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Benito Juárez, modelo de superación intelectual

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Benito Juárez fue un hombre de grandes contrastes. A través de la historia su imagen y su legado han tomado diferentes matices. Ilustración: Barriozona Magazine © 2016
Benito Juárez fue un hombre de grandes contrastes. A través de la historia su imagen y su legado han tomado diferentes matices. Ilustración: Barriozona Magazine © 2016

Hablar de Benito Juárez es volver a revisar la historia de los hombres ilustres mexicanos quienes escribieron capítulos de liderazgos y de cambios sociales dentro de la sociedad mexicana.

El lugar de origen de Juárez fue en San Pablo Guelatao, a treinta minutos de la capital de Oaxaca. Se queda huérfano a temprana edad, y esta tragedia afectó su desarrollo normal dentro del contexto sociocultural de su época. Aunque su pueblo, aislado de la ciudad civilizadora, y su orfandad le negaron el calor paternal, pareciera que Juárez fuera un elegido de la providencia divina para no resignarse a vivir como analfabeta, pobre y sin futuro.

Sin embargo, Juárez se desprendió de la placenta bio-cultural de su pueblo y determinó valerse de si mismo y cortar el cordón umbilical de las ataduras socio-lingüísticas del primer mosaico de su pueblo natal.

Juárez vio que la única manera de vencer aquellos obstáculos de su infancia era auto-dirigirse a conquistar las barreras que le impedían. Lo primero que se propuso fue aprender el idioma español, instrumento del saber de las letras y de la civilización.

A Juárez, llegar a la ciudad le represento un océano extraño y aniquilador, al no tener seguro en donde pasar la noche, en donde vivir y cómo sobrevivir. ¿En dónde estarían los amigos? ¿Quiénes le extenderían la mano? Juárez recibió albergue con su hermana, y para su inmersión en el nuevo idioma y las letras le valió un laico franciscano de la ciudad. Este último vio en Juárez un elemento de interés religioso, pero no científico. Nadie puede imaginarse el grado de sufrimiento de un indígena analfabeta que se propuso conquistar la ciencia.

Su determinación fue recia y valiente, porque nada es fácil en la vida; todo tiene un precio. El abolir la ignorancia sólo se logra a través del sacrificio de la superación. La naturaleza no nos destinó para ser esclavos de la ignorancia, sino para conquistarla y así establecer una sociedad de letrados, donde se viva en paz, en justicia y en libertad.

Murales y muralistas mexicanos

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El arte excepcional del muralismo mexicano surgió después de la Revolución Mexicana.
El arte excepcional del muralismo mexicano surgió después de la Revolución Mexicana.

Muchos artistas mexicanos recurrieron al muralismo después de la Revolución Mexicana. En su libro Muralistas mexicanos, Desmond Rochfort relata que Gerardo Murillo (conocido como “Dr. Atl”) introdujo el muralismo como una respuesta nacionalista a una exposición de pintura española contemporánea financiada por el presidente Porfirio Díaz en una exhibición de 1910.

El presidente Díaz ejemplificaba la obsesión de la clase dominante de México con la cultura europea, mientras que la exhibición del Dr. Atl ponía de relieve la importancia del arte indígena mexicano.

Tres muralistas en particular, Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, se convirtieron en figuras importantes en este movimiento artístico. Rivera, Orozco y Siqueiros crecieron durante el Porfiriato, cuando la división de la tierra y la riqueza en México era excepcionalmente injusta.

Para Rivera y Siqueiros, en particular, sus tendencias políticas de izquierda influyeron en su trabajo; Siqueiros fue un estalinista prominente y Rivera, algunas veces era y otras veces no un trotskista o miembro del Partido Comunista de México. Orozco fue más crítico del número de víctimas que la Revolución costó a México.

La visión del muralista mexicano David Alfaro Siqueiros de esta desigualdad es evidente en su manifiesto para el Sindicato de Obreros Técnicos Pintores y Escultores, (1922), al declarar en el: “Repudiamos la pintura llamada de caballete y todo el arte de cenáculo ultraintelectual por aristocrático, y exaltamos las manifestaciones de arte monumental por ser de utilidad pública. Proclamamos que toda manifestación estética ajena o contraria al sentimiento popular es burguesa y debe desaparecer porque contribuye a pervertir el gusto de nuestra raza, ya casi completamente pervertido en las ciudades. Proclamamos que siendo nuestro momento social de transición entre el aniquilamiento de un orden envejecido y la implantación de un orden nuevo, los creadores de belleza deben esforzarse porque su labor presente un aspecto claro de propaganda ideológica en bien del pueblo, haciendo del arte, que actualmente es una manifestación de masturbación individualista, una finalidad de belleza para todos, de educación y de combate”.

Cómo llegó al poder Porfirio Díaz – segunda parte

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Según Lara y Pardo, en cuanto se consumó el triunfo de Porfirio Díaz como presidente de México, “los intereses americanos se apresuraron a hacer al nuevo mandatario cumplir sus promesas de generosas concesiones.” Ilustración: Barriozona Magazine © 2016
Según Lara y Pardo, en cuanto se consumó el triunfo de Porfirio Díaz como presidente de México, “los intereses americanos se apresuraron a hacer al nuevo mandatario cumplir sus promesas de generosas concesiones.” Ilustración: Barriozona Magazine © 2016

Extracto del libro De Porfirio Díaz a Francisco Madero, la sucesión dictatorial de 1911, de Luis Lara y Pardo (1912)

→ Continúa de la Primera parte

Al levantarse en armas el general Díaz en 1876, Lerdo acababa de aceptar la primera reelección. No era un dictador vitalicio. No era un tirano tampoco, ni en su breve gobierno había realizado matanzas ni aterrorizado ni asolado el país. Era un bon vivant [aficionado al lujo y a los placeres refinados]: que creía de buena fe en su popularidad y en su gloria y que se preocupaba bien poco de sus enemigos. Liberal de corazón, en cierto modo había continuado y consolidado la obra reformista de Juárez. Echado en brazos de una burocracia disipada, viciosa, ávida de oro más que de sangre, dejaba disfrutar de una libertad mil veces más amplia que la de las últimas, dos décadas del porfirismo. En tales circunstancias, su reelección era un pecado venial, y no podía tener en contra suya más enemigos, fuera de los, antirreeleccionistas por convicción profunda, que los militares que se consideraban despojados de triunfos soñados y los clericales que veían cada vez menos probable la reconquista de sus fueros. Es patente que los clericales no fomentaron la revolución de Tuxtepec.

