A cien años de su inicio, la Guerra Cristera sigue siendo uno de los episodios más polémicos del México posrevolucionario.
Puntos clave
• Cumple un siglo en 2026.
• Enfrentó al Estado y la Iglesia.
• Su legado sigue vigente.
MÉXICO — En 2026 se cumple el centenario de la Guerra Cristera, uno de los conflictos más dolorosos y divisivos del México posrevolucionario. A cien años de su inicio, la llamada Cristiada sigue siendo una herida histórica que permite entender la compleja relación entre el Estado mexicano, la Iglesia católica y la sociedad civil.
El origen de la Guerra Cristera
La Guerra Cristera estalló en 1926 durante el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles. Aunque sus raíces se remontan a las tensiones entre liberales y conservadores del siglo XIX, el conflicto encontró su detonante en la aplicación estricta de los artículos anticlericales de la Constitución de 1917 y en la promulgación de la llamada Ley Calles. Esta legislación impuso restricciones severas al culto religioso, limitó la participación pública de los sacerdotes y reforzó el control del Estado sobre las actividades de la Iglesia.
Para el gobierno posrevolucionario, aquellas medidas representaban la consolidación del proyecto laico emanado de la Revolución mexicana. Para amplios sectores católicos, en cambio, significaban una agresión directa contra su fe, sus prácticas religiosas y su vida comunitaria. Esa tensión convirtió a la Guerra Cristera en mucho más que un enfrentamiento armado: fue una lucha por la identidad espiritual, política y cultural de México.
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Una guerra entre fe, Estado y poder
El conflicto se extendió principalmente entre 1926 y 1929, con especial intensidad en estados del occidente y centro del país, como Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Colima y Zacatecas. Campesinos, rancheros, mujeres, sacerdotes, líderes comunitarios y combatientes improvisados participaron de distintas maneras en una guerra que enfrentó al Ejército federal con grupos armados conocidos como cristeros, llamados así por su grito de batalla: “¡Viva Cristo Rey!”
A diferencia de otros episodios de la Revolución mexicana, la Guerra Cristera no tuvo como eje principal la disputa por la tierra, el poder presidencial o la sucesión de caudillos. Su centro fue la libertad religiosa, aunque también estuvieron presentes factores sociales, regionales y políticos. Muchos cristeros veían la lucha como una defensa legítima de su fe; el gobierno, por su parte, la interpretaba como una rebelión contra el orden constitucional y la autoridad del Estado.
El costo humano de la Guerra Cristera
El costo humano fue enorme. Miles de personas murieron en combates, fusilamientos, represalias y acciones militares. Comunidades enteras quedaron marcadas por la violencia. La vida religiosa fue alterada profundamente: templos cerrados, cultos suspendidos, sacerdotes perseguidos y familias obligadas a practicar su fe en privado. En muchas regiones, la guerra también dejó divisiones internas entre vecinos, parientes y comunidades que tomaron bandos opuestos.
El papel de las mujeres cristeras
La participación de las mujeres fue fundamental. Algunas colaboraron como mensajeras, enfermeras, proveedoras de alimentos o integrantes de redes clandestinas de apoyo. Otras participaron en organizaciones católicas que sostuvieron la resistencia civil y religiosa. Su papel ha recibido mayor atención en décadas recientes, como parte de una revisión histórica más amplia sobre la Guerra Cristera y sus protagonistas menos visibles.
Los acuerdos de 1929 y una paz incompleta
El conflicto terminó formalmente en 1929 mediante acuerdos entre el gobierno mexicano y la jerarquía católica, con mediación diplomática de Estados Unidos. Sin embargo, la paz no significó una reconciliación inmediata. Muchos combatientes se sintieron abandonados por los arreglos, mientras que las tensiones entre Iglesia y Estado continuaron durante años. En algunas zonas incluso hubo nuevos brotes de violencia durante la década de 1930.
A cien años de distancia, la Guerra Cristera sigue generando interpretaciones encontradas. Para algunos, fue una rebelión popular en defensa de la libertad religiosa. Para otros, fue una reacción conservadora contra el Estado laico surgido de la Revolución. Entre ambas visiones existe un espacio más complejo: el de una sociedad mexicana profundamente dividida entre la modernización institucional, la tradición religiosa y las heridas aún abiertas de la etapa revolucionaria.
El centenario de la Guerra Cristera en 2026
El centenario de la Guerra Cristera ofrece una oportunidad para revisar este episodio sin simplificaciones. No se trata solamente de recordar una guerra entre el gobierno y los católicos, sino de analizar cómo México intentó definir los límites entre religión, política, ciudadanía y autoridad pública.
La Guerra Cristera también permite comprender el largo proceso de construcción del México moderno. El país que emergió de la Revolución buscaba consolidar un Estado fuerte, laico y centralizado. Pero ese proyecto chocó con una sociedad donde la religión católica seguía siendo parte esencial de la vida cotidiana, especialmente en comunidades rurales.
Una herida del México posrevolucionario
Por eso, el centenario de la Cristiada no es solo una efeméride histórica. Es una invitación a mirar cómo los conflictos del pasado siguen influyendo en los debates contemporáneos sobre libertad religiosa, memoria nacional, educación, poder político y derechos ciudadanos.
En 2026, al cumplirse cien años del inicio de la Guerra Cristera, México vuelve a encontrarse frente a uno de sus capítulos más complejos. Recordarlo con rigor no significa reabrir viejas divisiones, sino entender mejor cómo se formó el país actual y por qué la historia del México posrevolucionario no puede explicarse sin esta guerra que dividió comunidades, desafió al Estado y dejó una huella profunda en la memoria nacional.
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