Los movimientos juveniles hoy; una perspectiva sociológica

Los movimientos juveniles hoy; una perspectiva sociológica

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Los constitutivos identitarios entre los jóvenes no pasan ya por la fábrica, la escuela o el partido. La identidad está en otra parte. Se trata de identidades móviles, efímeras, cambiantes. Foto-ilustración: Eduardo Barraza |Barriozona Magazine © 2016
Los constitutivos identitarios entre los jóvenes no pasan ya por la fábrica, la escuela o el partido. La identidad está en otra parte. Se trata de identidades móviles, efímeras, cambiantes. Foto-ilustración: Eduardo Barraza | Barriozona Magazine © 2016

La sociedad industrial, la postindustrial, la moderna y postmoderna han generado y generan grandes sacudidas políticas y sociales. Desde el historicismo, podemos decir que los viejos movimientos sociales se transforman en los nuevos movimientos sociales de hoy; que surgen y se desvanecen en el contexto de la llamada sociedad del riesgo y su búsqueda de identidades; y, justo en este ámbito, se ubica a “la acción colectiva juvenil” y sus sub-categorías valorativas: de protesta, desorden, enfrentamiento o movimiento social. En la acción social, los individuos o grupos actúan en favor de sus intereses individuales o colectivos; pero lo hacen en forma que afectan de una manera u otra, y de un modo directo, visible y significativo, las realizaciones y expectativas de los intereses propios de los otros individuos o grupos sociales; se cuestiona entonces, la reproducción social dentro de una clara y patética crisis de todas las instituciones sociales y se hace necesario el replanteamiento del papel de la filosofía en su ámbito ético-moral.

Los viejos movimientos sociales fueron un producto del desarrollo industrial, es decir, del desarrollo de la tecnología y sus nuevas formas de organización económica y política; y se solía hablar en ese tiempo de motines, revueltas o rebeliones, y un producto de ello fue la irrupción de las primeras organizaciones obreras con sus huelgas y sus consecuentes sindicatos; eran los primeros esfuerzos colectivos por oponerse al cambio social y así promover un interés común y asegurarse por estas vías un objetivo compartido.

En los nuevos movimientos sociales la desusada concepción de lucha de clases, se transforma por la de lucha social o movimiento social y se busca formalizar y legitimar las formas de organización social y búsqueda de identidades; en este sentido, las incursiones informales de lucha atentan contra la reproducción social; en la sociedad moderna “es buena la conducta que aumenta la racionalidad del funcionamiento de la sociedad, y mala o patológica la que obstaculiza el trabajo de racionalización sobre el que descansa la sociedad moderna” (Touraine, 1995:12)

Aunque una crítica a lo anterior, nos lleva a cuestionar el tipo de racionalidad a que se alude; si se trata de una racionalidad instrumental con miras a fines o de una racionalidad medios-fines en su sentido maquiavélico o de una racionalidad cuyos fines estarían justificados por medios y principios éticos y no sólo instrumentales.

La decadencia de la sociedad industrial, postindustrial, moderna y postmoderna nos lleva a un ámbito de enajenación y cosificación humana, y a la presencia de un Estado y de una empresa privada que, con un discurso sobre la integración y reproducción social, glorifica la modernidad tecnológica y la defensa de la libertad pero, sin darnos cuenta de sus latentes contradicciones compartidas e internas.

Sin duda alguna ambas modernidades, la de la tecnología y la de la liberación, conforman una contradicción cultural y sistémica; por un lado la modernidad como triunfo sobre la naturaleza y la satisfacción de las necesidades humanas y, por el otro, como un logro sobre la seguridad, igualdad y fraternidad humana en su noción ilustrada; o, como el discurso de la democracia y su estandarte hegemónico de sociedad moderna o postmoderna, sea esta una república o un sistema socialista.

“Las dos historias: los dos discursos; las dos gestas; las dos modernidades eran bastante diferentes y aun contrarias la una de la otra. Ellas estaban, no obstante, histórica y profundamente entrelazadas una con otra, en modo tal que produjeron una gran confusión, efectos inciertos y mucha decepción y desilusión. Este par simbólico ha conformado la contradicción cultural central de nuestro moderno sistema mundial, del sistema del capitalismo histórico; una contradicción que nunca ha sido tan aguda como lo es ahora, cuando nos ha llevado a una crisis moral e institucional” (Wallerstein, 1995:15).

En cuanto a las tendencias ideológicas del mundo moderno tenemos: 1) la ideología conservadora; 2) la ideología liberal defensora de la modernidad; y, 3) la ideología socialista. En esta triada se encuentra en posición central la ideología liberal y su economía-mundo- capitalista; los liberales entonces, ven en el Estado y su actuar liberal (político-económico); en el estatismo, y luego en una política tecnocrática y después neoliberal, las piezas fundamentales para conseguir sus objetivos de élite, de mercado, de modernidad tecnológica y de apaciguamiento de las luchas o movimientos sociales que consideran como peligrosos.

En la economía-mundo-capitalista encontramos tres ejes de acción estatal: 1) el sufragio, 2) el Estado (de bienestar, tecnocrático o neoliberal), y 3) la idea de identidad nacional; todos estos objetivos buscan tranquilizara las diversas manifestaciones de movilización y organización social, y garantizar la modernidad tecnológica y de mercado.

En este contexto de la denominada sociedad del riesgo, de la sociedad del costo-beneficio, se ubica a “los movimientos juveniles” y a los otros nuevos movimientos sociales: feministas, gay, de indocumentados, indígenas, de ambientalistas, de deudores de la banca, etcétera.