Mas Lerdo había cometido un pecado capital. Su famoso apotegma “Entre la fuerza y la debilidad, el desierto” fue la sentencia de muerte de su gobierno. En esos momentos, el capital americano acababa de desbordarse en el oeste, llegan do hasta las márgenes del Bravo. Se tendían rieles a través de los desiertos de Nuevo México y de Colorado y de las cálidas llanuras tejanas hasta la línea divisoria, y era preciso que los productos de esas regiones, recién abiertas a la explotación, hallasen fáciles mercados. Y los yanquis, con la mirada vuelta hacia México, contemplaban a lo lejos las ciudades: Chihuahua, Durango, San Luis Potosí, Querétaro, Guanajuato y México, además de multitud de pueblos, villas y aldeas: en total, una población de diez millones de compradores, y un millón de kilómetros cuadrados vírgenes de arado, y una riqueza minera incalculable. ¿Cómo iban, pues, a tolerar la tenaz negativa de Sebastián, que, testigo de la actitud yanqui durante la intervención, conocía muy bien las intenciones del gran país hacia su desventurado y débil vecino? ¿Cómo no iba a estorbarles un gobierno que se negaba permitir que los rieles hollaran el suelo patrio y a dejar entrar aventureros ni colonos, ex pobladores ni colaboradores, de buena fe en la explotación legítima del suelo? Díaz y los suyos han reprochado a Lerdo que no hubiera tenido penetración suficiente para apreciar los beneficios de la inmigración de hombres y capitales extranjeros. Acúsasele de estúpido porque no creía en las excelsas virtudes de la inmigración. ¿Qué otra noción de ella había de tener el compañero de Juárez en la peregrinación a Paso del Norte, el testigo de la guerra famosa de los Pasteles, del incalificable despojo de 1847, los bonos Jecker y de la intervención francesa? Ante la historia, quién sabe cuál error haya sido más criminal, si el de Lerdo cerrando la puerta a la invasión yanqui (no a la civilización), o el general Díaz entregando país y pueblo a la rapiña extranjera.

Pero el error de Lerdo tenía que enajenarle la benevolencia americana, y el mismo gobierno de Washington que en tiempo de Juárez aprehendió al general González Ortega al querer éste internarse en son bélico en territorio mexicano, que durante la revolución de la Noria fue hostil a los rebeldes, no tomó la más leve disposición agresiva cuando el general tuxtepecano estableció su cuartel general en Brownsville. Todos los biógrafos del general Díaz consideran que el punto culminante de su vida política; el suceso más trascendental de todas sus campañas; el acto que decidió su destino y el del gobierno lerdista, fue la fuga de Tampico a Veracruz a bordo de un vapor, cuando estuvo a punto de ser cogido por las tropas gobiernistas. En tan importante episodio un americano, el cajero del buque, desempeñó el papel de providencia y se empeñó, arrostrando riesgos y molestias, en salvar al general Díaz. El buque ostentaba el pabellón de las barras y las estrellas.

¿Hizo todo esto por amor a México, o por odio al gobierno lerdista, o por afecto al general Díaz, o por indicación u orden de autoridades americanas?

La hipótesis del amor a México debe descartarse, tanto más cuanto que el mismo individuo desempeñó un puesto consular después, durante muchos años, bajo el gobierno de Díaz, y no se distinguió por su comportamiento: todo lo contrario, hubo al fin que removerlo. No por afecto al general Díaz, pues no había entre ellos, al decir de todos los biógrafos que narran el incidente, ninguna relación amistosa anterior. Quizá por odio a Lerdo, pero las compañías que hacen comercio internacional, que casi siempre reciben subvenciones u otros privilegios de los gobiernos con quienes tienen relaciones, procuran por lo general halagar a las autoridades, aunque cobren después sus halagos en la forma de contrabandos y demás violaciones a la ley. Es muy probable, pues, que haya obrado bajo la influencia de una sugestión oficial o semioficial, o, cuando menos de la opinión pública que, a su vez, tenía que estar influida por los intereses americanos a los cuales convenía un cambio de gobierno en México.

Es indudable que de los Estados Unidos recibió el general Díaz elementos militares para las tropas que opuso al gobierno en los combates. Es seguro que de allí recibió apoyo moral. Es muy probable que haya recibido apoyo directo de los intereses americanos, ofreciendo en cambio concesiones a manos llenas.

La historia de su gobierno es la más completa confirmación de ello. En una entrevista que “El Imparcial” publicó, se lee la declaración de que recién ocupada la capital, uno de los primeros actos de Díaz al entrar al poder fue firmar el contrato para la construcción del Ferrocarril Central, mediante una subvención crecida. Y eso en momentos mismos en que acababa de pedir del Banco Nacional de México, como un favor especial, un préstamo de cinco mil pesos para pagar a la guarnición sus haberes del día. “El Imparcial” cita el hecho como una prueba de la fe casi sobre humana del mandatario que no vaciló en contraer un compromiso cuantioso, aun en momentos en que cualquier otro, que no tuviera sorprendente clarividencia, habría vacilado. Para mí, que sé cuan poco entendía el dictador de los beneficios que los ferrocarriles traen consigo, para mí, que lo he visto patrocinar los proyectos más descabellados y oponerse a los planes más ventajosos para la nación cuando no eran apoyados por la presión extranjero o por la súplica de los amigos, tal clarividencia es un mito. Para mí, la hazaña que tanto se ha ponderado, demuestra de un modo clarísimo que, en cuanto se consumó el triunfo, los intereses americanos se apresuraron a hacer al nuevo mandatario cumplir sus promesas de generosas concesiones.

