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Porfirio Díaz, ¿qué clase de persona era?

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Porfirio Díaz era un hombre que gustaba del retrato, sobre aquel que proyectara una personalidad imponente y autoritaria. Ilustración: Barriozona Magazine © 2015
Porfirio Díaz era un hombre que gustaba del retrato, sobre aquel que proyectara una personalidad imponente y autoritaria. Ilustración: Barriozona Magazine © 2015

Carlo de Fornaro destacó como caricaturista en los medios impresos de Chicago y Nueva York, Estados Unidos. Ciudadano británico de origen ítalo-suizo, de Fornaro es el casi olvidado autor del libro México, tal cual es, publicado en 1909 con el título original en inglés de Díaz, czar of México. Ese mismo año se se publicaría La sucesión presidencial de Francisco I. Madero. El libro de de Fornaro fue objeto de censura y persecución por el régimen porfirista debido a la magistral denigración que su autor esgrime para desmitificar al exaltado presidente mexicano, ya en el ocaso de su forzada y prolongada dictadura.

El también escritor llegó a México en 1906, en donde permaneció dos años, co-fundando “El Diario” en donde estuvo a cargo de la sección “El Diario Ilustrado”. A su regreso a EE.UU., de Fornaro es demandado por difamación a raíz de su obra en contra de Díaz, por parte del periodista Rafael Reyes Spíndola -hombre al servicio del gobierno de Díaz- por lo cual de Fornaro es sentenciado a un año de prisión, hecho que es condenado como un atentado a la libertad de expresión.

Tanto la prensa oficial mexicana como la norteamericana servían los intereses de la dictadura debido a las muchas concesiones otorgadas. A continuación se presenta un capítulo del libro original (1909) titulado “¿Qué clase de persona es Porfirio Díaz?”, tomado de los archivos públicos de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

Caricatura por Carlo de Fornaro en la que se muestran las dos caras de Porfirio Díaz, una para el mexicano y otra para el extranjero.
Caricatura por Carlo de Fornaro en la que se muestran las dos caras de Porfirio Díaz, una para el mexicano y otra para el extranjero.

La admiración oficial y el servilismo, la adulación y algunas veces el elogio bien intencionado, y, sobre todo, la ignorancia extranjera han contribuido a la formación de una asombrosa leyenda, a la creación de un mito sorprendente alrededor de este individuo, hasta el punto de que aparezca como iconoclasta todo aquel que intente hacer un análisis concienzudo de semejante personalidad.

Le han puesto la etiqueta de el más grande de los estadistas modernos; más eminente que Bismark; superior desde el punto de vista militar a Alejandro, César y Bonaparte; más trascendental que Washington y que Lincoln; más puro en su patriotismo que Mazzini ó Garibaldi; diplomático más sutil que León XIII ó que Talleyrand; tan divino como Cristo, Buddha y Sri Krishna, y se le ha llamado lo más grande que existe entre el Amazonas y los Andes (sic).

En 1899 dos periodistas latinoamericanos tuvieron una discusión sobre qué despertaría más intensamente la atención pública, si la noticia de un gran descubrimiento científico, ó un elogio de algún gran hombre. Para hacer la prueba, uno de ellos publicó la nueva de un maravilloso descubrimiento relativo al cultivo de la caña de azúcar, y el otro publicó una entrevista con Tolstoi, haciendo el panegírico de Porfirio Díaz. Ambas fueron ficciones cortadas de la misma pieza de paño. La primera pasó inadvertida, pero la segunda fue reproducida por todos los periódicos del país y fue citada en una obra sobre la vida de Porfirio Díaz como poderoso argumento para su continuación en el poder.

Otra de las caricaturas de Fornaro en la que presenta al dictador mexicano como "el verdugo de la libertad mexicana".
Otra de las caricaturas de Fornaro en la que presenta al dictador mexicano como “el verdugo de la libertad mexicana”.

Para un hombre honrado, todas estas adulaciones promiscuas, mentidas y groseras son nauseabundas; para un hombre humorístico son idiotas; para una persona inteligente sólo prueban la pequeñez del calibre mental de Porfirio Díaz y de sus sicofantes [impostores].

Porfirio Díaz por fuera
Físicamente, este hombre providencial ha sido dotado por la naturaleza con una perfección casi sobrehumana, y ha cultivado ese don con una actividad laboriosa y persistente. Hasta la edad de 37 años peleó casi sin tregua, convirtiendo en acero sus músculos, fortaleciendo su constitución por medio de un método de vida vigoroso, sobrio y casto. Sus progenitores indios le dieron la pulpa, sus progenitores españoles la capacidad cerebral.

De mediana estatura, parece alto gracias a la excelente proporción de sus miembros. Los pies y las manos son grandes; su gesticulación es mesurada y calmosa. La frente es baja, oblicua é inintelectual; los ojos como cuentas, penetrantes, algunas veces bondadosos y festivos, siempre observadores y suspicaces. La nariz deformada por ser las ventanillas demasiado dilatadas en forma de arco, como las amplias de un caballo que resopla después de la carrera. La barba ancha, con poderosas mandíbulas macizas y articuladas como un molino de tortillas; las orejas grandes, afeadas por los largos lóbulos, característica de hombres y de razas destinados a la longevidad. El pelo y el bigote blancos; el cutis claro, salpicado de rojas manchas hécticas.

Esta caricatura ilustra la muerte de aquel mexicano que se opusiera de alguna manera la régimen del presidente Díaz.
Esta caricatura ilustra la muerte de aquel mexicano que se opusiera de alguna manera la régimen del presidente Díaz.

Compárese esta descripción con cualquiera de sus retratos de cuando tenía 37 años, ó de menos edad aún, y se verá que la transformación ha sido maravillosa, casi increíble. Las fotografías ó daguerrotipos de esos tiempos lo presentan como un tipo común, brutal, casi criminal. Los mechones hirsutos [ásperos] de cabellos negros, el ralo y caído bigote y la más rala perilla, y la piel morena lo hacían aparecer como una mezcla del “pelado” endomingado y del lacayo japonés. Merced al restregamiento, al estropajo, a los baños de regadera, al jabón y a la alimentación propia de la gente, se ha transformado de un grasiento condottiere* en un completo Czar blanco, algo así como el producto del cruzamiento de un Bismark de frente estrecha y de un Crispí azteca. [*Los condottieres eran los capitanes de tropas mercenarias al servicio de las ciudades-estado italianas].

