El complot mongol: la novela que mató primero, preguntó después… y terminó como libro de culto

El complot mongol, novela noir de Rafael Bernal publicada en 1969, narra la misión secreta de un matón del sistema judicial mexicano para impedir un magnicidio internacional en el corazón de la Ciudad de México. Iustración IA: Barriozona Magazine © 2025
El complot mongol, novela noir de Rafael Bernal publicada en 1969, narra la misión secreta de un matón del sistema judicial mexicano para impedir un magnicidio internacional en el corazón de la Ciudad de México. Iustración IA: Barriozona Magazine © 2025

Antes de que el cine noir ingresara en el imaginario de México, Rafael Bernal ya había escrito a quemarropa la primera gran novela policial del país. En este artículo, su autor nos adentra en El complot mongol, un libro de culto donde balas, traiciones y burocracia cruzan caminos, y donde sobrevive Filiberto García: matón, patriota a la fuerza y mito literario.

(Phoenix, Arizona) — Rafael Bernal fue un intelectual de alta alcurnia, bisnieto del historiador Joaquín García Icazbalceta y hermano del antropólogo Ignacio Bernal, ambos conservadores católicos. Escribió varios libros, pero todos han sido opacados por el último, El complot mongol, una novela negra insólita, adelantada a su tiempo.

El complot mongol se ha arraigado como una obra pionera; primero fue considerada la primera novela negra mexicana, y hoy es un libro de culto*. Se sigue imprimiendo, fue llevada a radionovela (Edmundo Cepeda, 1975), adaptada como cómic (Croswaite, Goicochea, 2000), y ha sido filmada en dos ocasiones.

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El genero policial, antes del Complot mongol

En mis años de lector, poco conocía sobre el género negro, policial o detectivesco. Se le consideraba un arte menor, algo digno de un artesano, no de un escritor serio o académico. Apenas había leído el sangriento relato Los crímenes de la calle Morgue (1841) de Edgar Allan Poe, y La piedra lunar (1868) del inglés Wilkie Collins, considerada la primera novela del género.

Fue gracias a mi hijo Artemio que gocé las lecturas de Arthur Conan Doyle y su genial creación, el cerebral Sherlock Holmes y su escudero, el buen Dr. Watson. Embobado leí El sabueso de los Baskerville (1902) y otros cuentos. También conocí al primer detective duro en una sociedad corrupta con Cosecha roja (1929), de Dashiell Hammett.

Por recomendación del escritor Jorge Luis Borges, leí unos cuentos de Chesterton, aunque no me apasionaron. De Agatha Christie, apenas uno o dos cuentos —sin mucho recuerdo ni entusiasmo. No espero mucho de una autora que publicó 66 novelas detectivescas y 28 colecciones de cuentos. Cantidad no siempre es calidad.

Un matón que reflexiona y dispara

El complot mongol está escrito en primera persona, con un ritmo ágil que atrapa. El protagonista, Filiberto García, es un matón de vieja escuela. Aunque la trama no es del todo realista, sí describe un ambiente verosímil. García es un asesino profesional con una larga hoja de servicios. Al inicio de la historia, aún trabaja para el gobierno. Pero ya no es como antes:

“Hoy todo se hace con la ley. De mucho licenciado para acá y licenciado para allá. Y yo ya no cuento. Quítese viejo pendejo. ¿En qué universidad estudió? ¿A qué promoción pertenece? No, para hacer esto [matar] se necesita tener título. Antes se necesitaban huevos y ora se necesita título”.

A García se le encomienda investigar un probable magnicidio contra el presidente estadounidense, el mexicano, o tal vez ambos. Aunque ya está algo marginado por la edad y los nuevos tiempos, es útil por sus viejos contactos en el bajo mundo del Barrio Chino capitalino. No es que tenga demasiados, pero les tolera sus fechorías —en especial la venta de opio— y eso le da crédito entre ellos.

