México bajo Porfirio Díaz: “Madre de extranjeros y madrastra de los...

México bajo Porfirio Díaz: “Madre de extranjeros y madrastra de los mexicanos”

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Díaz unió política e interés, invistiendo concesiones, monopolios y posiciones de prestigio. Cada beneficiario de este sistema vino a ser un ardiente partidario de la paz y, por tanto, de la permanencia de Díaz en el poder. Ilustración: Barriozona Magazine © 2016
Díaz unió política e interés, invistiendo concesiones, monopolios y posiciones de prestigio. Cada beneficiario de este sistema vino a ser un ardiente partidario de la paz y, por tanto, de la permanencia de Díaz en el poder. Ilustración: Barriozona Magazine © 2016

Del texto de Stanley R. Ross (traducido y adaptado por Eduardo Barraza)

Cuarta y última parte

La paz, oportunidad y prosperidad traída por el régimen de Porfirio Díaz estaba reservada para los pocos escogidos. Los intereses políticos, sociales y económicos de la mayoría de los mexicanos fueron contemplados con humillante desdén, cuando estos eran considerados del todo. No solamente fue suprimida toda actividad política, sino que Díaz falló en tomar ventaja de su largo mandato para preparar al pueblo para una participación democrática en su gobierno. El pueblo de México sufrió por la falta de igualdad en la administración de justicia. La justicia, así como la seguridad y la oportunidad, eran privilegio de unos cuantos. El estado de la educación pública era vergonzoso. Escuelas fueron construidas, pero la cantidad era inadecuada y su distribución desigual. Fuera de la capital y las ciudades claves en provincia, las escuelas eran prácticamente inexistentes. En 1895, el 86 por ciento de la población no sabía leer ni escribir, y al término del régimen de Díaz (1911), cuatro de cada cinco personas todavía eran analfabetas. Las condiciones de salud eran desalentadoras por igual. Había una alta incidencia de enterities (inflamación intestinal), pulmonía, malaria y enfermedades venéreas.

La carga más pesada de la época de Díaz fue impuesta al nivel local y rural, involucrando a la abrumadora mayoría de la gente. Ahí, el precio del sistema fue el más alto, creando condiciones las cuales eran seguras de causar problemas. El despotismo generalizado de las autoridades locales (el caciquismo) ya ha sido apuntado anteriormente en la primera parte de este ensayo. El cacique local fue convertido en el instrumento del gobierno central, un tirano local sin iniciativa y sin apoyo local. El cacique vino a ser el enemigo de su propia gente y su propia área. El área rural permaneció aislada, geográficamente y culturalmente, de la vida nacional. Las grandes ciudades mejoraron mientras que las zonas rurales sufrieron por la falta de instalaciones de transportación y comunicación, y los pueblos pequeños y aldeas estaban abandonados. Lo peor de todo fue que la política agraria del gobierno de Díaz dio marcha atrás a los esfuerzos del movimiento de Reforma a mediados del siglo XIX, hechos para destruir el modelo feudal de la tenencia de la tierra, con serias consecuencias para el equilibrio socioeconómico de la sociedad.

Partiendo de una teoría que era una mezcla del liberalismo que enfatizaba la modernización e industrialización, y de un marca característica del dogma Spenceriano* que proclamaba la supervivencia del más apto, los arquitectos ideológicos del periodo de Díaz manifestaron desdén por las masas indígenas y proyectaron la colonización mediante la migración. La comuna de la aldea debía ser destruida y los indios reducidos a un elemento de la población y reemplazados por un elemento inmigrante más deseable. Las políticas dirigidas a estos fines facilitaron la victoria de la hacienda y generalizaron una forma de agrarismo feudal por todo el país.

En el nombre de la paz y el progreso, quejas justas fueron ignoradas, y la cruel supresión, dispersión y el peonaje les esperaba a aquellos indios que protestaran o resistieran. El elemento básico en la población mexicana era para ser explotado y posiblemente eliminado en el nombre de la meta exaltada, esto es, el progreso material.