Tenía un propósito de los más amplios y sacrificó todo a su avasalladora ambición, y, semejante a un nuevo Saturno, devoraba a los hijos de sus deseos tan pronto como nacían. Su salud, su energía, todo su tiempo fueron consagrados a ese único propósito. Cuanto para los demás hombres son atractivos, distracciones y divertimiento, fue hecho a un lado si no encajaba en el plan que se había trazado de antemano. Jugar, fumar, beber, las mujeres, el teatro, las bellas artes, los deportes, la lectura, fueron desechados para reconcentrar todas sus energías en el gran juego de la política y de su ambición personal, en el que con frecuencia la brillantez no resulta, mientras que la aplicación constante y la actitud alerta conducen al buen éxito.

México bajo Porfirio Díaz: “Madre de extranjeros y madrastra de los mexicanos”

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Díaz unió política e interés, invistiendo concesiones, monopolios y posiciones de prestigio. Cada beneficiario de este sistema vino a ser un ardiente partidario de la paz y, por tanto, de la permanencia de Díaz en el poder. Ilustración: Barriozona Magazine © 2016
Díaz unió política e interés, invistiendo concesiones, monopolios y posiciones de prestigio. Cada beneficiario de este sistema vino a ser un ardiente partidario de la paz y, por tanto, de la permanencia de Díaz en el poder. Ilustración: Barriozona Magazine © 2016

Del texto de Stanley R. Ross (traducido y adaptado por Eduardo Barraza)

Cuarta y última parte

La paz, oportunidad y prosperidad traída por el régimen de Porfirio Díaz estaba reservada para los pocos escogidos. Los intereses políticos, sociales y económicos de la mayoría de los mexicanos fueron contemplados con humillante desdén, cuando estos eran considerados del todo. No solamente fue suprimida toda actividad política, sino que Díaz falló en tomar ventaja de su largo mandato para preparar al pueblo para una participación democrática en su gobierno. El pueblo de México sufrió por la falta de igualdad en la administración de justicia. La justicia, así como la seguridad y la oportunidad, eran privilegio de unos cuantos. El estado de la educación pública era vergonzoso. Escuelas fueron construidas, pero la cantidad era inadecuada y su distribución desigual. Fuera de la capital y las ciudades claves en provincia, las escuelas eran prácticamente inexistentes. En 1895, el 86 por ciento de la población no sabía leer ni escribir, y al término del régimen de Díaz (1911), cuatro de cada cinco personas todavía eran analfabetas. Las condiciones de salud eran desalentadoras por igual. Había una alta incidencia de enterities (inflamación intestinal), pulmonía, malaria y enfermedades venéreas.

La carga más pesada de la época de Díaz fue impuesta al nivel local y rural, involucrando a la abrumadora mayoría de la gente. Ahí, el precio del sistema fue el más alto, creando condiciones las cuales eran seguras de causar problemas. El despotismo generalizado de las autoridades locales (el caciquismo) ya ha sido apuntado anteriormente en la primera parte de este ensayo. El cacique local fue convertido en el instrumento del gobierno central, un tirano local sin iniciativa y sin apoyo local. El cacique vino a ser el enemigo de su propia gente y su propia área. El área rural permaneció aislada, geográficamente y culturalmente, de la vida nacional. Las grandes ciudades mejoraron mientras que las zonas rurales sufrieron por la falta de instalaciones de transportación y comunicación, y los pueblos pequeños y aldeas estaban abandonados. Lo peor de todo fue que la política agraria del gobierno de Díaz dio marcha atrás a los esfuerzos del movimiento de Reforma a mediados del siglo XIX, hechos para destruir el modelo feudal de la tenencia de la tierra, con serias consecuencias para el equilibrio socioeconómico de la sociedad.

Partiendo de una teoría que era una mezcla del liberalismo que enfatizaba la modernización e industrialización, y de un marca característica del dogma Spenceriano* que proclamaba la supervivencia del más apto, los arquitectos ideológicos del periodo de Díaz manifestaron desdén por las masas indígenas y proyectaron la colonización mediante la migración. La comuna de la aldea debía ser destruida y los indios reducidos a un elemento de la población y reemplazados por un elemento inmigrante más deseable. Las políticas dirigidas a estos fines facilitaron la victoria de la hacienda y generalizaron una forma de agrarismo feudal por todo el país.

En el nombre de la paz y el progreso, quejas justas fueron ignoradas, y la cruel supresión, dispersión y el peonaje les esperaba a aquellos indios que protestaran o resistieran. El elemento básico en la población mexicana era para ser explotado y posiblemente eliminado en el nombre de la meta exaltada, esto es, el progreso material.

El ataque extensivo a las comunidades indígenas alteró el equilibrio de la sociedad nativa y, en consecuencia, disminuyó el bienestar de los habitantes. El destino principal que les aguardaba a la mayoría fue un estatus de peonaje en las grandes fincas. Para 1910, más del 90 por ciento de las aldeas en la zona más densamente poblada del país —la meseta central— habían perdido las tierras. Mediante la absorción de tierras de las aldeas y una tremenda concesión del dominio público, el sistema de haciendas fue confirmado y extendido. La grande finca reposó sobre el fundamento de la deuda del peonaje, agravada por los lamentables bajos salarios (12 a 18 centavos diarios), usualmente pagados en forma de trueque o pago de especie, vales o crédito, y mediante la operación abusiva de la tienda de raya (tienda en la plantación). Mientras algunas de las nuevas plantaciones de extracción mostraron un grado de áspera eficiencia, las tierras de hacienda no fueron completamente o efectivamente empleadas. La fertilidad declinó, la especulación aumentó, y los precios de las tierras subieron bajo este feudalismo moderno.

