Hallazgo arqueológico en La Lagunilla confirma límites del antiguo islote de Tlatelolco

En las profundidades de La Lagunilla, arqueólogos del INAH trabajan a para desenterrar los rastros de una vivienda prehispánica: tres entierros humanos, un tlecuil y cerámica Azteca III que reconfiguran la frontera antigua de Tlatelolco. Entre sombras y polvo, la historia vuelve a tomar forma. Foto: Melitón Tapia | INAH
En las profundidades de La Lagunilla, arqueólogos del INAH trabajan a para desenterrar los rastros de una vivienda prehispánica: tres entierros humanos, un tlecuil y cerámica Azteca III que reconfiguran la frontera antigua de Tlatelolco. Entre sombras y polvo, la historia vuelve a tomar forma. Foto: Melitón Tapia | INAH

CIUDAD DE MÉXICO – Al amanecer, La Lagunilla huele a historia húmeda. Entre puestos de ropa, montones de telas y antigüedades que también fueron desenterradas alguna vez, la tierra respira un vapor tenue, como si recordara haber sido lago. En 2025, año en que México celebró los 700 años de la fundación de Tenochtitlan, este barrio volvió a hacer lo que mejor sabe: abrir la piel de la ciudad para dejar escapar un secreto.

Bajo un predio del Eje Central, muy cerca de donde las calles sienten todavía el pulso de Tlatelolco, arqueólogos del INAH hallaron tres entierros humanos, un tlecuil de piedra y cerámica del estilo Azteca III. Podría parecer un salvamento rutinario en una ciudad acostumbrada a que su subsuelo interrumpa la obra pública; este descubrimiento, situado en el corazón de La Lagunilla, reveló algo más profundo: indicios que ayudan a precisar una antigua frontera que aún estamos aprendiendo a leer.

México solo se entiende plenamente cuando se estudia lo que permanece bajo nuestros pies, ese archivo de tierra que aún escribe la historia. En La Lagunilla, ese archivo es una biblioteca abierta.

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Tlatelolco desde La Lagunilla: una geografía que respira

El detalle clave del hallazgo fue, paradójicamente, la ausencia de algo: no apareció el lecho lacustre. Para la arqueóloga Jimena Rivera Escamilla, esto implica que en tiempos mexicas hubo tierra firme donde hoy ronda la mercancía y el regateo. En otras palabras, los hallazgos aportan evidencia para afinar los límites del islote de Tlatelolco; la cartografía mexica se vuelve menos rígida, más abierta a matices, como el lago que alguna vez la sostuvo.

Los arqueólogos descendieron casi cuatro metros y, estrato por estrato, vieron aparecer 24 capas de arcilla y arena: cada una señalaba un momento en que los habitantes nivelaron el suelo para seguir viviendo. En La Lagunilla, abundan esos gestos invisibles: el acomodo diario que sostiene al mundo.

Recordar el hallazgo de la Coyolxauhqui en 1978 o el del monolito de Tlaltecuhtli en 2006 ayuda a poner en contexto lo que ocurre hoy aquí. En ambos casos, el subsuelo reclamó atención y rehízo la comprensión de Tenochtitlan. La ciudad moderna, con su velocidad y su ruido, no puede evitar detenerse cuando el pasado le jala el borde del pantalón.

Los cuerpos que La Lagunilla cuidó en silencio

En el pozo 2, el primer esqueleto encontrado fue el de un infante. Tenía entre dos y cinco años cuando alguien decidió colocarlo boca arriba en una fosa oval. Una copa bicónica Texcoco, pulida, roja con una doble banda negra en el borde, acompañaba al pequeño. Era una despedida cargada de intención, quizá de esperanza, quizá de consuelo.

Minutos después, mientras se retiraban las capas de tierra, apareció un segundo cuerpo: un neonato, colocado boca abajo, cuya cabeza no resistió los siglos. Ambos estaban junto a un muro, uno mirando al cielo, el otro hacia la tierra. Entre ellos había un diálogo que ya no podemos escuchar, pero cuya proximidad sugiere familia, cotidianidad, pérdida compartida.

 

En el pozo 10, un subadulto de entre 12 y 15 años surgió en posición fetal, sin cráneo. Los arqueólogos deberán decidir si la ausencia fue ritual o producto del tiempo. Pero en La Lagunilla, incluso la duda forma parte de la historia.