En capítulos posteriores, en que examinaré los principales actos, administrativos del general Díaz, desde el punto de vista de los intereses nacionales, se verá demostrado como el dictador consideraba su más firme apoyo el que le venía de más allá de las fronteras mexicanas, hecho que, por otra parte, está en la conciencia de todos los mexicanos.

En suma, el general Díaz llegó al poder por una revolución promovida por un grupo civil y militar, cuyo director intelectual no era él. Subió a la presidencia en brazos de un partido político, heterogéneo si se quiere, imperfectamente organizado todavía, pero de todas suertes un partido político que le impondría sus principios o siquiera sus intereses. El principal apoyo, fuera de ese partido, le vino del exterior, a cambio de compromisos económicos más o menos amplios, cuya extensión es imposible calcular, a falta de documentos. Pero, en todo caso, no escaló la presidencia en alas de su propia popularidad, de su incontrastable prestigio personal; no fue una conquista individual.

Testigos presenciales de los acontecimientos de esa época convienen, todos a una, en que el general Díaz inspiraba cierto desdén, por su rudeza y porque se le suponía de cortos alcances intelectuales. La prensa lerdista lo motejaba y lo hacía objeto de burlas sangrientas por ese motivo, y sus correligionarios, los directores intelectuales de la revolución, le tenían nada más que por instrumento, y durante algún tiempo, le impusieron actos políticos y administrativos.

Fuera de ese grupo, la mayoría del pueblo lo veía con indiferencia, con la eterna indiferencia de los pueblos, que han estado esclavizados por siglos. Sólo podía tener en contra el grupo conservador, la pretendida aristocracia, el clero, los despojos del viejo monarquismo, no extinguido total mente aún. La burocracia lerdista no tardaría en convertirse al tuxtepecanismo, y sería recibida con los brazos abiertos, como que traería el refuerzo de su tenaz adhesión a todo el que dispone del tesoro nacional.

En tales condiciones el general Díaz entró a ejercer el cargo de presidente constitucional el 5 de mayo de 1877.  Regresar a la Primera parte 

Cómo llegó al poder Porfirio Díaz

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Según Lara y Pardo, los contemporáneos que alababan a Porfirio Díaz “lo ungieron semidiós, proclamándolo el mejor general de México, y exageraron mucho sus hazañas”. Ilustración: Barriozona Magazine © 2016
Según Lara y Pardo, los contemporáneos que alababan a Porfirio Díaz “lo ungieron semidiós, proclamándolo el mejor general de México, y exageraron mucho sus hazañas”. Ilustración: Barriozona Magazine © 2016

Extracto del libro De Porfirio Díaz a Francisco Madero, la sucesión dictatorial de 1911, de Luis Lara y Pardo (1912)

Para formarse cabal idea de la situación política de México en las postrimerías del gobierno porfiriano, es indispensable hacer una reseña, aunque sea breve, de cómo llegó Díaz al poder y cómo gobernó durante los treinta y cinco años de su régimen. Es claro que para hacer la historia de su última revolución y de sus actos de jefe de Estado era menester un trabajo larguísimo, queriendo, sobre todo hacer una crítica justa de su gobierno. Mas no siendo ese el fin principal de estos apuntes, y habiéndose escrito tanto respecto a los actos administrativos y políticos del gobierno que él presidió, bastará delinear en breves páginas lo más pertinente para esbozar la transformación que se operó en él, de jefe liberal y republicano en caudillo revolucionario, luego en presidente constitucional, y por último en dictador vitalicio. Parecerá extraño que lo llame dictador vitalicio en estos momentos en que, derrocado ya, no tiene la menor participación en el gobierno de México, y cuando precisamente se ha desvanecido su más vivo ensueño de morir reinando; pero la verdad es que en los últimos años de su régimen gobernó exactamente como si fuese un dictador vitalicio, y él, menos que nadie, pensaba que habría de irá pasar sus últimos años en el destierro.

Porfirio Díaz en 1876 era un caudillo militar de prestigio mediano. Los panegiristas que a últimas fechas lo ungieron semidiós, proclamándolo el mejor general de México, exageraron mucho sus hazañas. En realidad su hoja de servicios durante la guerra de Reforma había sido notablemente buena; durante la Intervención había corrido la suerte de la generalidad de los jefes republicanos no mancillados por la defección: vencido siempre que la estrategia y la superioridad militar de los franceses eran manifiestas; manteniéndose a la defensiva durante el primer período de la campaña, hubo de retirarse, perseguido, hasta entregarse en Oaxaca, para surgir después guerrillero audaz y astuto, temerario, en el primer momento en que el imperio comenzó a vacilar. Tocóle en suerte operar en la zona que abandonaron las huestes imperiales, mientras Maximiliano llevaba consigo hacia el Norte, en un esfuerzo desesperado, la flor y nata de sus tropas para caer en Querétaro, y dejaba punto menos que desguarnecido el resto de su deleznable imperio. Pero las victorias del general Díaz no fueron más grandes ni más brillantes ni de mayor trascendencia que las de San Jacinto, Santa Gertrudis y Querétaro. Había, pues, caudillos que tuvieran tanto derecho como él a la gloria.

Más que de guerrero, tenía fama de benévolo, desinteresado y recto administrador. Había entregado un sobrante en las cajas de su ejército, pagaba sus tropas con exactitud, reducía el saqueo y la matanza al mínimo en esa última parte de la campaña, en que toda represalia era sencillamente un asesinato, por ser tan débil e inútil la resistencia del enemigo. Era también modesto: al entrar en la ciudad, capital del Imperio, fue a alojarse a una habitación privada, como queriendo que su personalidad quedase en segundo término, para que el primero tocara a Juárez, dando así el primer ejemplo de sujeción al poder civil.

