ESTADOS UNIDOS – La discusión moderna sobre el cambio climático empezó a tomar forma mucho antes de que existiera un consenso político. En el siglo XIX, científicos en Europa describieron cómo ciertos gases atrapan calor en la atmósfera. Ya en el siglo XX, las mediciones sistemáticas de CO₂ y temperatura convirtieron la hipótesis en evidencia cuantificable.
Pero el debate público internacional sobre el calentamiento global se consolidó a fines de los años 80, cuando gobiernos crearon un panel científico internacional y, después, un marco de negociaciones de la ONU. Desde entonces, y especialmente tras el Acuerdo de París en 2015, la pregunta dejó de ser “si” el planeta se calienta y pasó a ser “qué tan rápido” y “con qué consecuencias”, y qué hacen, o no hacen, los países, empresas y ciudades.
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Señales físicas: calor, océanos y hielo
El 2025 cerró como uno de los tres años más calurosos jamás registrados, según reportes citados por científicos y agencias meteorológicas. En paralelo, informes de la ONU y de la comunidad científica siguieron subrayando que la última década ha sido la más cálida de la que existe registro instrumental, una señal consistente con el cambio climático impulsado principalmente por actividades humanas.
El calor no se queda solo en el aire. Gran parte del exceso de energía termina en el océano: aumenta el contenido de calor oceánico, sube el nivel del mar y se intensifican impactos costeros. La criósfera (glaciares, hielo marino y capas de hielo) continúa perdiendo masa, una tendencia que agrava el aumento del nivel del mar y altera sistemas regionales de clima.
En 2025 también se reforzó una idea clave para entender el momento: la variabilidad natural (por ejemplo, los fenómenos de El Niño y La Niña) puede “empujar” la temperatura hacia arriba o hacia abajo un año, pero no explica la tendencia de fondo. Esa tendencia, según el cuerpo principal de la evidencia, es el cambio climático asociado a la acumulación de gases de efecto invernadero.
Y mirando hacia adelante, previsiones de agencias meteorológicas apuntaron a más años con calor extremo en el corto plazo, con probabilidades elevadas de que al menos uno de los próximos años se acerque o supere marcas recientes, aumentando el riesgo de olas de calor, incendios y lluvias intensas en distintas regiones.
Un bombero y un camión de bomberos retroceden ante las llamas y el humo del incendio Hughes en Lake Hughes Road, en Castaic, un vecindario del noroeste del condado de Los Ángeles, California, el 22 de enero de 2025.
Emisiones y energía: avances y límites
En 2025 convivieron dos realidades. Por un lado, el despliegue de energías renovables siguió creciendo y algunos mercados, como la Unión Europea, reportaron récords de participación de electricidad de fuentes limpias en años recientes, señal de que la transición energética avanza.
Por otro lado, las cifras globales de emisiones siguieron mostrando lo difícil que es doblar la curva. El Global Carbon Budget 2025 proyectó que las emisiones de CO₂ provenientes de combustibles fósiles alcanzarían un récord en 2025, en un mundo donde la demanda energética total continúa aumentando. Ese contraste, crecimiento de renovables junto con uso persistente de carbón, petróleo y gas, es el corazón del dilema: sin caídas sostenidas en emisiones, el cambio climático se intensifica.
También hay un indicador que no negocia: la concentración de gases de efecto invernadero. Informes citados por la ONU señalaron aumentos récord en CO₂, una tendencia que refuerza el calentamiento a largo plazo, incluso si un año particular es “menos extremo” que otro.
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Diplomacia climática rumbo a 2026
En 2025, la Cumbre sobre el Clima de la ONU en Belém, Brasil, volvió a poner sobre la mesa el choque entre ciencia, economía y geopolítica: cómo acelerar recortes de emisiones, cómo financiar adaptación y pérdidas y daños, y cómo medir avances reales. El mensaje de fondo fue consistente: el cambio climático no es un problema del futuro; es un factor que ya influye en costos, salud, infraestructura y seguridad alimentaria.
Al entrar en 2026, el tablero global se perfila con dos ejes. Primero, implementación: más países enfrentan la prueba de convertir promesas en políticas medibles (redes eléctricas, eficiencia, transporte, metano, industria) y de reportar resultados comparables. Segundo, riesgo físico: con océanos cálidos y niveles de gases en aumento, es probable que 2026 vuelva a estar marcado por eventos extremos costosos y difíciles de gestionar.
Lo más probable para 2026 es una combinación de continuidad y presión: continuidad en las señales físicas del cambio climático (calor, nivel del mar, extremos) y presión creciente para que gobiernos y economías grandes muestren reducciones verificables, no solo objetivos.
En otras palabras, el mundo entra a 2026 con más datos, menos margen y una pregunta abierta: si la respuesta colectiva al cambio climático será tan rápida como el calentamiento que ya se está midiendo.
ENLACE EXTERNO → 2025 fue uno de los tres años más calientes registrados, señalan científicos
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