Aunque el número de terratenientes individuales aumentó casi al triple entre 1854 y 1910, el porcentaje de la propiedad de la tierra era muy pequeño. El hacendando, favorecido por el gobierno y evitando y transfiriendo la carga de impuestos, disfrutaba de una marcada ventaja sobre los pequeños terratenientes. Probablemente, no más del tres por ciento de la población rural era dueña de alguna tierra al final del mandato de Díaz. La hacienda, controlando cerca de la mitad de la tierra y la población rural, e incluyendo más de cuatro quintas partes de las comunidades rurales, dominaba políticamente, económicamente y socialmente la vida rural de una nación predominantemente rural. El hecho de que había 834 hacendados y tal vez unos 9 millones de campesinos sin tierra viviendo en peonaje miserable hace comprensible la aseveración de González Roa de que la revolución fue sobre todo agraria. A las condiciones opresoras se les añadía la humillación de que mucha de la tierra había pasado a manos extranjeras.

El capitalismo extranjero fue superpuesto sobre esta base agraria feudal. La forzada y acelerada industrialización acentuó el patrón colonial de la economía mexicana, ya que el énfasis estaba sobre las industrias de extracción, especialmente la minería. Los extranjeros construyeron los ferrocarriles bajo condiciones liberales, ignorando las necesidades económicas básicas del país, y favoreciendo el intercambio externo sobre el doméstico. El gobierno, dando marcha atrás a los patrones legales de los tiempos coloniales, dio a las concesionarias un incuestionable título a los depósitos naturales del subsuelo. Díaz se jactó regularmente de los nuevos títulos concedidos a propiedades mineras, porque para él eso era el progreso. México recibió solamente largas horas y bajos salarios por sus hijos. Ganancias insignificantes retornaban al gobierno. Los extranjeros fueron succionando hacia afuera la riqueza, y, en el proceso, los recursos de la nación perdieron su nacionalidad. Los extranjeros no estaban solamente explotando a México económicamente, sino disfrutando una influencia muy desproporcionada a su número dentro de la población. La consideración a su favor en los juzgados estaba asegurada. Hubo pruebas diarias de la acusación de que México, bajo Díaz, había venido a ser “la madre de extranjeros y la madrastra de los mexicanos”.

El aspecto más trágico del progreso material y la prosperidad de la era Porfiriana fue el hecho de que el grueso del pueblo no participaba. Al contrario, el avance industrial fue hecho posible por la construcción de barreras arancelarias las cuales aumentaron los precios para el consumidor mexicano. El ineficiente hacendado fue protegido de la competencia externa por aranceles a los comestibles — en un tiempo en que los alimentos ¡tenían que ser importados! Los precios de los alimentos en México, en contraste con los del resto del mundo, aumentaron durante este periodo. Mientras que los salarios industriales avanzaron un poco, los salarios en dólares de los trabajadores rurales permanecieron aproximadamente los mismos. El decline de los salarios reales inevitablemente significó un estándar de vida en declive.

Francisco I. Madero, sensitivo y altruista, se perturbó por el espectáculo de su país presentado bajo “La Paz de Porfirio”. Un devoto de la democracia, Madero llegó a estar convencido de que la prolongada dictadura era la explicación para la ignominia en que estaba sumida su nación.

*El filósofo y biólogo británico Herbert Spencer acuñó la frase “supervivencia del más apto” en su tratado Principios de biología (1864), después de haber leído El origen de las especies de Charles Darwin.



Porfirio Díaz: Dictadura de paz forzada

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Los elementos que habían sido las fuentes de problemas o los objetos de contención antes de que Díaz ascendiera al poder, habían sido transformados en soportes para el régimen y en contribuidores a la paz de la nación— los caciques, el ejército, los grupos liberal y conservador, y la Iglesia.
Los elementos que habían sido las fuentes de problemas o los objetos de contención antes de que Díaz ascendiera al poder, habían sido transformados en soportes para el régimen y en contribuidores a la paz de la nación— los caciques, el ejército, los grupos liberal y conservador, y la Iglesia.

Del texto de Stanley R. Ross (traducido y adaptado por Eduardo Barraza)

Tercera de cuatro partes

Los conflictos de la historia de México algunas veces surgieron por razones otras que la simple ambición y avidez por el botín del puesto gubernamental. Cuando las ideas fueron el trasfondo del conflicto, dos grandes grupos políticos con ideales divergentes pueden ser diferenciados. Un grupo, el conservador, lamentó las consecuencias de la independencia de México y anheló un regreso a los patrones institucionales de la época colonial asociados con la estabilidad y la prosperidad. El segundo grupo, o el liberal, deseó tomar el garrote contra las instituciones coloniales —la iglesia, el estado, y el ejército— las cuales habían mayormente sobrevivido la desaparición del control español. El primero soñaba con una monarquía centralizada; el segundo con una república federalizada. México, antes de 1876, fue su campo de batalla. La paz entre ambos parecía inconcebible. No obstante, el gran acuerdo mutuo del régimen de Díaz le ganó el apoyo de ambos grupos contendientes. Los conservadores se inclinaron a Díaz porque él ofreció paz y estabilidad y la perpetuación de las instituciones coloniales restantes. Los liberales sucumbieron a los beneficios asegurados del recién iniciado capitalismo —progreso y la versión de liberalismo del siglo decimonoveno. Este arreglo ofreció nada para la masa del pueblo, pero ellos habían jugado una pequeña parte en las políticas y las luchas de la historia de México, y ningún cambio mayor fue anticipado.

La Iglesia Católica contribuyó con otra piedra para los cimientos del imponente edificio de estabilidad nacional que construyó Díaz. Aunque el dictador había seguido la bandera liberal, él adoptó una política de conciliación hacia la Iglesia. Algunos escritores atribuyen el desarrollo de esta política a la influencia de su profundamente religiosa segunda esposa, pero eso fue principalmente un asunto de política. La legislación anti-Iglesia del periodo de la Reforma permaneció como parte de la ley del país, pero en la práctica no se hacía cumplir. Había una cordialidad perceptible entre funcionarios del gobierno y dignatarios de la Iglesia. Con buena razón el Padre Cuevas, escribiendo del periodo de 1875 a 1896, asintió que “esos diecinueve años casi sin la pérdida de un solo día, con lenta pero segura actividad, fueron ciertamente años de reconstrucción”. Quizás fue inevitable que este avivamiento de la Iglesia debía de ir acompañado por avances en el poder económico de la Iglesia. Durante el periodo de Díaz la iglesia logró recobrar algo de su riqueza, influencia y prestigio. Aunque existe alguna evidencia después del comienzo del siglo de que la Iglesia estaba llegando a estar descontenta en su relación con el gobierno, para bien o para mal ésta se había asociado y comprometido con el sistema de Díaz.