El ataque extensivo a las comunidades indígenas alteró el equilibrio de la sociedad nativa y, en consecuencia, disminuyó el bienestar de los habitantes. El destino principal que les aguardaba a la mayoría fue un estatus de peonaje en las grandes fincas. Para 1910, más del 90 por ciento de las aldeas en la zona más densamente poblada del país —la meseta central— habían perdido las tierras. Mediante la absorción de tierras de las aldeas y una tremenda concesión del dominio público, el sistema de haciendas fue confirmado y extendido. La grande finca reposó sobre el fundamento de la deuda del peonaje, agravada por los lamentables bajos salarios (12 a 18 centavos diarios), usualmente pagados en forma de trueque o pago de especie, vales o crédito, y mediante la operación abusiva de la tienda de raya (tienda en la plantación). Mientras algunas de las nuevas plantaciones de extracción mostraron un grado de áspera eficiencia, las tierras de hacienda no fueron completamente o efectivamente empleadas. La fertilidad declinó, la especulación aumentó, y los precios de las tierras subieron bajo este feudalismo moderno.

Aunque el número de terratenientes individuales aumentó casi al triple entre 1854 y 1910, el porcentaje de la propiedad de la tierra era muy pequeño. El hacendando, favorecido por el gobierno y evitando y transfiriendo la carga de impuestos, disfrutaba de una marcada ventaja sobre los pequeños terratenientes. Probablemente, no más del tres por ciento de la población rural era dueña de alguna tierra al final del mandato de Díaz. La hacienda, controlando cerca de la mitad de la tierra y la población rural, e incluyendo más de cuatro quintas partes de las comunidades rurales, dominaba políticamente, económicamente y socialmente la vida rural de una nación predominantemente rural. El hecho de que había 834 hacendados y tal vez unos 9 millones de campesinos sin tierra viviendo en peonaje miserable hace comprensible la aseveración de González Roa de que la revolución fue sobre todo agraria. A las condiciones opresoras se les añadía la humillación de que mucha de la tierra había pasado a manos extranjeras.

El capitalismo extranjero fue superpuesto sobre esta base agraria feudal. La forzada y acelerada industrialización acentuó el patrón colonial de la economía mexicana, ya que el énfasis estaba sobre las industrias de extracción, especialmente la minería. Los extranjeros construyeron los ferrocarriles bajo condiciones liberales, ignorando las necesidades económicas básicas del país, y favoreciendo el intercambio externo sobre el doméstico. El gobierno, dando marcha atrás a los patrones legales de los tiempos coloniales, dio a las concesionarias un incuestionable título a los depósitos naturales del subsuelo. Díaz se jactó regularmente de los nuevos títulos concedidos a propiedades mineras, porque para él eso era el progreso. México recibió solamente largas horas y bajos salarios por sus hijos. Ganancias insignificantes retornaban al gobierno. Los extranjeros fueron succionando hacia afuera la riqueza, y, en el proceso, los recursos de la nación perdieron su nacionalidad. Los extranjeros no estaban solamente explotando a México económicamente, sino disfrutando una influencia muy desproporcionada a su número dentro de la población. La consideración a su favor en los juzgados estaba asegurada. Hubo pruebas diarias de la acusación de que México, bajo Díaz, había venido a ser “la madre de extranjeros y la madrastra de los mexicanos”.

El aspecto más trágico del progreso material y la prosperidad de la era Porfiriana fue el hecho de que el grueso del pueblo no participaba. Al contrario, el avance industrial fue hecho posible por la construcción de barreras arancelarias las cuales aumentaron los precios para el consumidor mexicano. El ineficiente hacendado fue protegido de la competencia externa por aranceles a los comestibles — en un tiempo en que los alimentos ¡tenían que ser importados! Los precios de los alimentos en México, en contraste con los del resto del mundo, aumentaron durante este periodo. Mientras que los salarios industriales avanzaron un poco, los salarios en dólares de los trabajadores rurales permanecieron aproximadamente los mismos. El decline de los salarios reales inevitablemente significó un estándar de vida en declive.

Francisco I. Madero, sensitivo y altruista, se perturbó por el espectáculo de su país presentado bajo “La Paz de Porfirio”. Un devoto de la democracia, Madero llegó a estar convencido de que la prolongada dictadura era la explicación para la ignominia en que estaba sumida su nación.

*El filósofo y biólogo británico Herbert Spencer acuñó la frase “supervivencia del más apto” en su tratado Principios de biología (1864), después de haber leído El origen de las especies de Charles Darwin.



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