Hay algo íntimo en estos descubrimientos: los cuerpos no pertenecen a la épica guerrera ni al monumentalismo de los templos; pertenecen a la casa, al solar, al calor del fogón. Su silencio pesa de otro modo.

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El tlecuil de La Lagunilla: el fuego que aún calienta

El tlecuil hallado en el pozo 1 parece pequeño —40 por 30 centímetros— pero contiene en su sencillez la clave de una historia doméstica. Allí se cocinó maíz, se calentó agua, se escucharon relatos. Ahí, quizá, se lloró a los niños cuyos huesos ahora emergen.

La calidad de la cerámica recuperada indica que esta vivienda perteneció a una familia de cierta jerarquía. No nobles, pero sí hogares que accedían a bienes que afirmaban su estatus. Entre los objetos hallados aparecieron figurillas antropomorfas, malacates, navajas de obsidiana en tonos que parecían guardar amaneceres —negra, verde, gris, dorada— y un sello con la figura de un mono asociado a Ehécatl, el dios del viento.

Ese pequeño mono, atrapado por siglos bajo La Lagunilla, parece reírse todavía del hecho improbable de haber regresado a la luz.

Un pequeño sello con la figura de un mono —atributo de Ehécatl, dios del viento— emerge nuevamente a la luz en La Lagunilla, como si el antiguo Tlatelolco soplara aún sus memorias desde el subsuelo. Pieza rescatada durante el salvamento arqueológico. Foto: Melitón Tapia | INAH
Un pequeño sello con la figura de un mono —atributo de Ehécatl, dios del viento— emerge nuevamente a la luz en La Lagunilla, como si el antiguo Tlatelolco soplara aún sus memorias desde el subsuelo. Pieza rescatada durante el salvamento arqueológico. Foto: Melitón Tapia | INAH

La Lagunilla como territorio donde el tiempo se superpone

La Lagunilla ha cambiado tantas veces de piel que es difícil imaginarla quieta. Fue islote, luego barrio prehispánico, después mercado, luego refugio de antigüedades, ahora epicentro de comercio popular. Pero su característica más profunda es la persistencia: la zona rara vez olvida lo que fue.

La ausencia de ocupación colonial en el lugar, revelada por el salvamento arqueológico, no es un vacío: es una continuidad preservada por siglos, un tramo de historia sin sobrescrituras. La Conquista pasó rápido por aquí, y en ese descuido dejó una memoria preservada.

Eduardo Matos Moctezuma y otros arqueólogos han enseñado que la ciudad debe leerse en capas, y que ningún hallazgo es aislado: todos están dialogando. Coyolxauhqui y Tlaltecuhtli reescribieron la historia desde los templos; este hallazgo de La Lagunilla la enriquece desde la vida cotidiana, aportando piezas que completan esa misma conversación.

La ciudad que nos mira desde abajo

Mientras los vendedores de La Lagunilla despliegan manteles y colocan mercancías sobre el pavimento, la otra ciudad —la que duerme bajo el concreto— observa con calma. Allí están los huesos de tres personas que jamás imaginaron que su intimidad familiar aportaría pistas sobre cómo se habitó el entorno de Tlatelolco. Allí está el fogón apagado que todavía parece guardar calor. Allí está el mono de Ehécatl esperando que alguien vuelva a interpretarlo.

En el año del 700 aniversario de Tenochtitlan, La Lagunilla vuelve a recordarnos que la Ciudad de México vive en dos dimensiones simultáneas: la que pisamos y la que nos sostiene. Y que, cuando menos lo esperamos, entre el ruido del mercado y el ajetreo del día, un fragmento del pasado emerge para revelarnos algo sobre nosotros mismos.

Quizá excavar en La Lagunilla no sea solo desenterrar cuerpos y cerámica, sino aprender a escuchar cómo la ciudad se sueña, se contradice y se renueva.

Porque en La Lagunilla, como en todo México, el pasado no está enterrado: solo está esperando su turno para volver a respirar.

Fuente primaria: Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Hallazgo arqueológico en La Lagunilla ayudará a corroborar límites del islote de Tlatelolco. Boletín oficial disponible en este enlace.

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