Los mismos elementos que habían sido las fuentes de problemas o los objetos de contención antes de que Díaz ascendiera al poder, habían sido transformados en soportes para el régimen y en contribuidores a la paz de la nación— los caciques, el ejército, los grupos liberal y conservador, y la Iglesia. A estos elementos de apoyo hay que agregar a los capitalistas, principalmente extranjeros, quienes, impulsados y generosamente asistidos, se desarrollaron como una oligarquía mercantil y financiera comprometida a la continuidad de la dictadura como la mejor garantía de su posición de privilegio, riqueza y poder. La oportunidad también atrajo a los intelectuales. La burocracia fue expandida 90 por ciento bajo la administración de Díaz, absorbiendo a muchas personas educadas. Otros, especialmente abogados, encontraron empleo con concesionarios extranjeros. Las escuelas, excepto las instituciones eclesiásticas, fueron sustentadas por el gobierno y sujetas a su control. El gobierno subsidió extensamente a la prensa la cual sirvió para defender su política, condenar a sus enemigos, y aumentar el coro de alabanzas para el dictador. Los periódicos de oposición fueron sujetos a una persecución sistemática. Difícilmente hubo un intelectual de aquella generación que no estuvo ligado al régimen. Por tanto, es de entenderse por qué la Revolución Mexicana sufrió de una deficiencia de preparación intelectual y de portavoces.

El precio pagado por el pueblo mexicano por los logros del sistema porfirista fue muy alto y constituye una seria acusación contra el régimen. La oposición fue suprimida sin piedad. Detrás de los muros de la Cárcel de Belén en la capital y la prisión militar de San Juan de Ulúa, el dictador se esforzó en quebrantar el espíritu de quienes se atrevieron a oponerse a él. Para los casos más obstinados estaba el penal de Quintana Roo, el territorio más mortal en la nación. No todos los opositores del régimen vivieron para experimentar los confines de las prisiones. Muchas personas fueron víctimas de la ley fuga. Las ejecuciones sumarias fueron llevadas a cabo, con la lacónica nota, “Muerto mientras trataba de escaparse”, y servía como una explicación aceptable.

Reclutamiento forzado al ejercito, migraciones forzadas, y trabajo forzado fueron métodos adicionales de persuasión y pacificación. Cuando las tropas fueron necesitadas, cada estado tenía que proveer un contingente. El reclutamiento a las armas, la leva, no era universal o por grupo, sino por designación administrativa. Los funcionarios locales ejercían la leva como un instrumento de persecución y venganza. Los Indios Yaqui de Sonora fueron transportados a punta de pistola desde sus casas a trabajar como mano de obra forzada en los plantíos del henequén de Yucatán y en los campos de tabaco en el Valle Nacional de Oaxaca como castigo y en nombre de la pacificación. México tenía paz, pero el precio incluía la tiranía y la supresión.



La dictadura de Porfirio Díaz: Política de “pan o palo”

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Porfirio Díaz unió política e interés, invistiendo concesiones, monopolios y posiciones de prestigio. Cada beneficiario de este sistema vino a ser un ardiente partidario de la paz y, por tanto, de la permanencia de Díaz en el poder. Ilustración: Barriozona Magazine
Porfirio Díaz unió política e interés, invistiendo concesiones, monopolios y posiciones de prestigio. Cada beneficiario de este sistema vino a ser un ardiente partidario de la paz y, por tanto, de la permanencia de Díaz en el poder. Ilustración: Barriozona Magazine

Del texto de Stanley R. Ross (traducido y adaptado por Eduardo Barraza)

Segunda de cuatro partes

Unas cuantas voces fueron vehementemente y apasionadamente críticas de Porfirio Díaz. El Dr. Luís Lara y Pardo resumió la política de Díaz como una de “exterminación, degradación y prostitución”. Otro escritor etiquetó al régimen como “autocracia despótica”. En 1910, el mismo año de la celebración de la independencia mexicana, John Kenneth Turner llamó a México “bárbaro”. No obstante, la mayoría de los extranjeros estaban impresionados por la fachada de paz y progreso material que oscurecía los medios por los cuales ésta era creada y sustentada, y el precio que tenía que pagarse por ella. Pero las técnicas políticas usadas por Díaz para obtener y preservar la paz y para continuar su régimen en poder son básicas para un entendimiento del periodo de su gobierno, así como para tal entendimiento de las consideraciones políticas las cuales tiñeron en gran manera la oposición iniciada hacia el cierre de ese periodo.

Porfirio Díaz recibió, en 1876, una nación de gente harta de anarquía, guerra civil y miseria. Los mexicanos estaban ansiosos de estabilidad y paz. El régimen de Díaz probablemente emanó, al menos inicialmente, de la voluntad popular. La mayoría de las subsecuentes reelecciones del presidente descansaron hasta cierto punto en la tolerancia y la apatía del pueblo mexicano, pero la duración del gobierno de Díaz implicaría que la confianza y la apatía por sí solas no son suficientes como una explicación. El gobierno del General Díaz, aunque regular en apariencia, era por función y naturaleza estrictamente personal.