Juárez era, en efecto, el poder civil el primer caso en México, de un poder civil que se sobrepone al caudillaje, producto nefasto de la guerra, en vez de sometérsele. Mas el caudillaje no podía tolerar ser relegado al segundo término; los militares, cargados de glorias, legítimas, o bastardas, y de ambiciones, necesitaban asaltar la presidencia de la restaurada república, como supremo botín de guerra.

Así surgió la rebelión de la Noria, de la cual el prestigio militar del general Díaz no salió muy bien librado, y así surgió más tarde el plan de Tuxtepec.

Pero en Tuxtepec, no era exclusivamente la sublevación del militarismo contra el poder civil; aquí el grupo de los caudillos militares que se lanzaban en pos del botín de que se consideraban desposeídos por el presidente Lerdo, no era ni el único ni el más importante. El antirreeleccionismo, que reaccionó débilmente en tiempo de Juárez, tomó mayores ímpetus ante la inercia de don Sebastián, y las filas revolucionarias se engrosaban a cada paso con los antirreeleccionistas de buena fe, y también con todos los odios, los despechos, los rencores que una administración prolongada y corrompida esparce por donde quiera. Si en la Noria la rebelión fue obra de un grupo militar desorganizado casi, en Tuxtepec fue producto de una organización ya más avanzada, con mayor cohesión, y más ampliamente difundida. El plan de Tuxtepec era la proclama de un grupo. Aunque el general Díaz asumía el mando en jefe del ejército que entonces se llamó regenerador, lo hacía sólo en virtud de ser uno de los jefes militares de mayor graduación y tener honrosa hoja de servicios. Más adelante, el mismo general Díaz reformó el plan agregándole una trampa por medio de la cual Iglesias, a quien tocaba por ley la presidencia en el caso ya muy probable de que Lerdo la abandonase, se vería en el dilema de aceptar la revolución o ser igualmente desposeído para que el gobierno interino recayera en el jefe supremo del ejército rebelde. De tal modo el general Díaz no aparecía como aspirante directo a la presidencia sino como jefe de una revolución, y, al triunfo de ésta, el caudillo, quien quiera que fuese, sería quien recogiera el botín de la campaña.

Todo esto demuestra, sin que haya lugar a duda, que el general Díaz no era sino el jefe militar de un grupo revolucionario, o bien que no contaba entonces con la arrasadora e incontrastable popularidad personal que hubiera hecho de su nombre, por sí mismo, una bandera. Los hechos dicen que la revolución de Tuxtepec fue obra de un grupo numeroso en que el elemento civil era importante. Apoyábanla civiles como Justo Benítez y Protasio Tagle, y hubo otros, como Riva Palacio, que, siendo militares, la apoyaron más civilmente que con la espada. Y quién sabe si la campaña periodística de Riva Palacio no haya sido más eficaz para el derrumbamiento de Lerdo que las acciones, guerreras, más bien malaventuradas que felices, del general Díaz.

Efectivamente, la campaña militar de 1876 no es para aumentar el prestigio militar del caudillo. Sus, panegiristas han pasado siempre como sobre ascuas por ese período de su narración, y, ninguno de ellos se ha atrevido a computar como victorias los encuentros en Epatlán e Icamole, entre los de mayor importancia. Los más audaces consideran que en esas acciones, de guerra no hubo resultado decisivo; pero la verdad es que las fuerzas revolucionarias resultaron maltrechas. Y sin embargo, la revolución adelantaba moralmente, ganaba terreno en el sentimiento público, gracias a la acción de los civiles. El mismo general Díaz, en una de las muchas autobiografías que se han publicado, confiesa que estuvo a punto de perder la batalla de Tecoac. Salvólo la tenacidad de los suyos y el auxilio oportunísimo del valiente guerrillero Don Manuel González. El general Díaz no olvidó jamás que a González le debía el triunfo, y por eso dejó que él y sus compadres, amigos, parientes y secuaces, se hartaran con los fondos de la nación.

Durante casi toda la campaña de Tuxtepec, la superioridad militar estuvo de parte de los lerdistas. Sucedió entonces algo semejante a lo que hemos visto en la revolución de 1910. El gobierno lerdista, aunque no tan rico como el de Díaz en 1910, procuró dotar bien a su ejército, y envió al campo de batalla a sus mejores generales, varios de ellos muy superiores por sus conocimientos en el arte de la guerra al general Díaz. Por mucho tiempo éste anduvo a salto de mata, y él mismo ha referido todas sus angustias de perseguido, y cuántas veces estuvo a punto de caer en manos de los lerdistas. Lo que admira en ese período de la campaña, no es la estrategia, ni la sabiduría militar, ni la habilidad técnica del general Díaz, sino su tenacidad, su astucia para huir, su ingenio para ocultarse, su resistencia formidable a los golpes que del enemigo y de la fortuna recibiera. De pronto, la faz de la campaña cambió totalmente. Y es cuando, después de refugiarse en territorio americano, hace la travesía desde Tampico y aparece en el estado de Veracruz al frente de mejor organizadas tropas.

Y aquí cabe hacer una reflexión muy importante. ¿Fueron los Estados Unidos ajenos a la revolución de Tuxtepec?

Llegará el tiempo en que se sepa contestar de una manera cierta y exacta a esa interrogación. A investigarlo he dedicado algún tiempo durante mi destierro, pues considero de la mayor importancia para la conservación de la nacionalidad mexicana, que sepamos con toda exactitud cuáles han sido las relaciones entre los, gobiernos de Washington y de México, sobre todo en las épocas de trastornos políticos. Es el problema capital, del que depende el porvenir de nuestra patria y de nuestra raza. Es la clave de nuestro destino. Desgraciadamente la prueba documental no se halla al alcance de todos. Los archivos oficiales sólo se han abierto para los amigos del general Díaz, deseoso, más que nadie, de falsificar la historia. Los escritores y los diplomáticos americanos, que sí tendrían acceso a toda la documentación indispensable, no se empeñarían en descubrir la trama secreta de estas relaciones. Nada les importa que permanezcan ignoradas las influencias misteriosas que han inyectado periódicamente virus revolucionarios por la frontera del río Bravo, cada vez que a esta plutocracia sin escrúpulos, sin conciencia, sin patria, y sin más dios que el oro, le ha parecido conveniente.

