Las Vegas: luces y sombras

Las Vegas: luces y sombras

193
0
COMPARTIR
La vida en Las Vegas reúne a ambos extremos de la experiencia humana –riqueza y pobreza– en el mismo escenario, en donde las luces y las sombras se mezclan en una sola realidad. Foto: Eduardo Barraza | Barriozona Magazine © 2007
La vida en Las Vegas reúne a ambos extremos de la experiencia humana –riqueza y pobreza– en el mismo escenario, en donde las luces y las sombras se mezclan en una sola realidad. Foto: Eduardo Barraza | Barriozona Magazine © 2007

(Las Vegas, Nevada) —  Sobre el concreto frío de la banqueta este del Boulder Highway, la figura delgada de una mujer que camina es alumbrada por el reflejo multicolor de las luces de la marquesina de un casino. Fría como el concreto sobre el que apurada camina la mujer, la noche invernal enciende una espectacular nebulosa y un destello fascinante sobre el extraordinario horizonte nocturno de Las Vegas, una ciudad de agitado entretenimiento y juego. Caminando rumbo al sur pero sin dirección fija, la mujer – ahora sólo una silueta – desaparece rápidamente del paisaje como estrella fugaz, quizás añorando mejores tiempos cuando los clientes abundaban y su pretérita belleza todavía vendía.

La prostitución es ilegal en el Condado Clark, en donde Vegas – como Las Vegas es informalmente abreviada – prospera. Un micro-universo en sí misma, “La Ciudad del Pecado” excluye de su menú de tentadores servicios aquellos ofrecidos por las sexo-servidoras, como la mujer que se disipó en la noche fría y de mucho viento en el Boulder Highway. Pero así como esta metrópoli única florece, también afloran las actividades de “mala fama o reputación” –como las deletrea el Estatuto Revisado número 244.345.8 de Nevada. El juego, en cambio, es el centro de éste cosmos, en donde miles de millones sustentan la poderosa industria del entretenimiento, en la misma ciudad que la Coalición Nacional para las Indigentes y el Centro Nacional de Leyes para la Indigencia y la Pobreza nombró como la que más trata mal a los indigentes.

Tanto indigentes como prostitutas venidas a menos deambulan por las calles de Las Vegas. Ellos son una dura yuxtaposición en un imperio en donde el lujo y la glotonería reinan. Las incontables luces de Las Vegas son tan innumerables como las sombras, en donde personas sin un techo y prostitutas de escasa clientela buscan y se esconden. Su estatus social los coloca bajo la mesa de un abundante buffet, en donde estos seres humanos desposeídos apenas recogen las moronas y las sobras de cualquier cosa que les cae a ellos. Pero, en medio de los pisos brillantes, los letreros luminosos, y los majestuosos edificios, ¿hay alguien a quién realmente le importan los indigentes y las prostitutas degradadas? La gente camina como si ellos no estuvieran ahí, ignorándolos, como si no existieran. Ellos son solamente siluetas y sombras.

A unas cuantas millas al oeste del Boulder Highway, el punto neurálgico de la vida de Las Vegas, Las Vegas Boulevard, − conocido como “the strip” o “la franja” − es la arteria en donde el incesante flujo turístico se concentra. Ahí, un casi agobiante mundo de atractivo bombardera el cerebro con múltiples opciones para entretener la mente. En este ambiente orientado a los adultos, las atracciones de Vegas presentan el mundo en miniatura: la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad, la Esfinge de Giza, o los rascacielos de Nueva York − entre otras − le dan a los turistas el sentido de estar en todos estos lugares al mismo tiempo. Las réplicas de estos famosos atractivos mundiales hacen de Vegas una ciudad de ciudades, que condensa virtualmente muchos lugares del mundo en una sola calle. Vegas en un arte genuino de imitación; su apariencia artificial es llamativa e impresionante.

Caminando dentro de los casinos, los pies reciben un descanso del duro concreto de las banquetas, en donde la gente navega admirada, hipnotizada por la infinidad de cosas para ver. Las bonitas y acojinadas alfombras cubren las áreas en donde las máquinas de juegos de dinero dominan la escena, y el humo de los cigarros nubla el panorama. Los jugadores, seducidos por la probabilidad de intercambiar unas cuantas monedas por una fortuna, miran fijamente las máquinas de juegos de dinero o las mesas en donde las personas que reparten las cartas de baraja despachan tanto buena como mala suerte.

