En Empalme, Sonora, esperando “El tren de los sentimientos”

En Empalme, Sonora, esperando “El tren de los sentimientos”

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La entrada a Emplame, Sonora, México, en donde se encuentra el Monumento al Centenario de Empalme 1905-2005. Foto: Especial
La entrada a Emplame, Sonora, México, en donde se encuentra el Monumento al Centenario de Empalme 1905-2005. Foto: Especial

Empalme, Sonora, es un pueblo tranquilo a la orilla del mar. Es espiritual. Mágico. Se deja llevar, desde que recuerdo, por las influencias sagradas que sopla por sus calles -muchas sin pavimentar- la brisa marina.

Hace tiempo, los empalmenses recibían la creencia y también la incredulidad, que traían a bordo del tren, los cuentos y las anécdotas de los ferrocarrileros, que ahí tenían el taller general más importante de México.

Los empalmenses siempre hemos sido receptivos. Platicadores. Vivimos la conversación. Somos diferentes a los del Macondo-pueblo-imaginado por el ex cronista de cine García Márquez, pues los empalmenses, vivimos y los que han muerto, han alcanzado la muerte de tanto vivir. Empalme es real.

Hasta la fecha, al caer las tardes, salen de sus casas y se instalan enfrente, simplemente para platicar y mirar, quién, quiénes y con quién, vienen o van las muchachas y muchachos, los señores y las señoras.

Es costumbre también, en días de verano fresco-húmedo, quedarse entrada la noche platicando, y de esa vigilia, habrá “material” para los comentarios al día siguiente: “fíjate que regresaron ya después de las once… y él venía desfajado y ella, con los zapatos en la mano…”

Empalme es un pueblo sano. Los pobladores todavía platican entre ellos. No los ha chingado la televisión ni los ha hipnotizado el o la Internet. Lo que si practicamos, es la “interneta”: estamos dedicados históricamente, a la neta de lo interno. Lo profundo, lo que vale. Por algo, ahí se fraguaron movimientos sociales que hoy son parte de la historia: la huelga ferrocarrilera de 1959, y el Movimiento Armado Revolucionario. De este último, estuve con ellos en la escuela.

Desde niño, este reportero, se dio cuenta que los viejos -“los jubilados”- les dicen, escogen sus esquinas favoritas donde esperan a los amigos y a la dama misteriosa que les llevará, en el último tren resoplando memorias, y llorarán los que se queden, suspirando al imaginarse que ese tren regresará por alguno de ellos, y miran con la vista cansada, hacia el lado donde termina el cerro y por donde da la curva del tren hacía lo que le llaman, “piedra volada”.

Hace años, durante el tiempo de la actividad frenética del tren de pasajeros, “los jubilados”, se reunían en las bancas del sindicato ferrocarrilero o al cruzar la calle, en el restaurante de “La Guille” Ocampo, otros en la Plaza Centenario o en El Tinaco, que fue un recipiente gigante para guardar agua para el pueblo y para el ferrocarril -monumento único en la República- pero todos coincidían en una ceremonia inolvidable, que se quedó marcada en las lozas de la memoria de este reportero: entre la 1 y 2 de la tarde, (los ex ferrocarrileros de distintas épocas dicen aún “las trece y las catorce”), caminaban con la rapidez que sus edades les permitían, hacia la estación del tren, que era una bellísima casona de madera de “machambre” pintada parcialmente de amarillo, con techo negro y pisos de madera desigual, hinchada por los años y por las pisadas de muchos que ya no caminan.

Me causaba curiosidad que al piso de la estación, lo untaban de “chapopote”, -petróleo crudo rebajado traído de los talleres-, que esparcían con unas estopas pegadas a un grueso palo cilíndrico quedando muy brillante y renegrido, y la última pasada, apurados los trabajadores, se la daban a los pisos cuando se escuchaba a lo lejos el pitido de la máquina ferrocarrilera, anunciando su llegada, aviso que todo el pueblo podía escuchar.

Y “los jubilados”, al escuchar el resoplido del tren en la curva del hospital hacia el sur, o adelante de la curva del cerrito, hacia el norte, algunos se agachaban pisando sus cigarros sobre los maderos negros, movían de un lado a otro la punta de su zapato sobre la colilla, se ajustaban sus pañuelos rojos sobre sus cuellos, luego, casi a un mismo tiempo, ponían la mano izquierda atrás de las “cachuchas” ferrocarrileras de mezclilla con rayas blancas y con la derecha, un jalón firme y rápido de la visera terminando el ajuste a sus cabezas, y se iban cruzando la primera fila de rieles y caminaban a un lado de las grandes moles de hierro, con el único afán de esperar que terminara de frenar, resoplando, y ver quién llegaba o quién se iba, “o qué noticias hay de ‘fulano de tal’, que lo internaron en el hospital ferrocarrilero en Guadalajara”.

Había mucho movimiento cuando llegaba el tren, aunque en el pueblo esos años, tenía algunos 13 mil habitantes.

Una media hora después de la llegada del convoy, luego que se cargaba principalmente agua, hielo y los bolsones del correo, ya los pasajeros acomodados y algunos de última hora tomados de la barandilla de las escalerillas, la máquina resoplaba una vez más como un gigante esforzándose, y pitaba con nostalgia para unos y alegrías para otros y con lentitud, la mole empezaba a moverse muy despacio: “ta-ca-taca… tuchú-tuchú, taca-taca-taca-taca”, y al cruzar la calle donde los rieles siempre me parecieron que estaban ladeados a un costado del restaurante El Danubio Azul, se veían uno o dos ferrocarrileros, tomados de una mano de la “agarradera” de hierro y los dos pies firmes en la escalerilla del último vagón, con el brazo izquierdo alargado, mientras que al derecho en cuya mano llevaba un guante de cuero grueso, le daba vuelta como abanico, señalando al maquinista, para que le diera velocidad al gigante rodante de hierro.

La expresión de los viejos rieleros, al irse el tren, cambiaba. Sus caras se ponían serias. Ya no hablaban tanto. Sus manos, tan elocuentes que acentuaban las anécdotas antes, ahora las llevaban metidas en las bolsas de sus pantalones “overol” de mezclilla y otros, sobre sus pecheras. Sus cabezas agachadas, su vista enfocada en el suelo, su caminar aún mas lento que hacía que hasta las cadenas de sus relojes reglamentarios que muchos ex ferrocarrileros siguen sujetando a su cinto, casi ni se movieran.

Era como que la partida del tren, al que con alegría fueron a recibir, se convertía en una señal de despedida. Despedida de sus vidas. Anunciándose a ellos mismos, que en la estación del tiempo, se acercaba el horario de la llegada de su último tren. Y no sólo la llegada: la salida del último viaje en el bellísimo tren de los sentimientos. Y ese magnífico ferrocarril de luces y paz, nunca ha salido del pueblo: rueda en rieles que no son de acero, y vaga por calles y callejones de mi pueblo mágico, repartiendo flores a sus hijos, en forma de recuerdos…

© 2009 – 2016, César Ibarra. All rights reserved.

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