PHOENIX – En el torbellino de los medios actuales, donde cualquier persona con un teléfono inteligente puede difundir su versión de la realidad a millones sin filtros, conviene detenerse un momento y examinar los orígenes de esta fusión caótica entre narrativa individual y discurso público. Hunter S. Thompson, el autor irreverente que insufló vida al periodismo Gonzo en los convulsos años setenta, no se limitaba a contar los hechos: se sumergía en ellos, disolviendo la barrera entre observador y protagonista.
Su estilo, una amalgama sin pulir de datos, ficción y una introspección desbordante, desafiaba la neutralidad estéril del periodismo clásico. ¿Y si ese enfoque, alguna vez visto como marginal, anticipara hoy la textura del ecosistema mediático contemporáneo? No necesariamente como una predicción literal, sino como una lente para observar el auge de influencers, podcasters y provocadores virales que ocupan el centro del escenario político, deportivo y cultural.
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Del motel al livestream: el periodismo Gonzo frente al espejo digital
El periodismo Gonzo* de Thompson no emergió del vacío. Brotó del caldo de cultivo contracultural de los años sesenta y setenta, en un contexto de protestas contra la guerra de Vietnam, el escándalo de Watergate y el colapso del mito del excepcionalismo estadounidense, que exigían una cobertura que reflejara la absurdidad de los hechos. En libros como Miedo y asco en Las Vegas (1971) y Miedo y asco: en la campaña del 72 (1973), Thompson abandonó la tercera persona distante y se lanzó a una narración en primera persona, mezclando prosa delirante con crítica mordaz. No describió la campaña de Nixon: la habitó. Su paranoia e indignación se volvieron el combustible de su relato.
Esta inmersión, frecuentemente teñida de un cinismo corrosivo hacia el poder, le permitió desnudar las entrañas grotescas de la política estadounidense, donde operadores de imagen y figuras del establishment tejían realidades ilusorias. Su método, sin embargo, era minucioso en su subjetividad: examinaba los hechos a través del prisma de la experiencia, forzando al lector a confrontar la ambigüedad entre verdad y percepción.
Narradores virales, cinismo algorítmico y la distorsión del legado
Avanzando hacia 2026, el paisaje mediático se asemeja a una casa de espejos amplificada por algoritmos y pantallas que no dejan de desplazarse. Plataformas como X (antes Twitter), TikTok e Instagram han democratizado el relato, pero ¿con qué consecuencias? Los influencers, esos camaleones digitales con audiencias que igualan a las de pequeños países, no solo comentan los hechos: los encarnan.
En el ámbito político, corrientes que antaño se limitaban a fanzines marginales hoy estallan en hilos virales y emisiones en directo. Bajo la sombra del gobierno Donald Trump, reelegido en 2024 con promesas de renacimiento económico y muros fronterizos más altos, la polarización ha llegado a su punto de ebullición. Protestas contra políticas migratorias se enfrentan a mítines que aplauden la desregulación, todo documentado no por medios imparciales, sino por actores armados con GoPros y hashtags.
Un podcaster con gorra MAGA transmite en vivo desde el muro fronterizo, mezclando agravios personales con análisis político como si reviviera las divagaciones de Thompson desde un motel en Nevada. ¿Es esto un renacimiento del periodismo Gonzo o su espectro deformado? Tal vez lo segundo: estos autoproclamados cronistas de la verdad priorizan la viralidad sobre la profundidad, su cinismo al servicio del clic, no de la revelación.
Los retos que hoy enfrenta la sociedad estadounidense como la desinformación desenfrenada, la desigualdad económica acentuada por picos de inflación y la desconfianza creciente en las instituciones, alimentan esta transformación. El asalto al Capitolio de EE. UU. del 6 de enero de 2021 permanece como una cicatriz inquietante, diseccionada sin descanso en redes por influencers que se autodenominan combatientes en primera línea. Aquí, el espíritu contracultural que Thompson defendía, anclado en un escepticismo feroz hacia el poder, halla paralelismos incómodos.