Díaz abolió la Constitución de 1857, no de palabra ni por escrito, sino en hecho. Una república federativa, la división de poderes entre las ramas del gobierno, y la democracia se encontraban entre las ficciones sustentadas. Las elecciones eran un mero ritual. En la práctica, toda autoridad vino a ser investida en el gobierno central, principalmente en la rama ejecutiva y específicamente en el presidente. La reelección de este funcionario vino a ser un mero trámite. Del presidente hacia abajo, la maquinaria electiva, legislativa, y judicial fue suplantada mediante procedimientos administrativos. El gobierno personal como un método político fue sustituido por partidos y principios políticos. Las relaciones políticas fueron construidas sobre las bases de la amistad y la fiabilidad. El gabinete, el Congreso y los gobernadores estaban sujetos al dictador mediante lazos de amistad e interés. Una relación similar existió entre los jefes políticos y los gobernadores y entre los presidentes municipales y los jefes políticos. La completa maquinaria de gobierno local, provincial y nacional vino a ser dependiente de la voluntad de un hombre.

Los lazos de amistad fueron cimentados con el cemento del interés propio. Díaz unió política e interés, invistiendo concesiones, monopolios y posiciones de prestigio. Cada beneficiario de este sistema vino a ser un ardiente partidario de la paz y, por tanto, de la permanencia de Díaz en el poder. Una política establecida del dictador fue la de dividir y conquistar, jugar a individuo contra individuo, grupo contra grupo. De esta manera, Díaz evitó el desarrollo de una concentración de fuerza la cual hubiera podido desafiar su posición. Asimismo, las personas involucradas tendían a fortalecer a Díaz para poder obstruir a sus opositores, y la nación prefirió la retención de Díaz a tener alternativas desagradables e inclinadas a la disensión. Los rivales ambiciosos que se atrevieron abiertamente a oponerse a Díaz recibieron el tratamiento de “pan o palo”. La opción era aceptar recompensas materiales, usualmente con la pérdida de influencia política, o ser eliminado.

La influencia presidencial se extendió a las legislaturas estatales y más allá a las unidades de gobierno local. Los jefes políticos, subordinados al presidente o a sus gobernadores,
absorbieron la autoridad de los gobiernos municipales. Díaz logró la paz en México generalmente consiguiéndola localmente en una nación esencialmente parroquial. Caciques locales y bandidos estaban enlazados al gobierno central al dárseles posiciones oficiales, las cuales los convirtieron en instrumentos del gobierno. La alternativa era la liquidación. El ejemplo superlativo de la conversión de bandido en policía fue la creación de los rurales, el conocido destacamento montado de la policía rural. La opresión legalmente autorizada suplantó al bandidaje irregular. México llegó a ser seguro para la gente apropiada. Al crecer el gobierno central en fuerza y prestigio, un mayor control pudo ser ejercitado sobre los tiranos menores que habían contribuido la obtención de su posición.

El personal militar irresponsable y ambicioso había sido uno de los mayores elementos de la turbulencia en la vida política mexicana. El dictador extrajo los colmillos de los militaristas al neutralizar su influencia y otorgándoles un interés personal dentro de su régimen. Los generales se convirtieron en hombres acaudalados apoyando a un gobierno generoso con concesiones económicas y subsidios a la tierra, o un gobierno dispuesto a tolerar el exceso de cuentas costosas por un comandante mientras le vendía provisiones a los Indios contra quienes él hacía campaña. Los comandantes que eran sospechosos de encendida ambición o aquellos que tenían la audacia de retar a Díaz fueron tratados severamente.


 

Impresionantes hallazgos en Teotihuacan

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Dos de las impresionantes esculturas halladas en Teotihuacan. Fotos: Héctor Montaño |INAH
Dos de las impresionantes esculturas halladas en Teotihuacan. Fotos: Héctor Montaño | INAH

El impresionante pasado de México sigue siendo revelado a las generaciones del siglo XXI, gracias al incesante trabajo de los arqueólogos. Uno de los descubrimientos arqueológicos más recientes es producto de un largo trabajo en un túnel de dos mil años antigüedad en Teotihuacán, México. Excavaciones recientes han traído a la luz miles de nuevas reliquias así como el hallazgo de tres cámaras que podrían contener hallazgos más sorprendentes.

Teotihuacan fue fundada alrededor del año 100 antes de Cristo. Teotihuacan dominaba el centro de México hasta el año 750 después de Cristo. En su apogeo, alrededor de la primera mitad del primer milenio de nuestra era, constituía la ciudad más grande de la América precolombina, con una población estimada en 125 mil habitantes, por lo que era la sexta ciudad más grande en el mundo en ese momento. Comenzó como un centro religioso y llegó convertirse en la ciudad más vibrante en el Nuevo Mundo. Es ampliamente conocida por sus pirámides mesoamericanas con una arquitectura de gran significado y sus compuestos complejos residenciales multifamiliares.

Teotihuacán es hoy en día uno de los más importantes sitios arqueológicos en las afueras de la ciudad de México, donde los investigadores no cesan de aprender acerca de esta extraordinaria ciudad antigua y sus pobladores.

Durante las más recientes exploraciones del llamado proyecto Tlalocan, se descubrieron las tres cámaras que se encuentran bajo el Templo de la Serpiente Emplumada, en Teotihuacan.

Un breve recuento de los trabajos que comenzaron hace 12 años con un hecho fortuito, explica que una mañana de octubre las intensas lluvias dejaron abierta una oquedad de 83 centímetros, frente al Edificio Adosado de La Ciudadela.

Información del Instituto Nacional de Antropología e Historia señala que se “trataba en realidad de un tiro de 15 metros de profundidad que conducía a un túnel de aproximadamente 120 m de longitud, hasta llegar bajo el Templo de la Serpiente Emplumada. Los arqueólogos del INAH se encuentran ahora en el metro 103, donde descubrieron la abundante ofrenda que abarca 4 m de ancho y 8 m de largo.

“Localizada a 18 metros de profundidad, esta ofrenda, la número 48, es el anuncio de que algo muy importante se encuentra dispuesto dentro de las grandes tres cámaras que le suceden (de 3-4 m de ancho y más de 4 m de altura), quizá los restos de personajes ligados a la estructura de poder de Teotihuacan, comentó el arqueólogo Sergio Gómez Chávez.

