Racismo en Arizona: Incubadora del Odio
En Arizona, los supremacistas blancos, neo-nazis y cabezas rapadas —con el respaldo descarado de
senadores y otros funcionarios públicos de este estado— quieren a las malas, usando leyes injustas y
supurando odio en tribunas públicas, diezmar la presencia de inmigrantes.
Por Eduardo Barraza
Foto por el autor (efecto agregado)
Phoenix, Arizona. El dinosaurio antediluviano del racismo —aparte de sobrevivir siglo tras siglo y
generación tras generación— no cesa de carcomer las relaciones humanas, convirtiendo a individuos
mortales en enemigos acérrimos en base a diferencias de todo tipo, pero en último caso, irrelevantes
frente a la realidad de vida y lo inevitable de la muerte.
Todos nacemos mediante el mismo proceso, y tan pronto como vemos la luz del sol y respiramos el aire,
comenzamos nuestra cuenta regresiva a nuestra cita —tarde o temprana— con la muerte. Que los
filósofos y eruditos más brillantes sobre la faz de nuestra contaminada y calentada aldea global se
encarguen de dilucidar acerca de esos grandes dilemas de la vida y de su fin. A nosotros, en la calle, en
el trabajo y en cualquier otra avenida de la vida, la filosofía poco nos ayuda, poco nos defiende en el
difícil navegar de las relaciones humanas. Poco, porque el racismo es un vetusto, destructivo —e
indestructible— y contemporáneamente paleolítico dinosaurio.
En Arizona —como en muchas otras partes del planeta— ese dinosaurio es alimentado lo mismo por
comunes ciudadanos como por ambiciosos políticos. Lo alimentan con el desprecio y el odio que sienten
por personas que son diferentes a ellos. Lo nutren con su temor a ser la minoría y su miedo a aceptar
que el color de piel es sólo un aspecto exterior que no tiene que ver nada con el talento ni con la
inteligencia.
Pero lo mismo que lo alimentan y lo nutren, al racismo lo disfrazan con excusas de legalidad e ilegalidad.
Lo camuflan con su disimulo y su tendencia a llamarle a las cosas malas buenas, es la prueba más
fehaciente de su desprecio por otra razas. Los verdaderos dinosaurios se extinguieron de la superficie
de la Tierra; el racismo no. Vive, se mueve, destruye y carcome con libertinaje en sociedades como las de
Arizona, en donde la política en contra de seres humanos desposeídos y desterrados —sea por la
miseria, por un desastre natural o por la persecución política— es la manera oficial de encubrir la
abominable cara del racismo.
En Arizona, los supremacistas blancos, neo-nazis y cabezas rapadas —con el respaldo descarado de
senadores y otros funcionarios públicos de este estado— quieren a las malas, usando leyes injustas y
supurando odio en tribunas públicas, diezmar la presencia de inmigrantes a quienes ven como una
amenaza étnica en las tierras que sus ancestros arrebataron de México con la excusa de una guerra y
por su ambición llamada destino manifiesto. Hoy, en Arizona, los políticos y grupos racistas han
institucionalizado su odio en forma de leyes y ordenanzas que van en contra del indocumentado con la
excusa de que no tiene papeles.
Por décadas, y más marcadamente en los años 50’s y 60’s, los racistas podridos en su odio negaban la
entrada a las escuelas a los estudiantes de raza negra, después de que el gobierno federal había
ordenado la de-segregación de las escuelas públicas. Lo hacían no por que no fueran ciudadanos, sino
por su piel negra. Hoy, la supuración racista perpetra la misma mentira y el mismo odio —si bien más
sofisticado y más enmascarado— para prevenir que estudiantes que no nacieron pero que han estado la
mayor parte de su vida en los Estados Unidos, continúen cursando estudios superiores con asistencia
del gobierno para sus colegiaturas. Hoy, Arizona está infectada de odio, racismo y discriminación. La
misma gata nomás que revolcada.
El racismo no está demarcado por ninguna frontera política; su veneno infecta en cada uno y todos los
rincones de la tierra. No es exclusivo ni reservado a ciertas áreas del planeta. El racismo es humano. Se
expresa en las emociones de hombres y mujeres que fueron educados culturalmente para odiar, pero
también corre en la genética ancestral, transmitida como una enfermedad por quienes odiaron en
tiempos pasados, y expresada hoy por sus retoños. Así ha sobrevivido el racismo. Ha sido de esa
manera engendrado e incubado. Así continua su estela destructora hoy, en sociedades racistas como las
de Arizona.
Publicado por el Instituto Hispano de Asuntos Sociales en Phoenix, Arizona
LA HISTORIA ESTÁ A PUNTO DE CAMBIAR Periodismo de Base Comunitaria
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