La mayoría de la gente perderá, no solamente su dinero, sino también la esperanza de hacerse rica instantáneamente. Su optimismo se renovará al día siguiente, al forzarlos su mente a tratar de obtener, por lo menos, lo que ya han perdido. Algunos continuarán cavando desesperadamente, enterrándose finalmente a sí mismos en un abismo de miseria.

Aquellos que evaden el juego, pueden todavía gastarse una pequeña fortuna en espectáculos como el de la cantante Celine Dion, en el Caesar’s Palace, en donde un paquete que incluye habitación, cena, y un viaje en limosina, puede costar más de $1,500 dólares. O que tal obtener una pelota de béisbol con valor de $100 dólares, autografiada por el ídolo caído Pete Rose? Vetado de estar del Salón de la Fama de las Grandes Ligas de Béisbol, el ingreso principal de Rose es generado por la firma de autógrafos en la tienda deportiva “Field of Dreams” (Campo de Sueños), en los Forum Shops, dentro del Caesar’s Palace.

Sin embargo, en el océano de dinero que es Las Vegas, el estatus social de la mayoría de las personas permanecerá intacto; muy pocos podrán subir unos cuantos escalones, pero muchos bajarán peldaños drásticamente, quedando en la desgracia y hundidos en la pobreza. Así es como Las Vegas se mantiene a sí misma; la riqueza viene de la misma gente que atrae, monedad por moneda, expectativa por expectativa, y deseo por deseo.

Dirigiéndose hacia el centro y a la Calle Fremont −el sitio original de donde la industria del juego se propagó en la llamada “Capital del Hedonismo”− un espectáculo más nuevo, inaugurado hace diez años, atrae a turistas y visitantes a “sentir” la “Experiencia Fremont.” La “experiencia” fue inversión de $70 millones de dólares con la intención de revitalizar casinos viejos como el Golden Gate (originalmente llamado Hotel Nevada, en 1906) el casino más antiguo en Las Vegas.

La calle Fremont es un admirable show de luz y sonido creado por un dosel gigante − 1,500 pies de largo y casi 100 pies de alto. La cantidad de luces − más de dos millones, y el sonido de las bocinas que alcanza los 40,000 vatios − crean un espectáculo que literalmente magnetiza a los espectadores. La “Experiencia Fremont” es una verdadera vista.

Ocurre que Las Vegas, sin embargo, es más que simplemente una ciudad reluciente. El lujo contrasta marcadamente con el deterioro y el abandono de las calles y edificios circundantes a “la franja”. El otro lado del rostro de esta ciudad es nada atractivo y apagado. La dilapidación de algunas áreas parece ser la cuota de la incesante construcción y destrucción de nuevos y viejos casinos, respectivamente.

En cierto modo, Las Vegas es una verdadera Ave Fénix −cuando el ciclo de vida de un casino-hotel termina, el viejo edificio es reducido a polvo, del cual un nuevo, moderno, e impresionante hotel-casino se levanta. Pero alrededor de “la franja”, no hay aparente renovación, sólo un deterioro constante, similar al de aquellos individuos que vagan por las calles.

La vida en Las Vegas reúne a ambos extremos de la experiencia humana – riqueza y pobreza – en el mismo escenario, en donde las luces y las sombras se mezclan en una sola realidad. Ahí, una persona desaliñada y empobrecida puede literalmente caminar al lado de billones de dólares y ropas caras, con un precipicio de por medio. Las dos puntas de la comedia y el drama humano casi se tocan una a la otra a través de un fino y brilloso vidrio, cada una en su lado, cada una en su sendero, en una proximidad lejana la una de la otra.

Finalmente, Las Vegas es una ventana a dos realidades en donde seres humanos navegan yuxtapuestos en un mar de contradicciones, y en donde el estómago vacío de un indigente o una prostituta queda hambriento en medio de una combinación de desayuno y almuerzo con champaña ilimitada y valor de $31.99 dólares.

© 2007 – 2016, Eduardo Barraza. All rights reserved.

SIN COMENTARIOS

Dejar una respuesta