Entre cadáveres, sospechas y callejones, descubre una traición que involucra a un funcionario y a un militar que buscan hacerse con la presidencia de México. Todo me sugiere que el autor conocía muy bien el submundo político y la enredada telaraña del poder priista.

Entre chinos, espías y filosofía de cantina

Con estilo desenfadado, Rafael Bernal nos presenta a un asesino que se mueve con naturalidad entre el fango. García es un solterón que saliva por una joven china, Martita, y que, en su intento por descifrar el complot, colabora con dos verdaderos agentes secretos: uno de la KGB soviética y otro de la CIA estadounidense. Todo en el contexto de la pesadilla nuclear que se cernía sobre nuestras cabezas en plena Guerra Fría.

La novela nos regala frases casi filosóficas:

“A la cantina de La Ópera antes acudían damas audaces y con velos, y ahora sólo van hombres que buscan una soledad mayor de la que llevan dentro”.

“En mi profesión —[dice un licenciado]— matar a los clientes es poco ético, es muy mal negocio”.

“Donde usted la gira —[responde Filiberto]— no han llegado a esa conclusión”.

“Tener razón vale un carajo, lo que importa es tener cuates güila”.

“Una buena pregunta merece no ser contestada nunca”.

Y dichos inolvidables como: “Hasta los guaraches me taconean” (cuando algo inesperado pasa).

La leí en un par de tardes, la disfruté mucho y la recomiendo sin reservas.

Sensibilidades de ayer y de hoy

Advierto que la novela contiene cierto humor machista que puede incomodar al lector millennial acostumbrado a expresiones más modernas. Como escritor ya añejo, me conviene andar con cautela para no pisarle los talones a nadie.

Hoy se diría que El complot mongol peca de machismo y hasta de racismo. Por ejemplo, llama chales a los chinos que aparecen en la novela. Es una palabra de origen incierto, y el protagonista la suelta sin miramiento, embarrado como está en el submundo social. Ruego al lector considerar que han pasado casi sesenta años desde que se publicó el libro. Entonces no regían las sensibilidades que hoy son populares. En algo, al menos, hemos progresado.

Del papel a la pantalla

La novela fue llevada al cine en dos ocasiones.

Primero, por Antonio Eceiza en 1978. La cinta tiene un elenco destacado, con Blanca Guerra y un gran Ernesto Gómez Cruz que convence como abogado astuto pero borrachín. El guion de Tomás Pérez Turrent —experto en transiciones— da forma al relato, aunque la violencia explícita, desatada, le resta méritos.

Décadas después, el fotógrafo y cineasta Sebastián del Amo rodó una versión más técnica y luminosa, con menos sangre y más sutileza. Damián Alcázar encabeza el reparto, con una Bárbara Mori destacada y un licenciado alcohólico interpretado por Roberto Sosa que, a mi gusto, exagera la nota. Me atrevo a declarar esta versión de 2018 superior a la primera. Recomendada como complemento visual a la lectura.

Palabras finales

El complot mongol no sólo es una novela negra con humor y tiros. Es una radiografía del poder y de la podredumbre política. Una historia de traiciones, de soledad, y de hombres al margen de la ley que, paradójicamente, hacen el trabajo sucio de la ley. Filiberto García, con todo y sus sombras, se gana su lugar en la literatura mexicana.

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Rafael Bernal y García Pimentel (1915–1972) fue un novelista, guionista y diplomático mexicano. Conocido principalmente por su novela policiaca El complot mongol (1969), es considerado uno de los pioneros del género negro en México.

* N del E: Un libro de culto es aquel que, más allá de su éxito comercial inicial, genera con el tiempo una devoción especial entre lectores, críticos o creadores. Suelen ser obras únicas, provocadoras o adelantadas a su época, que mantienen una vigencia duradera y una influencia profunda en la cultura literaria.

© 2025, Saúl Holguín Cuevas. All rights reserved.

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