Porfirio Díaz: Dictadura de paz forzada

Porfirio Díaz: Dictadura de paz forzada

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Los elementos que habían sido las fuentes de problemas o los objetos de contención antes de que Díaz ascendiera al poder, habían sido transformados en soportes para el régimen y en contribuidores a la paz de la nación— los caciques, el ejército, los grupos liberal y conservador, y la Iglesia.
Los elementos que habían sido las fuentes de problemas o los objetos de contención antes de que Díaz ascendiera al poder, habían sido transformados en soportes para el régimen y en contribuidores a la paz de la nación— los caciques, el ejército, los grupos liberal y conservador, y la Iglesia.

Del texto de Stanley R. Ross (traducido y adaptado por Eduardo Barraza)

Tercera de cuatro partes

Los conflictos de la historia de México algunas veces surgieron por razones otras que la simple ambición y avidez por el botín del puesto gubernamental. Cuando las ideas fueron el trasfondo del conflicto, dos grandes grupos políticos con ideales divergentes pueden ser diferenciados. Un grupo, el conservador, lamentó las consecuencias de la independencia de México y anheló un regreso a los patrones institucionales de la época colonial asociados con la estabilidad y la prosperidad. El segundo grupo, o el liberal, deseó tomar el garrote contra las instituciones coloniales —la iglesia, el estado, y el ejército— las cuales habían mayormente sobrevivido la desaparición del control español. El primero soñaba con una monarquía centralizada; el segundo con una república federalizada. México, antes de 1876, fue su campo de batalla. La paz entre ambos parecía inconcebible. No obstante, el gran acuerdo mutuo del régimen de Díaz le ganó el apoyo de ambos grupos contendientes. Los conservadores se inclinaron a Díaz porque él ofreció paz y estabilidad y la perpetuación de las instituciones coloniales restantes. Los liberales sucumbieron a los beneficios asegurados del recién iniciado capitalismo —progreso y la versión de liberalismo del siglo decimonoveno. Este arreglo ofreció nada para la masa del pueblo, pero ellos habían jugado una pequeña parte en las políticas y las luchas de la historia de México, y ningún cambio mayor fue anticipado.

La Iglesia Católica contribuyó con otra piedra para los cimientos del imponente edificio de estabilidad nacional que construyó Díaz. Aunque el dictador había seguido la bandera liberal, él adoptó una política de conciliación hacia la Iglesia. Algunos escritores atribuyen el desarrollo de esta política a la influencia de su profundamente religiosa segunda esposa, pero eso fue principalmente un asunto de política. La legislación anti-Iglesia del periodo de la Reforma permaneció como parte de la ley del país, pero en la práctica no se hacía cumplir. Había una cordialidad perceptible entre funcionarios del gobierno y dignatarios de la Iglesia. Con buena razón el Padre Cuevas, escribiendo del periodo de 1875 a 1896, asintió que “esos diecinueve años casi sin la pérdida de un solo día, con lenta pero segura actividad, fueron ciertamente años de reconstrucción”. Quizás fue inevitable que este avivamiento de la Iglesia debía de ir acompañado por avances en el poder económico de la Iglesia. Durante el periodo de Díaz la iglesia logró recobrar algo de su riqueza, influencia y prestigio. Aunque existe alguna evidencia después del comienzo del siglo de que la Iglesia estaba llegando a estar descontenta en su relación con el gobierno, para bien o para mal ésta se había asociado y comprometido con el sistema de Díaz.

Los mismos elementos que habían sido las fuentes de problemas o los objetos de contención antes de que Díaz ascendiera al poder, habían sido transformados en soportes para el régimen y en contribuidores a la paz de la nación— los caciques, el ejército, los grupos liberal y conservador, y la Iglesia. A estos elementos de apoyo hay que agregar a los capitalistas, principalmente extranjeros, quienes, impulsados y generosamente asistidos, se desarrollaron como una oligarquía mercantil y financiera comprometida a la continuidad de la dictadura como la mejor garantía de su posición de privilegio, riqueza y poder. La oportunidad también atrajo a los intelectuales. La burocracia fue expandida 90 por ciento bajo la administración de Díaz, absorbiendo a muchas personas educadas. Otros, especialmente abogados, encontraron empleo con concesionarios extranjeros. Las escuelas, excepto las instituciones eclesiásticas, fueron sustentadas por el gobierno y sujetas a su control. El gobierno subsidió extensamente a la prensa la cual sirvió para defender su política, condenar a sus enemigos, y aumentar el coro de alabanzas para el dictador. Los periódicos de oposición fueron sujetos a una persecución sistemática. Difícilmente hubo un intelectual de aquella generación que no estuvo ligado al régimen. Por tanto, es de entenderse por qué la Revolución Mexicana sufrió de una deficiencia de preparación intelectual y de portavoces.

El precio pagado por el pueblo mexicano por los logros del sistema porfirista fue muy alto y constituye una seria acusación contra el régimen. La oposición fue suprimida sin piedad. Detrás de los muros de la Cárcel de Belén en la capital y la prisión militar de San Juan de Ulúa, el dictador se esforzó en quebrantar el espíritu de quienes se atrevieron a oponerse a él. Para los casos más obstinados estaba el penal de Quintana Roo, el territorio más mortal en la nación. No todos los opositores del régimen vivieron para experimentar los confines de las prisiones. Muchas personas fueron víctimas de la ley fuga. Las ejecuciones sumarias fueron llevadas a cabo, con la lacónica nota, “Muerto mientras trataba de escaparse”, y servía como una explicación aceptable.

Reclutamiento forzado al ejercito, migraciones forzadas, y trabajo forzado fueron métodos adicionales de persuasión y pacificación. Cuando las tropas fueron necesitadas, cada estado tenía que proveer un contingente. El reclutamiento a las armas, la leva, no era universal o por grupo, sino por designación administrativa. Los funcionarios locales ejercían la leva como un instrumento de persecución y venganza. Los Indios Yaqui de Sonora fueron transportados a punta de pistola desde sus casas a trabajar como mano de obra forzada en los plantíos del henequén de Yucatán y en los campos de tabaco en el Valle Nacional de Oaxaca como castigo y en nombre de la pacificación. México tenía paz, pero el precio incluía la tiranía y la supresión.



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