Disidentes de hoy, desde activistas de izquierda que denuncian el poder corporativo hasta comentaristas de derecha que arremeten contra las políticas “woke”, se insertan como personajes dentro del conflicto. Pero, a diferencia del caos intencional de Thompson, cuyo propósito era exponer la hipocresía, estas nuevas versiones tienden a reforzar cámaras de eco.
Los algoritmos premian la indignación, convirtiendo el debate en espectáculo. Se puede imaginar a Thompson cubriendo una audiencia sobre censura tecnológica en el Congreso: ¿se infiltraría en una reunión de capitalistas en Silicon Valley con su máquina de escribir martillando, o navegaría chats anónimos donde germinan conspiraciones? Su ojo implacable podría cortar el ruido, revelando cómo las plataformas monetizan la división mientras simulan imparcialidad.
En el ámbito deportivo, otro terreno que Thompson diseccionó con precisión en su cobertura del Derby de Kentucky, se observan mutaciones similares. La contracultura de antes, como la postura desafiante de Muhammad Ali frente al reclutamiento militar, ha dado paso a atletas-influencers que emplean su imagen como tribuna para el comentario social. Jugadores de la NBA transmiten en directo desde los vestuarios, entretejiendo reclamos por justicia racial con repeticiones de sus jugadas; su peso se mide tanto en votos como en ventas.
En la industria del entretenimiento, las fronteras se desdibujan aún más: estrellas de reality shows migran a podcasts políticos, donde los dramas guionados se confunden con disputas reales. El auge de figuras como Joe Rogan, cuyas entrevistas maratonianas oscilan entre los ovnis y los mandatos de vacunación, evoca las disertaciones de Thompson: crudas, personales, sin filtros.
Autenticidad fabricada
Pero en esta era dominada por influencers, la autenticidad parece fabricada, un bien negociado por patrocinios. El cinismo se ahonda cuando se considera que estas voces, libres de edición profesional, pueden propagar falsedades, socavando la búsqueda colectiva de una verdad que, pese a sus excesos, Thompson perseguía con fiereza.
¿Qué opinaría Thompson de esta esfera polarizada? Su periodismo Gonzo, concebido en tiempos analógicos, florecía en el aislamiento y la introspección en medio del caos. Hoy, cuando cada evento puede ser transmitido en directo, quizás exploraría las entrañas del ciberespacio: asistiendo a un mitin de Trump en realidad virtual, tejiendo una crónica entre imágenes generadas colaborativamente y desinformación algorítmica. O documentando la crisis de opioides en el Rust Belt, la región industrial donde han cerrado gran parte de las fábricas, no desde la distancia, sino a través de youtubers que relatan su recuperación.
Las disputas del actual gobierno con las tecnológicas por la libertad de expresión podrían desatar su furia, su prosa acentuando la ironía de un presidente que ascendió en X ahora enfrentado a sus propios monstruos. Su desprecio por “los cerdos” del poder encontraría nuevos blancos en los magnates de Silicon Valley, que curan la realidad a conveniencia, tan manipuladores como cualquier operador nixoniano.
¿Quién queda para contar la historia?
Esta reflexión no entrega respuestas definitivas; invita al cuestionamiento. ¿Ha potenciado el espíritu profético del periodismo Gonzo, su defensa de una verdad personal frente al engaño, a una generación de narradores obsesionados con los reflectores, o ha fragmentado el discurso en astillas solipsistas?
En la política, con elecciones disputadas y economía incierta; en el deporte, donde acuerdos NIL transforman a atletas universitarios en microimperios; en el entretenimiento, donde la guerra del streaming premia a los favoritos del algoritmo: los ecos resuenan. El legado de Thompson, ni fósil ni guía, nos obliga a preguntar: en una era donde todos son protagonistas, ¿quién queda para contar la historia? La respuesta, como él mismo, se escapa entre las grietas de nuestro delirio digital compartido.
* El periodismo Gonzo es una forma de contar historias reales donde el periodista se involucra personalmente y narra los hechos desde su propia experiencia, sin fingir neutralidad.
ENLACE EXTERNO →5 minutos para conocer a Hunter S. Thompson
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