“La ofrenda estaba compuesta por cuatro esculturas antropomorfas de piedra verde, de 65 cm, decenas de grandes caracoles (algunos de 55 cm de longitud) procedentes del Golfo de México y el Mar Caribe, miles de cuentas de diversos materiales, jade importado de Guatemala, pelotas de hule, huesos y restos de pelo de grandes felinos, esqueletos de escarabajos, discos de pirita y una caja de madera que contenía decenas de conchas trabajadas.

“Conforme vamos avanzando en el trabajo de exploración, las ofrendas van siendo cada vez más numerosas, ricas y variadas”, expresó. Aparte del más reciente depósito, en los últimos tramos del túnel se han recuperado “más de 4 mil objetos de madera en perfecto estado de conservación, más de 15 mil semillas de diferentes plantas y restos de piel, posiblemente humana, que se someterá a análisis”.

“Cabe mencionar —anotó— que toda esta actividad ritual se realizó hacia 150- 200 d.C., en la fase Miccaotli, cuando se modificó en tres grados toda la traza de Teotihuacan, para lo cual se derrumbaron estructuras previas. En el caso de La Ciudadela se han encontrado vestigios de una pirámide previa al Templo de la Serpiente Emplumada, así como de una cancha de Juego de Pelota de 137 m de longitud, a 100 m de la entrada del túnel.

“Tenemos todas las evidencias que corroboran que la Ciudadela era utilizada como un santuario para recrear no sólo los mitos de la creación original, sino también con fines políticos. Seguramente las estructuras de poder utilizaban este espacio para justificar su ejercicio”.


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Porfirio Díaz: Poder, paz, y progreso

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La capital de México se convirtió en un lugar para ser visto, un sólido y silencioso testimonio a la grandeza del líder mexicano que había logrado mucho. Un mundo enamorado con el orden, el progreso y la prosperidad estaba presto para alabar a Díaz y su obra.
La capital de México se convirtió en un lugar para ser visto, un sólido y silencioso testimonio a la grandeza del líder mexicano que había logrado mucho. Un mundo enamorado con el orden, el progreso y la prosperidad estaba presto para alabar a Díaz y su obra.

Del texto de Stanley R. Ross (traducido y adaptado por Eduardo Barraza)

Primera de tres partes

Comenzando en 1876, Porfirio Díaz gobernó a México por 31 años, 27 de ellos consecutivamente. Su régimen representa el trasfondo social inmediato de la Revolución Mexicana. Esto es verdadero no solamente en el sentido cronológico, sino también en términos de los orígenes del levantamiento armado. El régimen de Díaz sirvió como un escenario propicio para el agravamiento de los profundamente enraizados reclamos del pueblo y la introducción de nuevos malestares sociales. Y fue como un golpe fuerte en contra de un régimen político que la primera fase de la Revolución fue lanzada. Una vez que la fachada del viejo régimen fue quebrantada políticamente, el camino estuvo abierto para una reforma social y económica. La descripción del régimen de Díaz parte de una biografía de Francisco I. Madero, iniciador de la primera fase  de la Revolución Mexicana.

El régimen de Díaz marca un cambio sorprendente en el ritmo de la vida de la nación mexicana. La violenta irregularidad de los asuntos políticos dio paso al ritmo constante de lo que parecía una perpetua continuación de Díaz en el poder. Mientras que la política estaba controlada, el desarrollo económico de la nación era acelerado, con rapidez y por la fuerza. El gobierno de Porfirio Díaz fue el milagro económico del México del siglo XIX.

Desde el logro de su independencia, México había sufrido de caos. Los gobiernos previos a 1876 duraron menos de un año en promedio, y solamente dos administraciones completaron su periodo prescrito constitucionalmente. El gobierno, como una institución confiable y regular, había desaparecido, y el progreso económico había sido limitado. En contra de este trasfondo, el régimen de Díaz apareció milagrosamente. Díaz había llegado al poder, en conformidad con el patrón de la política mexicana desde la independencia, a través de la violencia y el poder militar. Como había sucedido antes con mucha frecuencia, la constitución había servido como justificación para una revolución enraizada en la ambición del poder y el estatus político.

Una vez en control, Díaz luchó para dar a México paz y estabilidad interna. Donde otros presidentes no habían podido mantenerse ellos mismos en el cargo político, Díaz procedió a gobernar por 31 años, los últimos 27 en forma consecutiva, como se apuntó anteriormente. Donde bandidaje, revolución y guerra habían sido previamente la constante, la nueva era fue perturbada solamente por brotes esporádicos, los cuales fueron rápidamente y eficientemente eliminados. El segundo objetivo de Díaz, después de la paz, fue su lema de “nada de política y mucho de administración”. Traducida a la práctica, la frase advertía que ninguna intromisión de oposición sería tolerada. A cambio se ofreció la promesa de un gobierno eficiente trayendo orden, progreso, y prosperidad de clase alta. En efecto, el logro del progreso material y prosperidad fue una característica notable del periodo de Díaz. Paz política y estabilidad fueron hechas las bases para el avance económico, para la rápida y forzada industrialización.

Los resultados de esa política pueden leerse en las estadísticas de las mejoradas finanzas gubernamentales, las enormes inversiones extranjeras, el desarrollo del ferrocarril, la expansión del comercio, la industria y la minería. Las mejoras internas no fueren relegadas. Los puertos fueron mejorados, mientras que las costas fueron delineadas y faros fueron construidos. La Ciudad de México fue convertida en una moderna metrópolis con amplias avenidas, tranvías eléctricos, e impresionantes, si bien extravagantes, edificios públicos. La capital se convirtió en un lugar para ser visto, un sólido y silencioso testimonio a la grandeza del líder mexicano que había logrado mucho. Un mundo enamorado con el orden, el progreso y la prosperidad estaba presto para alabar a Díaz y su obra.



Descubrimientos arqueológicos en obras de Línea 12 del Metro en México

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Los cráneos formaron parte de un un altar donde se ensartaban las cabezas de cautivos sacrificados en la zona de la estación del tren urbano de Ermita. Foto: DSA-INAH
Los cráneos formaron parte de un un altar donde se ensartaban las cabezas de cautivos sacrificados en la zona de la estación del tren urbano de Ermita. Foto: DSA-INAH

(Ciudad de México) — La Ciudad de México es fuente frecuente e inagotable de impresionantes descubrimientos arqueológicos. El subsuelo de una de las metrópolis más pobladas del mundo es un ámbito poblado de vestigios del pasado mexicano, cuyos descubrimientos continúan armando, pieza por pieza, un rompecabezas de historia, cultura y religión antiguas.

