PHOENIX — La reciente muerte del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) y el recurrente tema de los cárteles de la droga reactivan un espejo incómodo con la historia: la Ley Seca de Estados Unidos y la llamada era de la Prohibición, formalizada a partir de 1929, evocan una época de contrabando, mafias, figuras como Al Capone, venganzas, asesinatos, decomisos y condenas que, salvando distancias, dialogan con la violencia actual asociada a los cárteles y con las estrategias estatales para contenerlos.
Un paralelismo incómodo: mercados ilegales y Estado
La Prohibición estadounidense (1920-1933) convirtió el alcohol en mercancía clandestina y generó estructuras criminales con redes transfronterizas, corrupción institucional y violencia competitiva. Los cárteles de la droga operan en otro contexto histórico, tecnológico y geopolítico, pero comparten un rasgo estructural: prosperan en economías ilícitas alimentadas por la demanda.
En ambos casos, el Estado reaccionó con fuerza creciente: en los años veinte, con operativos federales y reformas legales; hoy, con militarización parcial, cooperación binacional y sofisticación en inteligencia financiera. Sin embargo, como documenta la Oficina de Estadísticas de Justicia de EE. UU., la relación entre drogas y criminalidad es estructural y compleja, lo que ayuda a explicar por qué los mercados ilegales tienden a persistir mientras la demanda permanece estable.
Mafias analógicas, cárteles digitales
El contraste más revelador no está en la violencia, presente en ambos escenarios, sino en la escala tecnológica. Las mafias de Chicago dependían de sobornos y teléfonos intervenidos; los cárteles de la droga combinan rutas físicas con criptomonedas, plataformas cifradas y monitoreo en redes sociales.
Figuras contemporáneas como Omar García Harfuch, secretario de seguridad de México, han señalado que la persecución del crimen organizado hoy exige inteligencia de datos y cooperación internacional. Al mismo tiempo, líderes como Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “el Mencho”, del CJNG, simbolizan la adaptación del crimen a la globalización logística y digital.
Un informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito subraya que las organizaciones actuales funcionan como empresas transnacionales flexibles, con estructuras descentralizadas y capacidad de innovación comparable a corporaciones legales.
Frontera, cultura y demanda
El paralelismo entre la Prohibición y los cárteles de la droga también atraviesa la frontera México-Estados Unidos como espacio simbólico y operativo. En los años veinte, el whisky canadiense y el ron caribeño alimentaban el mercado clandestino estadounidense; hoy, la frontera funciona como nodo de flujos complejos que incluyen drogas sintéticas, armas y dinero.
Pero el hilo conductor sigue siendo cultural: el alcohol en la década de 1920 y las drogas en la actualidad ocupan lugares ambiguos en la vida social. Ambos han sido simultáneamente condenados y consumidos, regulados y romantizados. Este doble estándar alimenta la persistencia de mercados ilegales incluso bajo presión estatal.
Lecciones aprendidas y retos persistentes
La comparación entre la Prohibición y los cárteles de la droga no pretende equiparar fenómenos distintos, sino iluminar patrones: los mercados ilícitos tienden a adaptarse más rápido que las políticas públicas; la violencia suele intensificarse en fases de transición; y la cooperación internacional es decisiva pero limitada.
Entre las lecciones más citadas por historiadores y criminólogos destaca que la regulación, la prevención social y la reducción de daños pueden ser tan relevantes como la coerción. El reto contemporáneo radica en equilibrar seguridad, salud pública y libertades civiles en una era atravesada por algoritmos, vigilancia digital y economías ilícitas globalizadas.
Más que un simple eco histórico, la Prohibición ofrece una advertencia: cuando la política criminal ignora la dimensión social del consumo, los mercados clandestinos no desaparecen, solo cambian de forma.
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