiales identificados hay más de 4,000 elementos malacológicos, principalmente caracoles de las especies Nerita scabricosta y Hexaplex brassica, procedentes en su mayoría de las costas del Atlántico. Algunos ejemplares conservaron el periostraco, una capa orgánica que se pierde poco después de la muerte del molusco, lo que sugiere que fueron transportados frescos o incluso vivos, posiblemente en contenedores con agua salada.
En términos contemporáneos, el hallazgo recuerda la compleja logística de los grandes eventos de Estado: cadenas de suministro, transporte especializado y control territorial. En el siglo XV, esa capacidad de movilizar recursos desde el Golfo de México y Guerrero hasta la capital insular era, en sí misma, una demostración de poder económico y organizativo.
Religión de Estado, no devoción privada
Conviene subrayar que el Templo Mayor no era un santuario íntimo, sino el eje ritual de una estructura política expansionista. Matos Moctezuma ha insistido en que el edificio materializa mitos fundacionales, como el de Coatepec y el nacimiento de Huitzilopochtli, y reproduce la cosmovisión mexica en piedra. Cada escultura, cada ofrenda, cada orientación arquitectónica respondía a un programa ideológico coherente.
Las seis ofrendas ahora integradas en un mismo horizonte cronológico evidencian que el ritual fue planificado como un acto unitario de consagración, probablemente vinculado a la ampliación arquitectónica correspondiente a la etapa IVa. No se trató de un gesto espontáneo, sino de una ceremonia diseñada para reafirmar el orden cósmico y político.
Patrimonio y debate contemporáneo
Las ofrendas 186, 187 y 189 serán resguardadas en el Museo del Templo Mayor y podrían integrarse en una exposición que reúna por primera vez las seis oblaciones. Más allá del interés académico, el hallazgo reaviva una conversación actual: cómo interpretar el pasado prehispánico sin idealización ni simplificación.
En un país donde el patrimonio arqueológico es parte del debate público, desde la preservación urbana hasta la identidad nacional, descubrimientos como este obligan a mirar el Templo Mayor no como reliquia congelada, sino como archivo vivo de poder, violencia, fe y administración imperial.
El hallazgo no confirma una épica romántica, sino algo más complejo: que el Estado mexica articuló expansión militar, economía y religión en un mismo lenguaje simbólico. Y que, seis siglos después, la tierra del Centro Histórico sigue revelando cómo esa maquinaria ritual fue capaz de movilizar territorios enteros para depositarlos, en silencio, bajo una plataforma de serpientes de piedra.
ENLACE EXTERNO → Lee el Boletín del INAH
Video relacionado: Nuevos hallazgos del Proyecto Templo Mayor
© 2026, Eduardo Barraza. All rights reserved.