Desde el inicio de la construcción del tren urbano en el corazón del Distrito Federal, en 1967, una gran cantidad de hallazgos arqueológicos han enriquecido el conocimiento del pasado de la gran Ciudad de México. El Sistema de Transporte Colectivo, Metro, fue inaugurado el 4 de septiembre de 1969. Desde entonces, la red del Metro se ha extendido prácticamente por toda la ciudad.

Al finalizar el 2013, el Instituto Nacional de Antropología e Historia informó el descubrimiento de cuatro cráneos durante las obras de la Línea 12 del Metro de la Ciudad de México.

El reporte fue hecho por María de Jesús Sánchez Vázquez y Georgina Tenango Salgado, arqueólogas de la Dirección de Salvamento Arqueológico (DSA) del (INAH). Los cuatro cráneos son parte de los descubrimientos hechos durante la obras de extensión del Metro que comprendieron un periodo desde octubre de 2008 a agosto de 2012, y a través de un tramo de 24.5 kilómetros (unas 15 millas) de la Línea 12 de transporte subterráneo.

Según el comunicado del INAH, los cráneos pertenecieron a dos hombres, una mujer y a un perro, que formaron parte de un “tzompantli” -un altar donde se ensartaban a la vista pública las cabezas de cautivos sacrificados- en la zona de transbordo de la estación del tren urbano de Ermita, que datan del periodo Posclásico Tardío (1350-1521 d.C.)

Las arqueólogas añadieron que los cráneos presentan una perforación a la altura de la sien, una indicación de que pudieron haber sido atravesados con una vara para colocarlos en el tzompantli.

Respecto al cráneo del cánido, la arqueóloga Sánchez señala que su es posible que presencia en el altar donde se encontró se deba a que los perros estaban relacionados con los ritos funerarios, y que esta es la primera vez que se tienen referencias del cráneo de uno de estos animales en un tzompantli.

En general, las obras de extensión de la Línea 12 del Metro sacaron a la luz evidencias de casas habitación, tlecuiles (hornos hechos de adobe), pisos, canales de piedra y lajas, esculturas, abundante material cerámico y lítico, y un centenar de entierros, en su mayoría de niños pequeños.

Emiliano Zapata y su reforma agraria, un ejemplo perdurable

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Las ideas de Zapata concordaron en gran parte con la tradición anarquista mexicana y su principio básico de la propiedad comunal de la tierra, la cual se basa en las tradiciones indígenas. Ilustración: Barriozona Magazine © 2013
Las ideas de Zapata concordaron en gran parte con la tradición anarquista mexicana y su principio básico de la propiedad comunal de la tierra, la cual se basa en las tradiciones indígenas. Ilustración: Barriozona Magazine © 2013

Porfirio Díaz había tomado el poder en México en 1876. Su política reforzó las desigualdades en la estructura social de la población de México así como en la propiedad de la tierra.

El lema “Tierra y Libertad” -adoptado por Emiliano Zapata- había sido acuñado por un partido revolucionario en Rusia tres décadas antes del estallido de la Revolución Mexicana en 1910.

La lucha por la tierra y los derechos sociales se encontraba en el núcleo de la Revolución Mexicana entre 1910 y 1920. Emiliano Zapata, un campesino de nacimiento, fue una figura clave en el movimiento revolucionario, liderando fuerzas de campesinos en el sur de México. Su objetivo era resolver el conflicto a través de una combinación de derechos, garantías y lucha armada.

Las ideas de Zapata concordaron en gran parte con la tradición anarquista mexicana y su principio básico de la propiedad comunal de la tierra, la cual se basa en las tradiciones indígenas. Para garantizar el desarrollo político y económico de México, Zapata quería romper el monopolio de los hacendados o propietarios de las plantaciones, y unir al país –campesinos y empresarios por igual– detrás de una agenda de reforma del Estado. El aprovechamiento de los recursos nacionales de trabajo y producción también asegurarían su independencia en la escena internacional.

Emiliano Zapata

La visión de Zapata se cristalizó en su Plan de Ayala 1911. Este proyecto de reforma exigió elecciones libres, el fin de la dominación de los hacendados y la transferencia de los derechos de propiedad a los pueblos y los ciudadanos.

A grandes rasgos, el Plan de Ayala era un documento elaborado en el que Zapata denunció el presidente Francisco I. Madero por su supuesta traición de los ideales revolucionarios, consagrados en el Plan de San Luis de Madero, y en el que expuso su visión de la reforma agraria.  El plan fue proclamado por primera vez el 25 de noviembre de 1911 en la ciudad de Ayala, Morelos, y más tarde fue modificado el 19 de junio de 1914.

Como la mayoría de los líderes de la Revolución Mexicana, Zapata fue asesinado antes fin del conflicto armado. Su muerte ocurrió el 10 de abril de 1919 en Chinameca, estado de Morelos, México. Zapata tenía 39 años de edad al tiempo de su asesinato.

Aunque la reforma agraria fue promulgada en la década de 1920, las enormes desigualdades persistieron. Sin embargo, las ideas de Zapata dejaron un legado perdurable en México, e inspiraron los últimos movimientos campesinos indígenas zapatistas de Chiapas.

Artículo relacionado: Emiliano Zapata y su lucha por la tierra

Encuentran cráneo en sitio arqueológico de Tlatelolco en México

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Este es el cráneo que fue encontrado por accidente en el sitio arqueológico de Tlatelolco. Es posible que este hallazgo lleve a un descubrimiento de mayor proporción. Foto: Melitón Tapia | INAH-CONACULTA
Este es el cráneo que fue encontrado por accidente en el sitio arqueológico de Tlatelolco. Es posible que este hallazgo lleve a un descubrimiento de mayor proporción. Foto: Melitón Tapia | INAH-CONACULTA

Ciudad de México – Arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) encontraron un cráneo de 500-años de antigüedad -aparentemente de una persona decapitada- en la zona arqueológica de Tlatelolco. El cráneo es parte de una pequeña ofrenda junto al Gran Templo de este sitio precolombino.

