La dictadura de Porfirio Díaz: Política de “pan o palo”

La dictadura de Porfirio Díaz: Política de “pan o palo”

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Porfirio Díaz unió política e interés, invistiendo concesiones, monopolios y posiciones de prestigio. Cada beneficiario de este sistema vino a ser un ardiente partidario de la paz y, por tanto, de la permanencia de Díaz en el poder. Ilustración: Barriozona Magazine
Porfirio Díaz unió política e interés, invistiendo concesiones, monopolios y posiciones de prestigio. Cada beneficiario de este sistema vino a ser un ardiente partidario de la paz y, por tanto, de la permanencia de Díaz en el poder. Ilustración: Barriozona Magazine

Del texto de Stanley R. Ross (traducido y adaptado por Eduardo Barraza)

Segunda de cuatro partes

Unas cuantas voces fueron vehementemente y apasionadamente críticas de Porfirio Díaz. El Dr. Luís Lara y Pardo resumió la política de Díaz como una de “exterminación, degradación y prostitución”. Otro escritor etiquetó al régimen como “autocracia despótica”. En 1910, el mismo año de la celebración de la independencia mexicana, John Kenneth Turner llamó a México “bárbaro”. No obstante, la mayoría de los extranjeros estaban impresionados por la fachada de paz y progreso material que oscurecía los medios por los cuales ésta era creada y sustentada, y el precio que tenía que pagarse por ella. Pero las técnicas políticas usadas por Díaz para obtener y preservar la paz y para continuar su régimen en poder son básicas para un entendimiento del periodo de su gobierno, así como para tal entendimiento de las consideraciones políticas las cuales tiñeron en gran manera la oposición iniciada hacia el cierre de ese periodo.

Porfirio Díaz recibió, en 1876, una nación de gente harta de anarquía, guerra civil y miseria. Los mexicanos estaban ansiosos de estabilidad y paz. El régimen de Díaz probablemente emanó, al menos inicialmente, de la voluntad popular. La mayoría de las subsecuentes reelecciones del presidente descansaron hasta cierto punto en la tolerancia y la apatía del pueblo mexicano, pero la duración del gobierno de Díaz implicaría que la confianza y la apatía por sí solas no son suficientes como una explicación. El gobierno del General Díaz, aunque regular en apariencia, era por función y naturaleza estrictamente personal.

Díaz abolió la Constitución de 1857, no de palabra ni por escrito, sino en hecho. Una república federativa, la división de poderes entre las ramas del gobierno, y la democracia se encontraban entre las ficciones sustentadas. Las elecciones eran un mero ritual. En la práctica, toda autoridad vino a ser investida en el gobierno central, principalmente en la rama ejecutiva y específicamente en el presidente. La reelección de este funcionario vino a ser un mero trámite. Del presidente hacia abajo, la maquinaria electiva, legislativa, y judicial fue suplantada mediante procedimientos administrativos. El gobierno personal como un método político fue sustituido por partidos y principios políticos. Las relaciones políticas fueron construidas sobre las bases de la amistad y la fiabilidad. El gabinete, el Congreso y los gobernadores estaban sujetos al dictador mediante lazos de amistad e interés. Una relación similar existió entre los jefes políticos y los gobernadores y entre los presidentes municipales y los jefes políticos. La completa maquinaria de gobierno local, provincial y nacional vino a ser dependiente de la voluntad de un hombre.

Los lazos de amistad fueron cimentados con el cemento del interés propio. Díaz unió política e interés, invistiendo concesiones, monopolios y posiciones de prestigio. Cada beneficiario de este sistema vino a ser un ardiente partidario de la paz y, por tanto, de la permanencia de Díaz en el poder. Una política establecida del dictador fue la de dividir y conquistar, jugar a individuo contra individuo, grupo contra grupo. De esta manera, Díaz evitó el desarrollo de una concentración de fuerza la cual hubiera podido desafiar su posición. Asimismo, las personas involucradas tendían a fortalecer a Díaz para poder obstruir a sus opositores, y la nación prefirió la retención de Díaz a tener alternativas desagradables e inclinadas a la disensión. Los rivales ambiciosos que se atrevieron abiertamente a oponerse a Díaz recibieron el tratamiento de “pan o palo”. La opción era aceptar recompensas materiales, usualmente con la pérdida de influencia política, o ser eliminado.

La influencia presidencial se extendió a las legislaturas estatales y más allá a las unidades de gobierno local. Los jefes políticos, subordinados al presidente o a sus gobernadores,
absorbieron la autoridad de los gobiernos municipales. Díaz logró la paz en México generalmente consiguiéndola localmente en una nación esencialmente parroquial. Caciques locales y bandidos estaban enlazados al gobierno central al dárseles posiciones oficiales, las cuales los convirtieron en instrumentos del gobierno. La alternativa era la liquidación. El ejemplo superlativo de la conversión de bandido en policía fue la creación de los rurales, el conocido destacamento montado de la policía rural. La opresión legalmente autorizada suplantó al bandidaje irregular. México llegó a ser seguro para la gente apropiada. Al crecer el gobierno central en fuerza y prestigio, un mayor control pudo ser ejercitado sobre los tiranos menores que habían contribuido la obtención de su posición.

El personal militar irresponsable y ambicioso había sido uno de los mayores elementos de la turbulencia en la vida política mexicana. El dictador extrajo los colmillos de los militaristas al neutralizar su influencia y otorgándoles un interés personal dentro de su régimen. Los generales se convirtieron en hombres acaudalados apoyando a un gobierno generoso con concesiones económicas y subsidios a la tierra, o un gobierno dispuesto a tolerar el exceso de cuentas costosas por un comandante mientras le vendía provisiones a los Indios contra quienes él hacía campaña. Los comandantes que eran sospechosos de encendida ambición o aquellos que tenían la audacia de retar a Díaz fueron tratados severamente.


 

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