Incapaz, pues, de ofrecer pruebas documentales, sólo presentaré presunciones suficientes para fundar una hipótesis que, en mi sentir, satisface el requisito fundamental para ser admisible: no estar en desacuerdo con ninguno de los hechos comprobados.

Para nadie que haya meditado un poco es un secreto la influencia que los Estados, Unidos han tenido en la marcha de los países de origen español situados al norte del Istmo de Panamá. Más adelante, cuando haga un bosquejo de la revolución maderista, haré conocer hechos importantísimos que demuestran cómo, bajo la máscara hipócrita de una benevolencia de vecinos amables, los Estados Unidos, se esfuerzan en ejercer un protectorado que la debilidad, el egoísmo y la falta de patriotismo de nuestros caudillos y gobernantes han tolerado muchas veces.   → Continúa en la Segunda parte

Tumbas de gobernantes mexicas podrían ubicarse en 2016

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Los continuos trabajos de excavación frente a las ruinas del Templo Mayor en la Ciudad de México han puesto a los arqueólogos en el umbral de lo que pudieran ser las tumbas de los tlatoanis mexicas. Foto: Eduardo Barraza | Barriozona Magazine © 2015
Los continuos trabajos de excavación frente a las ruinas del Templo Mayor en la Ciudad de México han puesto a los arqueólogos en el umbral de lo que pudieran ser las tumbas de los tlatoanis mexicas. Foto: Eduardo Barraza | Barriozona Magazine © 2015

(Ciudad de México) – Arqueólogos mexicanos pudieran estar en el umbral de descubrir las tumbas de algunos de los tlatoanis mexicas que gobernaron en la antigua Tenochtitlan –hoy Ciudad de México.

Un reciente anuncio del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) revela el descubrimiento de un estrecho pasillo que conduce al centro de una plataforma circular.

El pasillo termina con dos cámaras laterales dentro de las cuales los arqueólogos suponen podrían estar los restos de algunos gobernantes mexicas.

La plataforma circular, conocida como Cuauhxicalco, el pasillo y las cámaras son parte del Recinto Sagrado de lo que fue la capital del imperio mexica. Las ruinas están contiguas a las del Templo Mayor.

Recientes hallazgos como este son resultado de casi cuatro décadas de trabajo arqueológico desde el descubrimiento de la piedra Coyolxauhqui en 1978, el cual dio paso a la excavación de las ruinas del Templo Mayor.

Cuauhxicalco fue descubierta en 2013 y durante las exploraciones en el lado norte de la estructura, miembros del Proyecto del Templo Mayor encontraron —como parte del piso de la plaza— una lápida de piedra andesita de tres toneladas.

Al remover la lápida se encontró una gran caja de ofrenda, rellenada con los sillares de un muro desmantelado.

El muro sur ocultaba tras de sí el pasillo que conduce a las cámaras que se cree son funerarias. Al fondo del pasillo se hallaron dos tapias de mampostería que parecen sellar dos viejos accesos.

Fuentes usadas por los arqueólogos indican que Cuauhxicalco era un edificio de carácter funerario. Los investigadores dicen que existe la posibilidad que tras esas tapias estén dos pequeños cuartos en lo que estén los restos incinerados de algunos gobernantes de Tenochtitlan.

Los arqueólogos piensan que quizás se trate de las tumbas de Moctezuma I y sus sucesores, Axáyacatl y Tízoc. La conjetura se basa en las etapas constructivas reflejadas en dicha estructura.

Los trabajos de exploración en el sitio arqueológico se retomarán en 2016, y los mismos pudieran, además de ubicar las tumbas de los gobernantes mexicas, seguramente darán lugar a otra ola de importantes hallazgos y a la recuperación de nuevas piezas del mosaico histórico de la gran Tenochtitlan.

Pancho Villa y su falsa muerte en 1916

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La noticia de la supuesta muerte de Francisco Villa se ublicó en la primera plana de un diario de Estados Unidos en 1916.
La noticia de la supuesta muerte de Francisco Villa se ublicó en la primera plana de un diario de Estados Unidos en 1916.

El general revolucionario Francisco “Pancho” Villa habría muerto a días de que una expedición punitiva lanzada por el ejército de Estados Unidos comenzara en territorio mexicano, en 1916.

“VILLA ESTÁ MUERTO ES EL INFORME”. Así leía el titular en la primera plana del periódico estadounidense “The Democratic Banner” en su edición del 18 de abril de ese año.

La noticia, fechada un día antes en El Paso, Texas, no sólo daba cuenta de la muerte del hombre más buscado por Estados Unidos en esos días, sino de la presunta exhumación e identificación de su cadáver.

El “Centauro del Norte”, buscado por tropas estadounidenses al mando del General John J. Pershing, había muerto tras una supuesta herida de bala en su rodilla izquierda. El deceso del buscado revolucionario se había debido, según el reporte del diario, a una gangrena.

El periódico se basaba en un informe sobre el hallazgo de los restos de Villa desenterrados en un rancho de Chihuahua, que provenía de allegados a Venustiano Carranza —entonces Jefe del Ejército Constitucionalista mexicano— y otras fuentes aparentemente fidedignas.

Estados Unidos tras la pista de Villa
El gobierno de Estados Unidos había autorizado, tres días antes de la noticia de la supuesta muerte de Pancho Villa, una expedición militar con el propósito de capturarlo. La orden se había emitido el 14 de marzo de 1916, tras el ataque de Villa y sus soldados contra un destacamento estadounidense, perpetrado cinco días antes —el 9 de marzo— en el poblado de Columbus, Nuevo México.