En un comunicado, el arqueólogo Salvador Guilliem, quien dirige el Proyecto de Tlatelolco, dijo que el cráneo se encontraba dentro de una vasija y probablemente perteneció a un adulto joven. Ambas piezas se encuentran en un nivel de estructura relacionada con la construcción de la etapa VII-A del Templo, que se cree fue construida entre 1500 y 1515 AD.

Guilliem explicó que el hallazgo se produjo durante la primera fase de un trabajo de exploración arqueológica, por lo que no se ha podido determinar aún la proporción de la ofrenda. Dijo que no saben si hay más restos humanos asociados con el cráneo. Los trabajos continúan en este sitio, al norte del centro de la Ciudad de México.

Tlatelolco es un sitio de excavación arqueológica en la ciudad de México. Ahí hay restos de la ciudad-estado pre-colombina del mismo nombre que han sido excavados. Nonoalco-Tlatelolco, un proyecto masivo de vivienda, fue construido alrededor de las ruinas en la década de 1960. En 1968, la brutal masacre de estudiantes tuvo lugar en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, justo antes de los Juegos Olímpicos. El terremoto de 1985 derrumbó y dañó muchas de las estructuras de viviendas modernas.

Un hallazgo más sorprendente ocurrió el 10 de febrero de 2009, cuando los arqueólogos anunciaron el descubrimiento de una fosa común con cuarenta y nueve esqueletos humanos. Estaban dispuestos en líneas bien ordenadas sobre la espalda, con los brazos cruzados y envueltos en hojas de maguey. Los arqueólogos encontraron los esqueletos en un cementerio de 13-por-32 pies.

El arqueólogo dijo que todavía tienen que realizar estudios de antropología física, pero en base a la dentadura del cráneo, su equipo ha establecido que es la de un adulto, probablemente un prisionero de guerra que fue decapitado. La ausencia de otros huesos en esta etapa puede haber dado lugar a la teoría de la decapitación.

El descubrimiento se produjo después de que un custodio a cargo de tareas de limpieza de conservación reportó haber encontrado lo que parecía ser una olla enterrada. Guilliem y la arqueóloga Paola Silva procedieron a inspeccionar, excavar y rescatar el hallazgo y se determinó que se trataba de una pequeña ofrenda que había sido cubierta con losas de piedra. Las fuertes y constantes lluvias en la Ciudad de México causaron un pequeño deslizamiento de tierra, lo que llevó al descubrimiento.


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María Sabina: La sacerdotisa de los hongos

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Toda la vida de María Sabina transcurrió en su montaña de Huautla, Oaxaca donde ayudó a los suyos, a la gente sencilla de la región de la aldea y de otras pequeñas comunidades. Ilustración basada en imágenes de Adalberto Arroyo Ríos | Barriozona Magazine © 2016
Toda la vida de María Sabina transcurrió en su montaña de Huautla, Oaxaca donde ayudó a los suyos, a la gente sencilla de la región de la aldea y de otras pequeñas comunidades. Ilustración basada en imágenes de Adalberto Arroyo Ríos | Barriozona Magazine © 2016

En su mundo enigmático al que trataron de penetrar los ojos curiosos del mundo que se dice civilización, María Sabina, “La Sacerdotisa de los Hongos”, como se le conocía, abrió una brecha hacia un porvenir que no por iluso y fantástico, dejó de ser un oasis en la vida violenta, egoísta y destructora del hombre moderno.

Hasta su choza humilde, templo de una esperanza perdida en nuestros días, llegaron la curiosidad científica, la morbosidad viciosa, y el interés artístico de seres de todas partes del mundo. Sus elementos curativos, divinos, fueron sacrílegamente utilizados con fines distintos a los de su “hechicería” ingenua y bondadosa.

“Los hongos alucinógenos”, de Huautla de Jiménez, en Oaxaca, como se les conoce en la civilización, traspasaron fronteras en su prestigio, sobre todo en aquellos que en busca de una evasión malsana, abusaron de sus cualidades “espirituales” para vivir un mundo ficticio de imágenes incongruentes y pensamientos absurdos.

Sólo un grupo de cineastas pudo convencer a María Sabina, la anciana misteriosa de Oaxaca, de divulgar sus ritos ancestrales para dignificar la imagen que de sus “niños santos” – los hongos alucinógenos – se había regado por todo el mundo. Sus ritos quedaron plasmados en el documental fílmico “María Sabina, Mujer Espíritu”, que fue exhibido en premier benéfica en la Ciudad de México, hace ya casi 28 años.

La anciana accedió a la filmación y a estar presente en la premier, con la condición solidaria de que las recaudaciones se donaran íntegramente a los suyos, a los habitantes de Huautla, Oaxaca, en cuyas montanas habitan los espíritus invocados por Sabina.

Así, el miércoles 27 de junio de 1979, María Sabina se confundió con la civilización. Su primer encuentro fue el lunes 25, cuando descendió del avión que la condujo a la capital de los ejes viales, del smog, de la contaminación sonora y de tantas calamidades.

La anciana “Chaman” vio en la pantalla pasajes de su propia vida, en donde invocaba a Cristo y a Juárez a la vez; manejando el cabalístico número 13, para llamar en su auxilio a los tlacuaches y a los gavilanes y así curar a los enfermos, mientras fumaba un puro con la atmósfera llena de vapores de copal y de exóticos aromas de hongos semicachinados.

Toda la vida de Sabina transcurrió en su montaña de Huautla, donde ayudó a los suyos, a la gente sencilla de la región de la aldea y de otras pequeñas comunidades circunvecinas, alejada de toda la morbosidad de extraños que sabían de su existencia y de sus ritos.

Ella intuía que su misión estaba reñida con la publicidad y con el escándalo, que se engendra entre los que se dicen civilizados, pero los afrontó con el misticismo de su mundo como respuesta a su necedad.


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