Hay que destacar que la juventud no representa un bloque hegemónico, no cabe en un conjunto de categorías fijas; en el país los jóvenes se integran en grupos diferenciados y se definen y organizan en función de identidades, banderas, objetos, creencias y consumos culturales y estéticos de acuerdo a su nivel socioeconómico y su escolaridad: movimientos estudiantiles, los chicos banda, los grafiteros, los punketos, los ravers (música tecno), los dark, los emos, los yupies, etcétera.

En otras palabras, “se trabaja, se va a la escuela, se participa en algunas causas pero los constitutivos identitarios entre los jóvenes no pasan ya por la fábrica, la escuela o el partido. La identidad está en otra parte. Se trata de identidades móviles, efímeras, cambiantes y capaces de respuestas ágiles y a veces sorprendentemente comprometidas (…), formas de respuesta ante una crisis generalizada” (Reguillo, 1997:209).

En cuanto a los indicadores de observación de los movimientos juveniles se puede mencionar los siguientes: sus creencias y formas de comunicación; sus objetos de valor, tolerancia, inclusión y relaciones de género; su capacidad de disidencia interna y sus espacios de acción.

En los setentas y ochentas, los movimientos juveniles populares se fraternizan bajo un manto homogéneo, el de un nosotros compacto (Los Panchitos, Los Ramones); su mundo es el barrio. Fue la década pérdida, “la Generación X”, el desinterés y desencanto de la juventud: el vandalismo.

Hoy día se dan las siguientes tendencias: 1) una mundialización o globalización de la cultura; 2) un triunfo del discurso neoliberal y del adelgazamiento del Estado; 3) un empobrecimiento creciente de grandes sectores de la población; 4) un descrédito y deslegitimación de instituciones y pérdida de valores; y, 5) una creciente influencia del narcotráfico en la política y en el consumo de drogas. Y esto, ha afectado la percepción política, el espacio y el futuro de los jóvenes.

Hay que hacer notar que varias características de los movimientos juveniles de fin y principio de siglo se centran en una conciencia planetaria globalizada (Internet); priorizan los pequeños espacios de la vida cotidiana; muestran un respeto por el individuo y su heterogeneidad; seleccionan cuidadosamente las causas sociales y, el barrio y el territorio han dejado de ser el epicentro del mundo como en décadas pasadas.

Por lo que se refiere a los más recientes movimientos juveniles: #Yo soy 132; el paro en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) y la toma del plantel Naucalpan del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), entre otros; se dan en un contexto de la “supuesta alternancia política”; de la construcción de una democracia real insuficiente, y ante un patente descontento civil por la más reciente elección presidencial; estos movimientos sociales juveniles se caracterizan por: 1) particularizar los hechos sociales desvinculándolos de su universalidad; 2) se presentan en un contexto de autoritarismo estatal cuyo discurso es la democracia y el valor de “nuestras instituciones”, visiblemente corrompidas; 3) se muestran hechos violentos y vandálicos; y 4) el Estado y los medios de comunicación manejan los calificativos de vandalismo, porrismo y delito.

En definitiva la modernidad, sus contradicciones y sus consecuencias perversas, abarcan los procesos económicos, políticos, sociales, ideológicos y culturales; se busca modificar las pasadas formas de dominación, y remplazarlas por nuevas y más acordes al sistema-mundo- capitalista; así de esta manera, los procesos de modernización hacen un cambio de la sociedad industrial a la denominada sociedad del riesgo, considerada como aquella que inicia donde el sistema de normas sociales y de previsión de seguridad falla ante los peligros desplegados por determinadas decisiones políticas (Alfie, 2000).

En suma, y para concluir esta ponencia, de una u otra forma la acción social y los movimientos juveniles ponen en tela de juicio: 1) el sufragio, a la democracia real y a su sistema electoral; 2) al Estado neoliberal; y, 3) la idea de identidad nacional y desarrollo social. Se presenta ahora una crisis de legitimidad y de credibilidad de todas nuestras instituciones sociales a todos sus niveles, y es prioritaria la presencia de una perspectiva filosófica con un enfoque ético-moral. Ya, Immanuel Wallerstein, sociólogo estadounidense, vaticina el fin de la modernidad; lo que haría necesaria la construcción de un nuevo paradigma social que haga frente a los embates de la globalización y del salvaje -sistema- mundo-capitalista y, en consecuencia, de sus devastadores efectos sociales y ambientales.

Referencias
Alan, Touraine (1995) Movimientos sociales. UNAM: México. Alfie, Miriam (2000) Maquila y movimientos ambientales. UAM, CONACYT y grupo editorial Neón: México. Reguillo, Rossana (1997) Taggers, punks y ravers: las impugnaciones subterráneas, en La democracia de los de abajo. La jornada ediciones: México Revista A (1985) Crisis y juventud: se acabaron los sueños. UAM: México. Wallerstein, Immanuel (1995) ¿el fin de la modernidad? en Sociológica número 27. UAM: México.

1. Lic. en Periodismo y Comunicación Colectiva, UNAM; Lic. en Sociología, UAM; actualmente cursa la Lic. en Creación Literaria, UACM. (Ponencia del autor en la mesa de debate “Movimientos Sociales y Juveniles”, como parte de la jornada Académica “Desafío del México actual”. Universidad Salesiana, febrero de 2013)

© 2013 – 2016, Gabriel Nuñez Palencia. All rights reserved.

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