Este artículo fue revisado y enriquecido el 20 de febrero de 2026, con correcciones y contenido adicional sobre la falsa muerte de Pancho Villa.
MÉXICO – El general revolucionario Francisco “Pancho” Villa habría muerto a pocos días de que una expedición punitiva lanzada por el ejército de Estados Unidos ingresara en territorio mexicano, en 1916.
«VILLA ESTÁ MUERTO ES EL INFORME». Así leía el titular en la primera plana del periódico estadounidense The Democratic Banner en su edición del 18 de abril de ese año.
La noticia, fechada un día antes en El Paso, Texas, no sólo daba cuenta de la muerte del hombre más buscado por Estados Unidos en esos días, sino también de la presunta exhumación e identificación de su cadáver.
El “Centauro del Norte”, perseguido por tropas estadounidenses al mando del general John J. Pershing, habría muerto tras una herida de bala en la rodilla izquierda. El deceso, según el reporte, se debió a gangrena. El cuerpo, afirmaba el diario, fue desenterrado de una “tumba solitaria” en el rancho San Francisco Borja, cerca de Cusihuiriachi, Chihuahua, y sería trasladado a Chihuahua capital y luego a Ciudad Juárez para que incluso ciudadanos estadounidenses pudieran comprobar su identidad.
El periódico aseguraba que la información provenía de mensajes oficiales y privados recibidos por autoridades carrancistas en San Antonio y Madera, Chihuahua. Un ex coronel villista, capturado por fuerzas leales a Venustiano Carranza, habría ofrecido revelar el paradero de la tumba a cambio de que se le perdonara la vida. La misión fue encabezada, según la crónica, por el coronel Carlos Carranza, sobrino del Primer Jefe del constitucionalismo.
La historia incluía detalles dramáticos sobre las supuestas últimas horas de Villa. Testigos citados por el diario describían una herida “abierta, llena de pus y fragmentos de hueso”, una pierna tan inflamada que fue necesario cortar el pantalón, y a un jefe guerrillero que cabalgaba día y noche entre delirios de dolor, maldiciendo a los estadounidenses mientras su salud se desmoronaba. Siete mexicanos que lograron escapar de su cautiverio declararon en Juárez que el caudillo agonizaba en las cercanías de Satevó, atendido apenas por un médico rural.
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Estados Unidos tras la pista del Pancho Villa
El gobierno de Estados Unidos había autorizado la expedición punitiva el 14 de marzo de 1916, tras el ataque perpetrado cinco días antes, el 9 de marzo, por fuerzas villistas contra el poblado de Columbus. El asalto dejó muertos estadounidenses y encendió la indignación pública. La misión encomendada a Pershing era clara: capturar o neutralizar al responsable.

En Washington, funcionarios de la administración del presidente Woodrow Wilson declararon que, si se confirmaba la muerte de Villa más allá de toda duda razonable, las tropas se retirarían de inmediato. El Departamento de Estado y el Departamento de Guerra aguardaban confirmación de sus cónsules y mandos militares. Cada telegrama recibido era examinado con atención. Sin embargo, la experiencia previa aconsejaba cautela: los reportes fronterizos habían resultado imprecisos en más de una ocasión.
Mientras tanto, el terreno desmentía la aparente certidumbre del titular. El mismo 17 de abril, tropas estadounidenses, incluidos elementos del Décimo de Caballería, conocidos como “Buffalo Soldiers”, reportaban enfrentamientos al norte de Parral. Un destacamento al mando del mayor Frank Tompkins fue atacado por fuerzas carrancistas y una multitud civil; hubo muertos y heridos en ambos bandos. La región hervía. Si Villa estaba muerto, el caos no lo parecía.
No es posible determinar si el rumor fue propagado deliberadamente por simpatizantes villistas para desorientar a los perseguidores, si surgió de la confusión en medio de la guerra, o si se trató de una identificación precipitada de un cadáver hallado en la sierra. En el clima de paranoia y presión política que siguió al ataque de Columbus, la posibilidad de haber encontrado al enemigo público número uno resultaba tentadora.
De haberse enterado de su propia “muerte”, es probable que Villa hubiera sonreído ante la ironía. La expedición punitiva, lejos de retirarse, se prolongó hasta el 7 de febrero de 1917, sin lograr capturarlo. Durante meses, columnas estadounidenses avanzaron por Chihuahua, dependientes de líneas de suministro vulnerables y de información incierta, mientras el revolucionario se escabullía en la vastedad del norte mexicano.
El escurridizo caudillo, desde luego, no había muerto en 1916. Su final llegaría el 20 de julio de 1923, emboscado en Parral. Pero aquella falsa muerte, anunciada con seguridad tipográfica en abril de 1916, revela el poder de la prensa en tiempos de guerra, la fragilidad de la información en la frontera y la dimensión casi mítica que Villa había alcanzado.
En la primavera de 1916, para lectores estadounidenses ávidos de certezas, el bandolero había sido exhumado, identificado y derrotado. En la realidad, seguía cabalgando.

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