El general Pershing (centro) fue asignado a una expedición dificil: encontrar al scurridizo Francisco Villa para castigarlo por el mortal ataque en Columbus, Nuevo México.
¿DÓNDE ESTÁ VILLA? El general Pershing (centro) fue asignado a una expedición dificil: encontrar al escurridizo Francisco Villa para castigarlo por el mortal ataque en Columbus, Nuevo México.

Tras el anuncio de la presunta muerte de Villa, en Washington, D.C., funcionarios del gobierno de EE.UU. afirmaron que las tropas estadounidenses se retirarían de México inmediatamente si se demostraba que Francisco Villa en realidad está muerto.

No es preciso si lo que no resultó ser más que un rumor haya sido de alguna manera propagado por quienes apoyaban a Villa con el fin de ayudarlo a eludir al ejército de EE.UU., o simplemente una confusión dentro de la paranoia estadounidense por localizar al jefe revolucionario. Es muy probable que la historia de un cadáver exhumado haya sido verdadera, y que en el contexto de la búsqueda por Villa se haya llegado a creer que los restos pertenecían en verdad a los del atacante de Columbus.

De haberse enterado sobre la noticia de su propia “muerte”, es posible que Villa habría esperado que el regimiento de Pershing que lo buscaba en tierras mexicanas creyera el informe y se retirara. Sin embargo, la expedición que buscaba “castigar” a Villa se prolongó hasta el año siguiente, concluyendo —sin encontrarlo— el 7 de febrero de 1917, 10 meses después de haber iniciado.

Villa, desde luego, no había muerto. Su muerte llegaría de una forma más violenta el 20 de julio de 1923, más de siete años después de la noticia de su otra “muerte”.

"Ya estoy cansado de esto". El ‘Tío Sam’ salta a través de la valla de la frontera con México para perseguir a Pancho Villa. Cartón político por Clifford K. Berryman (1916). Archivo Nacional de EE.UU. Colección Berryman
“Ya estoy cansado de esto”. El ‘Tío Sam’ salta a través de la valla de la frontera con México para perseguir a Pancho Villa. Cartón político por Clifford K. Berryman (1916). Archivo Nacional de EE.UU. Colección Berryman

Video – El Metro de la Ciudad de México

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(Ciudad de México) — Algunos datos breves sobre el Sistema de Transporte Colectivo, Metro, de la Ciudad de México, una de las ciudades más pobladas de todo el mundo. Producido por Eduardo Barraza – Barriozona Magazine © 2015

Ruinas de gran Tzompantli de Tenochitlan resurge en Ciudad de México

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El hallazgo de los cráneos confirma las crónicas de conquistadores y frailes españoles acerca del gran Tzompantli de los mexicas. Los cráneos podrían ser de enemigos de los mexicas que eran capturados. Foto: INAH-CONACULTA
El hallazgo de los cráneos confirma las crónicas de conquistadores y frailes españoles acerca del gran Tzompantli de los mexicas. Los cráneos podrían ser de enemigos de los mexicas que eran capturados. Foto: INAH-CONACULTA

(México) — Ruinas de la antigua capital Mexica de Tenochtitlan en el corazón de la Ciudad de México enterradas durante siglos, siguen apareciendo mediante el continuo trabajo arqueológico en esa ciudad.

Los arqueólogos mexicanos siguen así añadiendo piezas al inmenso rompecabezas de la cultura mexica. Hace unos días, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) dio a conocer el más reciente descubrimiento localizado a dos metros de profundidad en la calle de Guatemala, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

El hallazgo consiste en una plataforma rectangular con una longitud estimada en más de 34 metros, según información divulgada por el INAH. El núcleo de dicha plataforma se compone de un elemento circular elaborado de cráneos humanos. Especialistas del INAH identificaron las ruinas mexicas como el gran Tzompantli de México-Tenochitlan.

Según los expertos, la formación de cráneos está unida con una argamasa de cal, arena y gravilla de tezontle. “Es un muro de tezontle con un recubrimiento de estuco y piso de lajas, orientado de norte a sur, que presentaba asociados mandíbulas y fragmentos de cráneos dispersos sobre la plataforma”, indicó Raúl Barrera, director del Programa de Arqueología Urbana. Barrera detalló que unos 35 cráneos humanos forman un elemento circular.

Debido a las características y materiales asociados que presenta el impresionante hallazgo, el Tzompantli corresponde a la sexta etapa constructiva del Templo Mayor (1486-1502).

La mayoría de los cráneos —algunos con orificios en los parietales pero otros sin esta característica— corresponden a hombres adultos jóvenes, pero también hay algunos de mujeres y de niños. Los arqueólogos creen que debe haber otras decenas de cráneos asociados al sitio. Se cree que muchos de estos cráneos fueron removidos y alterados durante la Conquista, cuando se produjo la destrucción de la ciudad de Tenochtitlan y del Recinto Sagrado.

Asimismo, se encontró una ofrenda asociada a la última etapa constructiva, compuesta por fragmentos de dos o tres piezas de travertino blanco, que fueron matadas de manera ritual. Además de otra ofrenda alterada en época colonial, conformada por 21 cascabeles de cobre y cuentas de piedra verde.

El hallazgo es consistente con las crónicas de Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo y Bernardino de Sahagún, entre otros. El descubrimiento establece la ubicación precisa del Templo de Ehécatl, el Juego de Pelota y en particular del Tzompantli, citado en fuentes históricas.

Eduardo Matos Moctezuma, investigador emérito del INAH, indicó que fray Bernardino de Sahagún había mencionado la existencia de varios tzompantlis y dos juegos de pelota, y la asociación de estos elementos.

“Por su ubicación, creemos que se trata del Huey Tzompantli, es decir, el Tzompantli mayor de Tenochtitlan” dijo Matos Moctezuma. “Esta estructura tenía un simbolismo específico y muchos de estos cráneos podrían ser de enemigos de los mexicas que eran capturados, sacrificados y decapitados, como una advertencia de su poderío”.

El importante hallazgo arqueológico corroboraría así lo señalado en los códices, como el de Diego Durán, que indicaba la existencia de tzompantlis a los que se describía como basamentos bajos, alargados, en cuya parte superior había postes de madera con los cráneos insertados.

The Blue House of Frida Kahlo

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The Frida Kahlo Museum, also known as the Blue House for the structure's cobalt-blue walls, is a historic house museum and art museum dedicated to the life and work of Mexican artist Frida Kahlo. Photo: Eduardo Barraza | Barriozona Magazine © 2015
The Frida Kahlo Museum, also known as the Blue House for the structure's cobalt-blue walls, is a historic house museum and art museum dedicated to the life and work of Mexican artist Frida Kahlo. Photo: Eduardo Barraza | Barriozona Magazine © 2015

In the patio of a big house in the Town of Coyoacan, in the south side of Mexico City, where many years ago the Mexican painter Frida Kahlo would walk with her peculiar and long dresses, a lively concert of natural sounds —melodic bird calls, the waterfall of a fountain, the strumming of a guitar— blend into one single harmony, creating a soft and tranquil atmosphere. The exuberant vegetation of the garden impresses with its varied range, alternating with the vibrant paint colors of walls, floors, and other surfaces. Colors all alive, evoking the brilliance and intensity of those captured by Frida on the canvases, where she leaped from the privacy of her daily pain to the worldwide immortality of her art. The Blue House —as the house is called— is a century-old cultural magnet of charming, artistic, and morbid appeal that draws people from all over the world to its famous location. There Frida was born and died; Frida the artist was inspired and painted; Frida the legend unfolded.

The Blue House is the —almost mythical— place where the clock of Frida’s life began and where it also stopped. Today it signifies not only the dwelling where the artist lived her brief, painful and tempestuous life, but also a sanctuary in which art flows from nature itself, as well as from the pictorial expression —in many ways alive— of the woman who dwelt in it. The character, the artist, the human being that Frida was, captured in such a way a unique artistic sentiment that, though not easy to explain and articulate, unleashed an interest which in turn founded the culture and mystique of its fascination. A seduction that attracts thousands of people today from diverse parts of the world to this house.

Whether it be in the tall walls painted in an iridescent blue that impregnates the vision with boldness, whether through the double French doors from where Frida’s eyes entered the garden, or by the nooks where her memories appear and hide, visitors possessed by a, sometimes obsessive Fridamania, try to find existential drafts that would paint for them a Frida —half reality, half fantasy—to conceive her, to know her, to understand her, and to appreciate her. With their sight, visitors comb the vestiges of the artist’s privacy: there are her paintings, her personal diary, her typical dresses, objects that give testimony of her talent, and others that give away her prolonged suffering. Both her artistic creation and pain —Frida creator of art, Frida prostrated to pain— express silently and discreetly the plastic dimension of a woman in the same way that emanates her affliction. Easels, paintbrushes, and artworks struggle and collide against the plaster-cast corset, the wheelchair, the prosthesis of her leg.

Step by step, thousands of people go round the old Blue House and its big garden, that unlike the lifeless volcanic stone of the dwelling’s structure, it incessantly renews with new flowers and rookie birds. The voice of children visitors rejuvenate the old structure and replace with their contemporary echoes the lost resonance of the voices that in the past inhabited this house. The stone of the house quiets, the water of the fountain laughs; the ancient pre-Columbian idol contemplates with indifference, the new flower emerges with satisfaction; the bars of the balconies lock in, and the greenness of the plants liberate. On the whole, all and every one of the elements of the Blue House encloses —in a circumference of attraction and awe— the revealed truth of an artist that died to become immortalized. Her life, just like the volcanic stone of this big house, does not become renewed; her art, on the other hand, recreates and grows, like the trees of her garden. The Blue House is not magic; it is art. Frida is not a ghost, she is an artistic reality.

Watched over with annoying distrust, Frida’s belongings —and those of her husband, the muralist Diego Rivera— allow visitors to glance at the sometimes euphoric, sometimes unfortunate, world of a woman to whom the accidental conditions of her life and the subsequent physical pain, lighted up a creative flame that stirred up the fire of art. Wounded in her overwhelmed body, she intensified the paintbrush to yell out her affliction to the world from the privacy of a house that today is exposed to the entire world. Frida’s intimate pain, reflected in her incomparable artworks, yelled out from her bedroom, jumped out from the balcony of her window, came out of the Blue House, flung into the streets, dared to travel across cities, to cross oceans, and to conquer countries. Pain prostrated her; she prostrated pain with her art.

Through the big, tall and green front door where they came in, visitors leave the Blue House of Frida Kahlo. On the sidewalk made of old paving stone, the same intense blue color that welcomed them bids them farewell. In another time, Frida herself would walk through this same big tall door, and on this same street. However, today Frida’s art enters through more spacious doors, travels across wide streets, and lodges in more luxurious and great galleries, far away from her native Coyoacan. In this metaphoric sense, Frida walks again and on paths she never dreamed of. This, her great success, is no accident. Invulnerable and by the hand of her art, Frida amazes the world, triumphs compellingly, and she does it without any pain.

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Coyolxauhqui, la diosa de la luna

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El monolito de Coyolxauqui, como se ehxibe en el Museo del Templo Mayor. Foto: Eduardo Barraza | Barriozona Magazine  © 2006
El monolito de Coyolxauqui, como se ehxibe en el Museo del Templo Mayor. Foto: Eduardo Barraza | Barriozona Magazine  © 2006

La aparición del monolito de la diosa mexica de la luna en 1978, fue el preámbulo para la excavación masiva de las ruinas del Templo Mayor.

El de la piedra Coyolxauhqui fue en sí mismo un hallazgo arqueológico sorprendente que causó sensación a finales de la década de los años 70s. No obstante, su descubrimiento fue más allá de ser un simple encuentro con otro objeto del pasado al que los mexicanos estaban más o menos habituados, más recientemente en los años en que se llevó a cabo la construcción del tren subterráneo conocido como Metro.

La gran piedra de la diosa lunar del panteón mexica llegó así a convertirse en el parteaguas de la arqueología urbana en la Ciudad de México, y significó la apertura del camino para el reencuentro final —después de siglos— con la estructura religiosa más importante y de mayores dimensiones arquitectónicas del mundo de la gran Tenochtitlán.

Así, el monolito descorrió el velo para el advenimiento de uno de los más grandes trabajos arqueológicos urbanos, el Proyecto del Templo Mayor. En palabras del destacado arqueólogo mexicano Eduardo Matos Moctezuma, se tuvo la “oportunidad casi única, de romper la gruesa capa de concreto que cubre la ciudad, y asomarnos a la ventana del tiempo a través de la arqueología, para recuperar el tiempo ya ido…”

Los mexicanos de las últimas tres décadas han vivido, gracias a la excavación de las ruinas del Templo Mayor, una época privilegiada al poder rescatar algunas piezas de un gran rompecabezas cultural que ha reafirmado su rica identidad histórica.

Los constantes descubrimientos, como el del monolito Tlaltecuhtli en Octubre de 2006 o la reciente aparición de una plataforma circular en las inmediaciones del Templo Mayor en octubre de 2011 —hallazgos producto de los continuos trabajos del Programa de Arqueología Urbana— son sólo muestras de la revolución arqueológica propiciada por el encuentro del monolito Coyolxauhqui hace más de 30 años.

En ese contexto de obras continuas de excavación en lo que fuera el centro ceremonial de los aztecas, el futuro cercano augura no solamente más hallazgos sorprendentes, sino una idea más avanzada y precisa de lo que fue parte de la gran Tenochtitlán.

¿Qué es la Coyolxauhqui?
En la forma más simple de explicarlo, Coyolxauhqui representaba a la luna, esto es, al satélite natural de la tierra. Su origen parte de un ritual que requiere más estudio y un buen entendimiento del simbolismo mexica, así como de otras deidades.

Al observar la naturaleza y los astros celestes, los mexicas percibían al sol (representado por Huitzilopochtli, dios de la guerra) como a un dios que les proporcionaba la luz. Al llegar la noche, percibían a la luna como una “diosa” antagónica que en sus diferentes fases: luna nueva, cuarto creciente, luna llena, y cuarto menguante, se “partía”, “descuartizaba”, o “desmembraba” a causa de la luz solar.

De esta manera, el sol (Huitzilopochtli) descuartizaba como “castigo” a la luna (Coyolxauhqui) por tratar de “matar” a la tierra (representada por Coatlicue, madre de los dioses y de la tierra). En la noche como es natural, el sol desaparecía del firmamento de los aztecas, retirando sus dones vitales, y por ende, intentando “matar” a la tierra, a la que los mexicas veían como “madre” de la que salían al nacer y volvían al morir. Por ser todos astros celestes, los mexicas “emparentaron” a Huitzilopochtli y Coyolxauhqui como hermanos entre sí, y ambos como hijos de Coatlicue.

Nosotros sabemos que los aspectos cambiantes de la luna correspondían a los ciclos del movimiento de traslación de la misma, y los del mismo planeta tierra, así como su relación de posición con el sol.

Coyolxauhqui, diosa lunar mexica
Infografía de Coyolxauhqui. INAH

Los mexicas deificaron o le dieron carácter divino a los elementos de la naturaleza porque reconocían el beneficio que estos representaban para su bienestar. Temían y trataban de complacer a elementos como la lluvia y la luz solar, pues estaban ciertos que estos producían el desarrollo y el crecimiento de las plantas, por ejemplo. Los antiguos mexicas no tenían el conocimiento ahora disponible acerca de los efectos que produce el sol en ciertos organismos vivos por medio de la fotosíntesis, pero veían esos efectos, y de ahí la veneración a Tláloc y Huitzilopochtli, entro otros.

Coyolxauhqui, así, está esencialmente ligada a la mitología mexica o azteca. Su nombre significa “cara pintada con cascabeles” y representa a la diosa mexica lunar.

Mitológicamente, Coyolxauhqui es hija de Coatlicue. La representación hecha por los mexicas en sus esculturas es la de una mujer descuartizada o desmembrada. Su hermano Huitzilopochtli es a quien se responsabiliza de su desmembramiento en base a un elaborado mito.

Características del monolito de Coyolxauhqui
Diámetro: Entre 3.04 y 3.25 metros (9.98 y 10.67 pies)
Espesor: 30 centímetros (11.8 pulgadas)
Peso: 8 toneladas (16 mil libras)
Forma y material: El monolito es una masa semicircular hecha con roca volcánica clasificada como andesita de lamprobolita de color rosa claro.

Hallazgo
El monolito de Coyolxauhqui fue encontrado en la madrugada del 21 de febrero de 1978 por Mario Alberto Espejel Pérez, empleado de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro, mientras él y otros trabajadores cavaban una zanja en la esquina de las calles de Guatemala y Argentina, en el Centro Histórico la Ciudad de México, a un lado del Zócalo. La revista National Geographic en su edición en inglés de diciembre de 1980, cita a Espejel Pérez de la siguiente manera: “Mi pala pegó en algo duro, una piedra. Limpié algo de tierra con mi guante —así— y vi que la piedra era rojiza y que estaba labrada en relieve. Le hablé a mi compañero Jorge, y quitamos más tierra. No sabíamos lo que habíamos encontrado, pero lo reportamos a nuestro jefe de grupo y los ingenieros… Cuando se estaba construyendo el Metro, los periódicos hablaban de muchos descubrimientos del tiempo de los aztecas. Y claro, en la escuela, mis maestros hallaban mucho de esas cosas”.


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